viernes, 24 de julio de 2015

El arte de Compartir…



Reflexión domingo 26 de julio 2015
El  arte de Compartir…
Juan 6,1-15
         Esta escena de la vida de Jesús, conocida como la "multiplicación de los panes" es un relato que figura en los cuatro evangelios. Este sencillo dato nos da la pauta de que fue un hecho de vida significativo para las comunidades cristianas de los primeros años de la iglesia y también lo es para nosotros. Sabemos que los evangelios no son biografía de Jesús sino anuncio de su Buena Noticia.
         La multitud sedienta de Dios. ¿Qué los impulsaba a seguirle? ¿Sanación? ¿Paz? ¿Milagros? ¿ Curiosidad? Había allí un hombre bueno que hablaba como bueno, que les decía buenas cosas creíbles, y ellos iban detrás. Una realidad es ineludible: solo Dios puede colmar de vida el vacío del corazón humano. Uno busca y busca, en fórmulas, recetas mágicas, libros, creencias, música, arte… pero Dios es lo que falta, Dios puede colmar el vacío, nuestra eterna búsqueda del sentido de la vida. Ojalá que nosotros siempre estemos en búsqueda, siguiendo a Jesús como  aquella multitud.
      Jesús contempla el gentío y se compadece por ellos. Manifiesta a sus discípulos su preocupación por las necesidades de la gente. Jesús se preocupa por el hambre del pueblo, por lo que podrían o no comer. Practica y vive lo que luego nos enseña: a Dios le preocupa la vida concreta de las personas y juzgará nuestras vidas desde la óptica concreta de la solidaridad y la fraternidad con los hermanos.  
      Es interesante descubrir que Jesús no se queda en el diagnóstico de la situación: "la gente tiene hambre"… sino que se compromete a sí mismo y a sus discípulos a buscar una solución a la situación "¿Dónde iremos a comprar pan…?", que equivale a "Qué haremos nosotros por esta gente”
      Dice el evangelio que Jesús pone a prueba a Felipe: "¿Dónde compraremos pan para darles de comer?". Hay una tentación que es al pecado, al mal, es la tentación del demonio… y esta otra, que tiene un sentido de prueba o purificación.
Y ante esa prueba podemos responder de dos maneras:
 Felipe se sorprende con la pregunta del Maestro y su respuesta está cargada de lógica humana "Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan", es la respuesta de Felipe. Un denario era el sueldo de un día de trabajo. Felipe se queja, es un problemólogo, sabe del problema, pero no resuelve nada. Propio de quienes se quedan de brazos cruzados ante tanta necesidad, de los que dicen: ¿qué puedo hacer yo ante esta  situación? Y bajan los brazos, es mejor quedarse en casa, no comprometerse, vivir aislados y seguros al calor del dinero, del confort, de las cuatro paredes de la Iglesia que actúa como refugio, solo refugio. Con sus palabras Felipe quiere decir que cree imposible dar de comer a toda esa gente
       O la otra manera. Andrés dijo: “Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?". Andrés, hace un aporte más positivo, aunque también plantea sus dudas e incredulidad. En este relato vuelve a aparecer una actitud característica del discípulo (y por lo tanto de quienes buscamos seguir los pasos de Jesús): es quien es capaz de descubrir a su alrededor los dones que Dios ha repartido, aun cuando no alcance a comprender. Andrés señala que un muchacho tiene algo de alimentos, aunque a su juicio no es suficiente "¿qué es esto para tanta gente?". El que tiene los “ingredientes” básicos para realizar el milagro es un humilde muchacho…
      Jesús interviene tomando la iniciativa. Les da instrucciones a sus discípulos y la gente se sienta en grupos. Las soluciones no son individuales sino comunitarias, Jesús organiza a la gente, le enseña a compartir.


      Jesús acepta el aporte del niño, da gracias, lo reparte… y todos comieron y se saciaron. Un dicho popular de nuestros días afirma "Cuando se comparte, alcanza y sobra 
        Amigos Jesús nos enseña que la dinámica del Reino es el arte de compartir. Quizá todo el dinero del mundo no fuese suficiente para comprar el alimento necesario para los que pasan hambre... El problema no se soluciona comprando, el problema se soluciona compartiendo.
        La dinámica del mundo capitalista es precisamente el dinero. Creemos que sin dinero nada se puede hacer y tratamos de convertirlo todo en dinero, no sólo los recursos naturales sino también los recursos humanos y los valores: el amor, la amistad, el servicio, la justicia, la fraternidad, la fe, etc. En el mundo capitalista nada se nos da gratuitamente, todo tiene su precio, todo se tasa y se comercializa. Se nos ha olvidado que la vida acontece por pura gratuidad, por puro don de Dios.        
      El milagro no es tanto la multiplicación del alimento, sino lo que ocurre en el interior de sus oyentes: se sintieron interpelados por la palabra de Jesús y, dejando a un lado el egoísmo, cada cual colocó lo poco que aún le quedaba, y se maravillaron después de que vieron que al alimento se multiplicó y sobró. Comprendieron entonces que si el pueblo pasaba hambre y necesidad, no era tanto por la situación de pobreza, sino por el egoísmo de los hombres y mujeres que conformados con lo que tenían, no les importaba que los demás pasaran necesidad. El gesto de compartir marca profundamente la vida de las primeras comunidades que siguieron a Jesús. Compartir el pan se convierte en un gesto que prolonga y mantiene la vida, un gesto de pascua y de resurrección. Al partir el pan se descubre la presencia nueva del resucitado.
      Los cristianos no debemos olvidar el compartir: ésta es la clave para hacer realidad la fraternidad, para reconocernos hijos de un mismo Padre. Cuando se comparte con gusto y con alegría el alimento se multiplica y sobra.
       Yo siempre trato de  dejar atrás palabras tan incómodas como pecado, oscuridad, dolor, muerte, para detenernos en los terrenos luminosos de la vida, resurrección, gracia, salvación, amor fe...esto no da la posibilidad de abrir nuestra mente y corazón a la gracia de Dios que actúa siempre en nosotros y así actuaremos como verdaderos hijos de Él.
      Hemos pasado con Jesús a la “otra orilla”. Es nuestra vocación: seguir a Jesús donde quiera que vaya, sin miedos, sin limitaciones, sin condiciones.
Si estamos con Jesús, observaremos el milagro permanente de ver como se multiplican los panes en nuestra vida. Y no sólo estoy pensando en el pan de trigo, sino en el pan del amor, de la alegría, de la felicidad, de la familia unida, de la gracia, de la salud, del trabajo, del amor...
Un niño ofreció al Señor cinco panes, que se transformaron, luego, en numerosos de dones que aliviaron el hambre de la multitud. ¿Qué tengo yo para ofrecerle a Jesús?
     Sobraron muchos pedazos de pan. Jesús mandó recogerlos. Nada tiene que desperdiciarse. Tus obras más sencillas repercuten positivamente en el dinamismo de la salvación de la humanidad. Todo cuanto piensas, dices y haces se proyecta en tu comunidad. No somos seres solitarios, sino personas solidarias.

    Y cuando hayamos sembrado el mundo de bendiciones, retirémonos calladamente y digámosle  a nuestro  Señor: “He hecho lo que tenía que hacer”.
Pero la palabra “multiplicar” no aparece en ninguno de los relatos… pero sí las palabras “partir”, “repartir”, “distribuir”…
    La multitud aparenta reconocer al Mesías esperado, pero Jesús se aleja y busca un lugar adecuado para dialogar seguramente con su Padre, en el monte, en soledad.
La escena termina con Jesús en el monte, en soledad. El monte, lugar de oración y encuentro profundo con el Dios de la Vida, para buscar y conocer su voluntad, para discernir el camino a seguir, para abrevar en el agua que da vida y fuerza para continuar: la presencia del Padre y el diálogo con El.
  Jesús sigue haciendo milagros, pero éstos pasan por nuestras manos, nuestro corazón, nuestros ojos, nuestros labios… El milagro somos nosotros, ofreciendo nuestra pequeñez que Dios convierte en grandeza.
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana

jueves, 16 de julio de 2015

Amor con convicción




Reflexión domingo 19 de julio 2015
Amor con convicción
Marcos 6,30-34
Amigos hoy quiero centrarme en la compasión y en el amor…
El evangelio es muy claro necesitamos una fuente de compasión más profunda y duradera que nuestros propios esfuerzos. Porque tener compasión verdadera significa hacer lo que el otro necesita, más allá de lo que nos cueste. Tener compasión verdadera es decir en amor la verdad de la Palabra de Dios, para que sea  bendición. Tener compasión verdadera es quedarse junto al necesitado aún después que todos los demás se fueron, es escuchar al hermano. El problema es que, con el egoísmo que tenemos dentro de nosotros siempre ponemos un límite para nuestro servicio.
Por eso el evangelio, hace una descripción acertada, no sólo de las personas de esa época, sino también de nosotros, cuando dice: "parecían ovejas sin pastor". Es que cuando no estamos conectados con el Dios que nos creó y nos redimió, el mundo aparece quebrantado y sin sentido, y la compasión verdadera hacia el prójimo no es más que un sueño imposible.
Lamentablemente, esta es una realidad que vemos por todos lados, ¿no es cierto? Sólo necesitamos mirar a las familias a nuestro alrededor o nuestras propias familias. En el pasado, la familia era el primer lugar en donde las personas trataban de hacer siempre lo que era mejor para la suya y  los demás. Pero las cosas han cambiado mucho. Si los cónyuges de hoy día no se cuidan mutuamente ni cuidan de sus hijos como deberían, ¿cómo vamos a esperar que cuiden de otras personas?
Sufrimiento, quebrantamiento, parejas viviendo juntas por conveniencia propia y no porque es lo mejor para el otro o para sus hijos. Sí, el mundo necesita mucho amor y compasión.
Pero hoy este evangelio me recuerda que la compasión verdadera es algo que tuvo que venir al mundo para que este mundo pudiera, una vez más, conocer el amor, la alegría, y la paz. La compasión verdadera vino del mismísimo cielo en busca de tì y de mí.. La palabra utilizada en griego es splanjano, que significa 'salido del vientre para que todos lo vean'. Éste es un amor que tiene alma y corazón. Es un amor con convicción y sentimiento, un amor sin egoísmo; un amor que se entrega, se preocupa y cuida a las personas que, en definitiva, no pueden cuidarse a sí mismas. Es la compasión basada en la verdad, en la justicia, y en la santidad de Dios.
Es interesante ver que lo primero que Jesucristo hace al derramar su corazón compasivo en servicio a quienes le habían seguido ese día, según nos dice el texto para hoy, es enseñarles. No se fija sólo en sus necesidades físicas, sino también en su falta de conocimiento. Así es que les enseña quién es Dios y quiénes son ellos; les habla de la responsabilidad que tienen ante Dios, y la posibilidad real de recibir perdón, un nuevo comienzo, y vida eterna. ¡Eso es compasión! Y cuando uno  recibe esa clase de compasión de parte de Jesús, el Salvador que nos ama profundamente y hace lo que es necesario para que nosotros podamos  tener vida y salvación, nuestra  vida cambia. La buena noticia no es sólo que en Cristo encontramos compasión verdadera para nuestra vida, sino también que, en Cristo, Dios nos capacita para que tengamos compasión con los demás.
Cuando dije antes que a este mundo le falta compasión verdadera, lo dije en serio. Pero eso no quiere decir que tal compasión, amor y gracia no estén obrando ya en este mundo, porque lo están a través de todas las personas que han sido tocadas y redimidas por Jesucristo. De la misma manera, tú también puedes vivir y actuar con compasión, porque el amor compasivo de Cristo que vive en ti y en mí a través de la fe nos da todo lo que necesitamos para compartirlo con los demás. Como dice la Biblia: 'a quien mucho se le perdona, mucho ama.'
El sólo hecho de conocer a Cristo y de experimentar en carne propia su compasión, nos capacita para ello. El tremendo amor que recibimos de él a través de su Palabra y sus sacramentos desafía toda explicación y expectativa, y hace posible que muchas vidas, incluyendo la tuya y la mía, sean transformadas. Por eso el servicio necesita su reposo cuando se cuantifica en cualquier clase de esfuerzo humano: intelectual, psíquico o físico. Por otro lado, no se puede concebir nuestra existencia solo por el esfuerzo productivo. Como hemos afirmado, necesitamos otras actividades que nos hagan también personas: orar, leer, compartir la vida en el diálogo personal, en el ocio, en la fiesta. Y ello hay que insertarlo como una parte esencial de nuestra vida, pues, de lo contrario, nos convertimos en máquinas de producir, donde el descanso veraniego, como el del fin de semana, es un tiempo para reponer fuerzas para seguir produciendo. Y esto es pobreza humana, porque la persona se convierte en una máquina. Hay que aprender a perder el tiempo, a ver pasar el tiempo, y hacer cosas distintas a nuestras responsabilidades sociales y, en el amor, entregarnos para constituir sociedades más justas y libres. Y para eso hay que dar y compartir los mejor de nosotros mismos.
PAZ Y BIEN
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial franciscana

viernes, 10 de julio de 2015

El Milagro de Amar



Reflexión domingo 12 de julio 2015
El Milagro de Amar
Marcos (6,7-13)
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Este evangelio de hoy Nos invita a salir de nosotros mismos, a ir al encuentro con los otros, a las galileas existenciales, 
 sin miedo al mal, no poniendo la confianza en las cosas materiales, sin imposición, confiados en Su Espíritu  y quien nos quiera recibir.
   En la Iglesia se siente hoy la necesidad de una nueva evangelización. Y a esto nos pueden pasar por la cabeza muchas interrogantes de cómo salir adelante: ¿En qué puede consistir? ¿Dónde puede estar su novedad? ¿Qué hemos de cambiar? ¿Cuál fue realmente la intención de Jesús al enviar a sus discípulos a prolongar su tarea evangelizadora? veamos un poquito:
   Jesús envía a los Doce ligeros de equipaje, con lo imprescindible. Se convierten en instrumentos de su Buena Noticia. Una Noticia que vale por sí misma, que no necesita de especiales infraestructuras para expandirse ni de los servicios de complicados estudios de marketing. Es una vida casi a la intemperie, aunque abierta a las muestras de hospitalidad y de acogida, que son regalos en medio del camino. Así también ha de ser la vida del seguidor de Jesús: más confiada en su continua compañía a nuestro lado que en nuestros propios medios, seguridades y habilidades. Un estilo de vida compartida con otros, de dos en dos, ya que la comunidad es el primer testimonio para la misión. Y, juntos, avanzar en el camino del desprendimiento, que hace creíble el testimonio y nos ahorra el peso de tantas cosas “de repuesto” que nos impiden la fácil movilidad para seguir anunciando el Evangelio.
Por esto, la única manera de impulsar una “nueva evangelización” es purificar e intensificar esta vinculación con Jesús. Sin él haremos todo menos introducir su Espíritu en el mundo.
     Sin recuperar este estilo evangélico, no hay nueva evangelización. Lo importante no es poner en marcha nuevas actividades y estrategias, sino desprendernos de costumbres, estructuras y servidumbres que nos están impidiendo ser libres para contagiar lo esencial del Evangelio con verdad y sencillez. Está claro que también lo nuevo es muy importante.
Creo que la Iglesia está  perdiendo este estilo itinerante que sugiere Jesús. Su caminar se hace  lento y pesado. No acierta muchas veces  acompañar a la humanidad. No tenemos agilidad para pasar de una cultura a otra. Nos agarramos a cosas, cultura, lugar, personas. Nos enredamos en intereses que no coinciden con el Reino de Dios. Necesitamos conversión.
     Y hoy la palabra de Dios es clara a este respecto; la Palabra de Dios pone de manifiesto el talante misionero de todo cristiano, una misión para la que no se necesitan títulos especiales humanos, por más que nos empeñemos que eso de "misionar"  sea exclusivo de sacerdotes, religiosos/as, es nuestra misión específica y meta de vida, pero no excluye la misión a los laicos.
    Y la elección y el envío se basan no en los títulos, dineros, inteli­gencia, preparación y capacitación previa, pues sabemos los títulos de que eran portadores los discípulos de Jesús: unos pescadores, otros publicanos, y otros sacados de algún grupo guerrillero de entonces, cobrador de impuesto.
Hermanos estamos invitados como los discípulos a llevar, la experiencia de haber convivido con Jesús, haber compartido la vida con él, haber sido testigos de sus milagros, haber escuchado su palabra en tantas ocasiones, que iba puliendo sus debilidades, haber escuchado su men­saje de amor. El evangelio nos habla de que Jesús les proveyó de poderes especiales, les dio poder sobre los espíritus inmundos. Y ellos confirmaban sus palabras y su invitación a la conversión expul­sando demonios y curando enfermos mediante la aplicación de ungüentos.
     Quizás desde aquí vemos que no se necesitan títulos espe­ciales (sacerdote, obispo, religioso, catequista), ni capacidades particulares para sentimos elegidos por Cristo y enviados a evangelizar, a llevar el evangelio a una sociedad que no es diferente a la de los profeta, con tantas divisiones e injusti­cias, ni tan diferente del mundo de Jesús, pues también hoy abundan los espíritus inmundos, esas fuerzas demoníacas que se posesionan de las personas y les convierten en verdaderas marionetas, títeres sin personalidad, todo aquello que rebaja y esclaviza al hombre.
    Quizás no tenemos esos poderes extraordinarios con que Jesús dota a los apóstoles para hacer aquellos milagros que asombraron hasta a los mismos protagonistas, pero tenemos la capacidad de realizar cada día el milagro del amor en pequeños gestos.
Nuestra vida cristiana tiene sentido en la medida en que vamos realizando el pequeño gesto, el milagro que Dios puso en nues­tras manos, el milagro de querernos y de ayudarnos.
    Pues tan milagroso es para mí devolver la vista a un ciego como la felicidad a un amargado, Y tan prodigioso es multiplicar los panes como repartirlos y compartirlos solidariamente. Y tan asombroso es cambiar el agua en vino como el egoísmo en fra­ternidad. Tan milagroso es expulsar demonios, como suponemos hicieron los apóstoles con el poder que Jesús les otorga, como ayudar a salir de la drogadicción o de la dependencia alcohólica a personas que estos elementos les han robado la personalidad. Y tan milagroso es ungir a los enfermos con aceite y curarlos, como harían los apóstoles con sus poderes heredados de Jesús, como el pasarse días, meses y años al lado de un enfermo cuidando amorosamente de él.
    Y el milagro de amar podemos hacerlo todos, pequeños y grandes, sanos y enfermos, ricos y pobres. Hacer grandes mila­gros no está en nuestra mano, pero sí el milagro del amor para cambiar el mundo, para lograr esa conversión que estamos lla­mados a predicar, conversión total de corazones, personas y estructuras de la sociedad. 

    Y es con ese milagro como vamos corroborando nuestras palabras con las obras y haciendo que el Reino de Dios se vaya construyendo en la tierra, autentificando así el evangelio, la buena noticia de Jesús y siendo colaboradores en la  misma misión de Cristo guiados e iluminados por el Espíritu Santo.

PAZ  Y  BIEN
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana

jueves, 2 de julio de 2015

Descubrir a Jesús…



Reflexión  domingo 5 de Julio 2015
Descubrir a Jesús…
Marcos  6,1-6
Nuestro Dios que es liberador quiso por medio de su propio Hijo demostrarnos que la sabiduría, la verdad, el amor son sembrados en toda persona humana y que pueden florecer en los lugares y en las personas más inesperadas.
Tengamos en cuenta que Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y promover la religión. Tampoco lo confunde nadie con un maestro de la Ley, dedicado a defender la Torá de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos y en sus palabras de fuego la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.
Jesús sabe que le espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. Pero no se esperaba que fuera rechazado precisamente entre los suyos, los que mejor lo conocen desde niño.
 Como dice el Evangelio: al llegar el sábado, Jesús entra en la pequeña sinagoga del pueblo y "empieza a enseñar". Sus vecinos y familiares apenas le escuchan. Entre ellos nacen toda clase de preguntas. Conocen a Jesús desde niño: es un vecino más. ¿Dónde ha aprendido ese mensaje sorprendente del Reino de Dios? ¿De quién ha recibido esa fuerza para curar? Marcos dice que todo "les resultaba escandaloso". ¿Por qué?
 http://1.bp.blogspot.com/-D4Gopg5HYjA/UOgRKCOYTXI/AAAAAAAAAAA/p-Ap6t0CjkY/s1600/Quie%CC%81n%2Bdicen%2Bque%2Bsoy%2Byo.jpg
Aquellos campesinos creen que lo saben todo de Jesús. Se han hecho una idea de él desde niños. En lugar de acogerlo tal como se presenta ante ellos, quedan bloqueados por la imagen que tienen de él. Esa imagen les impide abrirse al misterio que se encierra en Jesús. Se resisten a descubrir en él la cercanía salvadora de Dios.
Pero hay algo más. Acogerlo como profeta significa estar dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios. Y esto puede traerles problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad del pueblo. 
El relato no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie.
 Su presencia solo despierta en ellos asombro. No saben quién le ha podido enseñar un mensaje tan lleno de sabiduría.
     Al mismo tiempo, Jesús «se extraña de la  falta de fe en su pueblo». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos».
     Nos pasa muchas veces que andamos buscando a Jesús fuera de nosotros, y no somos capaces de reconocer a Dios en los dones que Él nos dio. Y nos hacemos mendigos, nos achicamos, nos amargamos, dan-do la posibilidad de que algún jefe nos explote. Al no reconocer lo bueno en nosotros, también nos cuesta ver lo bueno en la esposa, en el esposo, en los padres, hijos, parientes y vecinos. Desencanta-dos con la humanidad o consumiendo manos santa, productos mágico o lugares energéticos.
       Esta es la raíz de muchas peleas, enemistades, envidias, divorcios, celos, soledades, adiciones y suicidios. Nadie puede amar realmente a otro si no se ama a sí mismo. Nadie puede valorar la flor que nace entre espinas, si solo ve sus propias espinas o las de los otros. Nadie puede estar plenamente bien en grupo, si no se acepta así mismo.
       Y Jesús vino para todos. Él está en los dones que tenemos para compartir, en ese prójimo que necesita algo de lo que somos o tenemos, en esas relaciones que cuando se suman para bien de todos, hacen verdaderos milagros.
       En cada uno de nosotros esta descubrir a Jesús en nuestra propia “casa” en nuestro propio “pueblo” o despreciarlo…
        Jesús eligió el lugar de los últimos desde su nacimiento hasta su muerte para desestructurar nuestro pensamiento, para abrirnos a los milagros de la vida, del amor de las personas.
        El evangelio nos invita a tener cuidado de encasillar y dejarnos encasillar por los demás. Cada día toda persona humana es capaz de ser buena gente o de ser un egoísta. Es cierto que nuestra historia recibida y de opciones nos va flechando, pero nunca nos determinan para siempre, cada día es un nuevo día.
       Pero el evangelio nos interpela personalmente y a los grupos que pertenecemos ¿para quién es la sabiduría que he recibido y cultivado? ¿Para quién es el amor que habita en mí corazón?
        El cristiano debería marcar la diferencia y hay muchos que la marcan compartiendo su saber intelectual con los más infelices, con los que no pueden pagar su pan. Hay muchos que entregan su tiempo su amor a los más carentes, a los más golpeados, a los que menos amados... de lo cual celebro y gozo por tanta generosidad.
        pero estamos invitados a decubrir a Jesús, y el vive en todos lados, no renunciemos a descubrir su amor por nosotros....
solo nos queda empezar o a otros volver a empezar...y a saber elegir en la vida y para esto necesitamos de la sabiduria de Dios.

        Estemos en alerta no vaya a ser que las enseñanzas del profeta Jesús no sean vividas en los que nos consideramos suyos... Ya lo dijo Él: mi profecía, mi estilo de vida, mis opciones son despreciadas, olvidadas, desfiguradas en mi pueblo elegido, en mis comunidades cristianas en los templos que se dicen mi casa, ¿Quiénes son considerados los primeros?
Paz  y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana