viernes, 18 de marzo de 2016

Jesús Rey de los Pobres...



Reflexión domingo 20 marzo 2016
Jesús Rey de los  Pobres…
Lucas 19.2840
Hoy, la Misa comienza con la bendición de las palmas y la procesión de ingreso en el templo. Así, el Domingo de Ramos rememora la entrada "triunfal" de Cristo-Rey en la Ciudad Santa, pocos días antes de su Pasión. Es su última y definitiva subida a Jerusalén: este ascenso terminará en la Cruz.

Hoy Jesús se nos presenta en su condición de Rey. Esta vez sí que Él permite que las gentes le aclamen como Rey. El Viernes Santo confirmará su condición real ante Poncio Pilatos, máxima autoridad civil del lugar. Pero su reinado no es mundano. Así se lo hizo saber al gobernador, y así nos lo enseña hoy.
En efecto, Él es Rey de los pobres: llega «montado sobre un borrico», tal como había anunciado el profeta Zacarías (Za 9,9). “No llega en una suntuosa carroza real, ni a caballo, como los grandes del mundo, sino en un asno prestado”. Y es que Dios siempre actuó con suavidad: cuando llegó al mundo (un establo, un pesebre, unos pañales); cuando se "marchó" del mundo (un asno, una cruz, un sepulcro). Todo con suma delicadeza, como para no asustarnos ni incomodar nuestra libertad.

Con este Rey se «anunciará la paz a las naciones». La cruz es el trono desde donde reina (no le falta la corona real), amando y perdonando. En efecto, el Evangelio de Lucas se puede resumir diciendo que revela el amor de Jesús manifestado en la misericordia y el perdón.

Este perdón y esta misericordia se muestran durante toda la vida de Jesús, pero de una manera eminente se hacen sentir cuando Jesús es clavado en la cruz. ¡Qué significativas resultan las tres palabras que, desde la cruz, escuchamos hoy de los labios de Jesús!:

—Él ama y perdona incluso a sus verdugos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

—Al ladrón de su derecha, que le pide un recuerdo en el Reino, también lo perdona y lo salva: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).

—Jesús perdona y ama sobre todo en el momento supremo de su entrega, cuando exclama: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

Ésta es la última lección del Maestro desde la cruz: la misericordia y el perdón, frutos del amor. ¡A nosotros nos cuesta tanto perdonar! Pero si hacemos la experiencia del amor de Jesús que nos perdona y nos salva, no nos costará tanto mirar a todos con una ternura que perdona con amor, y absuelve sin mezquindad.
San Francisco lo expresa en su Cántico de las Criaturas: «Alabado seas, oh Señor, por aquellos que perdonan por tu amor».


Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana

sábado, 12 de marzo de 2016

Jesús lanza un desafío...

Reflexión domingo 13 marzo 2016
Jesús lanza un desafío…
Juan 8,1-11
“Miren que realizo algo nuevo: ya está brotando, ¿no lo notan?”, nos dice la primera lectura de Isaías. ¿Qué es eso nuevo?, la respuesta está en el Evangelio de este domingo. Lo nuevo es la reacción de Jesús, o cumple la ley o salva a la adultera, no tiene ninguna duda, parece desentendido: “escribía con el dedo en el suelo”, pero lanza un desafío: “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra” y sigue escribiendo. “Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, comenzando por los más viejos, hasta el último”, se quedan solos. No hay duda, algo nuevo está brotando.
Jesús nos apunta la actitud que tenemos que tener los cristianos: condenar el pecado (“en adelante no peques más”) y salvar al pecador (“tampoco yo te condeno”). Aún hoy este es un texto revolucionario, sobre todo para los rigoristas (fariseos) o los que no saben separar la ley y las normas; de la vida de esta mujer que puede ser recuperada. Hay que creer en Dios que es capaz de hacerlo todo nuevo y convertir a aquella pecadora en una mujer distinta, y hay que creer en la mujer, esperando en silencio, sin preguntas indiscretas.
Se trata de enfrentar a la mujer con el pecado que la esclaviza, para que tomando conciencia de sus ataduras, las rompa y se libere. Buscar salvarla no tanto de las piedras, cuanto de ella misma, por eso el silencio respetuoso, que sólo se rompe por la palabra amiga, que invita al cambio, que tiende la mano. Un cambio que se realiza en el mismo corazón de la mujer que descubre la vergüenza de la dignidad perdida y la liberación que la pone en pie y la hace echar andar con la esperanza de no volver a pecar.
Tenemos mucho que aprender de la manera de actuar de Jesús, en demasiadas ocasiones no creemos en la dignidad de las personas, sólo vemos y juzgamos sus acciones. No podemos tener el deseo de condenar a nadie, hay que agotar hasta el extremo la compasión, la misericordia, para salvar al que suponemos perdido, que siempre puede reanudar su vida. Esto es lo nuevo que nos cuesta asimilar y vivir en la experiencia diaria de nuestras comunidades y en la nuestra, que nos obliga a un cambio radical, de nuestras relaciones con los hermanos que creemos pecadores.
Cuantas habladurías, comentarios, descalificaciones, sobre todo cuando se trata de la moral: es madre soltera, está separada, viven juntos…; menos cuando se trata de lo social: paga mal a sus trabajadores, explota la precariedad… Violamos con mucha frecuencia esta página evangélica, amontonamos piedras, creyéndonos jueces de los demás y mejores que ellos, sin darnos cuenta, que desde los más viejos a los más jóvenes, todos tenemos mucho de luz y tinieblas.
“Anda, y en adelante no peques más”, como dice San Pablo en la segunda lectura: “Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta”, “todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo”. Este es el camino que hacemos con otros, aquella mujer y nosotros, con la mirada limpia, la sonrisa en los labios, el corazón renovado, buscamos la meta que nos conduce a la muerte de nosotros mismos, para llegar al hombre y la mujer nuevos, a la resurrección, a la Pascua.
No sabemos lo que hizo después aquella mujer, sí sabemos lo que hacemos nosotros cada vez que nos sentimos amados y perdonados por Dios y conseguimos restaurar nuestras vidas quebradas. Está claro que sólo el que se ha sentido profundamente perdonado, puede acoger al hermano caído. No seamos reacios al amor exagerado de Dios, Él: “Abre un camino por el desierto y ríos en el yermo”. Que fácil sería confesarse, pedir perdón, ponerse ante el Señor, con la confianza de que su amor lo hace todo nuevo, ¿no lo notan cada vez que somos perdonados? Él escribe en nuestras vidas, nosotros nos regeneramos. 
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón

Fraternidad Eclesial Franciscana

Volver a la casa del Padre...

Reflexión domingo 6 marzo 2016
Volver a la casa del Padre…
Lucas 15, 1-3.11-32

Queridos hermanos:
Este es uno de los textos que propone el Papa para el Año de la Misericordia, es una parábola muy conocida del Evangelio y quizás de las más cautivadoras. La hemos llamado del hijo pródigo, del hermano mayor, pero la figura central parece el Padre misericordioso. Sin duda sorprende ver a un padre tan especial que no guarda para sí su herencia, respeta la libertad, calla y espera. No anda obsesionado con la moral de sus hijos, él aguarda a los perdidos, que: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo”. ¿Será así Dios?
Todo consiste en volver a la casa del padre, en integrarse a la familia, en convertirse. Para lo cual primero hay que recapacitar, pensar: “Recapacitando entonces, se dijo…”, hay que tener la valentía de mirarse como uno está. Después hay que reconocer el pecado, cuesta mucho decirnos la culpa es mía, reconocer nuestros límites y querer crecer aunque sea en un puesto secundario. Y por último hay que ponerse en pie: “me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré…”. Pero no basta con la reflexión y el cambio interior, no basta con confesar el pecado, hay que rehacer los lazos rotos. El perdón siempre es el encuentro de dos amores: un amor que espera y un amor que vuelve.
Ser misericordioso no significa ser liberal o relejado, significa tener entrañas, por eso el padre repite dos veces: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo he encontrado”. Si se pusiera en práctica esta frase del Evangelio, es posible que la imagen de la Iglesia fuera distinta. Después vendrán los abrazos, los besos, la fiesta, el cordero cebado, el baile, el anillo, el mejor traje. El padre devuelve a su hijo la dignidad de hijo y celebra la fiesta de la reconciliación, porque supo volver. ¿Será esto el Reino de Dios?
Hay que dejarse amar, sentirse amado por el padre y como nos dice San Pablo en la segunda lectura, transformarse en un hombre nuevo: “El que es de Cristo es una criatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo eso viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el mensaje de la reconciliación”. El amor cambia, saber que somos acogidos y acoger a otros con misericordia, es el mensaje que se nos ha confiado, debemos ser signos de reconciliación.
Pero lo de la fiesta es demasiado, así piensan muchos de los hermanos mayores: “El se indignó y se negaba a entrar”. Hemos separado la fiesta y la alegría de la liturgia y nuestras celebraciones son tan correctas, que sólo los santos de nuestras péanas parecen divertirse. Hay que celebrar a los hermanos que vuelven, que en realidad somos todos, eso es la Pascua, pero como dice nuestro Papa: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua” y “Por consiguiente un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral” (Evangelii  Gaudium, nº 6 y 10). En ocasiones parece que no entendemos ni jota del amor o de aquella frase de Jesús: “Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos, que no necesitan convertirse” (Lc. 15,7).
Por eso, cuando se nos acerca el extraño, el que no piensa y vive como nosotros, decimos: “Ese hijo tuyo…” y el padre nos dice: “Ese hermano tuyo” y “Todo lo mío es tuyo”. El padre invita a los hermanos a acogerse con el mismo cariño, cuesta pedir perdón pero en ocasiones cuesta más perdonar y amar al que sentimos lejos de nuestras maneras de pensar. Y es que sin prejuicios, sin condenas, debemos de ser serios con nuestra propia conciencia; estimulándonos permanentemente al cambio y la conversión y comprensivos con los demás; llenos de ternura y misericordia. Difícil tarea, pero: ¿No será este el secreto de la vida cristiana?
La actitud del padre nos habla de cómo es Dios, la fiesta de cómo es el Reino y la reconciliación del secreto y la salsa de la vida, nuestras comunidades y parroquias deben vivir cada domingo la alegría de los que se reencuentran y se reconcilian.  
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón

Fraternidad Eclesial Franciscana

Paciencia de Dios...

Reflexión domingo 28 febrero 2016
Paciencia de Dios…

Lucas 13,1-9
El texto del Evangelio de este domingo supone un cambio de mentalidad,
 algunos piensan que las desgracias que ocurren es por ser pecadores o más culpables que otros. Jesús nos recuerda: “Si no nos convertimos, todos pareceremos  de la misma manera”. La parábola de la higuera estéril que nos cuenta a continuación, acentúa la misericordia  y la paciencia de Dios ante la pereza humana, pero aún nos deja tiempo: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás”. La cuaresma es tiempo de regar, arar, cultivar, abonar… (orar, celebrar, meditar…) y hacer presente la liberación allí donde está la vida: la familia, el trabajo, la oficina, la escuela, la parroquia, los vecinos, las instituciones públicas.

Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana

del desierto a la montaña

Reflexión domingo 21 de febrero 2016
Del desierto a la montaña
Lucas 9,28b-36
Lucas nos cuenta en esta página, la experiencia de fe de los apóstoles con un relato lleno de símbolos. “Su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos. De repente dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumarse en Jerusalén”. No entienden, ¿hablar de la muerte, cuando están viviendo una experiencia única y gozosa?, ¿qué significa la presencia de Moisés y Elías? Su ilusión era grande, que más se puede pedir y soñar, por eso Pedro dice: “Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas…No sabía lo que decía”. El camino será largo y deberá atravesar la oscuridad de la muerte, hasta llegar a la luz de la vida en la resurrección, es el camino de la Cuaresma.
Todos los seguidores de Jesús estamos llamados a vivir esta experiencia de transfiguración o transformación, nos lo dice San Pablo en la segunda lectura: “El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa”. La fe no nos aligerará el paso, no allanará las dificultades, no resolverá por arte de magia las dudas, pero nos hará creer en la renovación del hombre y la sociedad. El encuentro con Jesús nos cambia y ya no valdrán las medias tintas, el amor se muestra en plenitud. Por eso es esencial el orar, el cultivar la amistad, sentirnos como los tres apóstoles, casi atontados ante ese misterio, oír la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo, el escogido; escuchadlo”.
Solemos criticar que después de esta experiencia, como pudieron dudar, dejarlo solo (“Jesús se encontró solo”) y no entender al Maestro, cada uno podría pensar en sí mismo. Tantas pruebas de la presencia de Dios en nuestras vidas, retiros, ejercicios espirituales, momentos en la montaña y en distintos Tabores, en los que parece que estamos dispuestos a todo. Pero después en la vida diaria, cuanto nos cuesta asumir la cruz, la oscuridad, en fin, seguimos preguntándonos por el sentido de la vida, por el significado del dolor y de la muerte, aunque nosotros sabemos que la transfiguración es anticipo de la resurrección.
“Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie todo lo que habían visto”, puede ser una postura inteligente, para que no se nos vaya la fuerza por la boca. Con humildad ahora, debemos de bajar de la montaña donde hemos contemplado a Cristo, para unirnos a los hombres que luchan por una sociedad mejor. No tengamos miedo, tampoco nos escondamos en el individualismo, o en el pensar que hemos resuelto el enigma de la vida o de la verdad. Escuchemos el punto de vista de los otros, dialoguemos y demos testimonio de que Jesús es nuestra energía, y que la Pascua ya está en marcha.
Ninguno de nosotros olvidaremos lo que ocurrió ese día en el monte, o en cualquiera de los sitios en los que nos hemos encontrado o tenido una experiencia de Dios. En muchas ocasiones tendremos que volver a ese amor primero, retomar la amistad con Jesucristo. Este es uno de los temas más importantes en las actuales circunstancias de la vida, en las que la fe nos es difícil vivirla en un ambiente que niega la trascendencia. Miremos las estrellas, contémoslas si podemos y pisemos el suelo, la arena del desierto, mientras nos aproximamos a la gloria poco a poco, encuentro tras encuentro, con Jesús y los prójimos.
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón

Fraternidad Eclesial Franciscana