miércoles, 12 de abril de 2017

La vuelta hacia el Padre...

Reflexión viernes santo -2017
La vuelta hacia el Padre
Juan 18,1-19,42

Jn 18,1 Cuando terminó de hablar, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos.
Jn 18,2 Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. 3 Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas.
Jn 18,4 Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: “¿A quién buscan?” 5 Contestaron: “A Jesús el Nazareno.” Jesús dijo: “Yo soy.” Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos.
Jn 18,6 Cuando Jesús les dijo: “Yo soy”, retrocedieron y cayeron al suelo. 7 Les preguntó de nuevo: “¿A quién buscan?” Dijeron: “A Jesús el Nazareno.” 8 Jesús les respondió: “Ya les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen que éstos se vayan.” 9 Así se cumplía lo que Jesús había dicho: “No he perdido a ninguno de los que tú me diste.”
Jn 18,10 Simón Pedro tenía una espada, la sacó e hirió a Malco, siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. 11 Jesús dijo a Pedro: “Coloca la espada en su lugar. ¿Acaso no voy a beber la copa que el Padre me ha dado?”
Jn 18,12 Entonces los soldados, con el comandante y los guardias de los judíos, prendieron a Jesús, lo ataron 13 y lo llevaron primero a casa de Anás. Este Anás era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. 14 Caifás era el que había dicho a los judíos: “Es mejor que muera un solo hombre por el pueblo.”
Jn 18,15 Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Como este otro discípulo era conocido del sumo sacerdote, pudo entrar con Jesús en el patio de la casa del sumo sacerdote, 16 mientras que Pedro se quedó fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, y habló con la portera, que dejó entrar a Pedro. 17 La muchacha que atendía la puerta dijo a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre.” Pedro le respondió: “No lo soy”.
Jn 18,18 Los sirvientes y los guardias tenían unas brasas encendidas y se calentaban, pues hacía frío. También Pedro estaba con ellos y se calentaba.
Jn 18,19 El sumo sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su enseñanza. Jesús le contestó: 20 “Yo he hablado abiertamente al mundo. He enseñado constantemente en los lugares donde los judíos se reúnen, tanto en las sinagogas como en el Templo, y no he enseñado nada en secreto. 21 ¿Por qué me preguntas a mí? Interroga a los que escucharon lo que he dicho.”
Jn 18,22 Al oír esto, uno de los guardias que estaba allí le dio a Jesús una bofetada en la cara, diciendo: “¿Así contestas al sumo sacerdote?” 23 Jesús le dijo: “Si he respondido mal, demuestra dónde está el mal. Pero si he hablado correctamente, ¿por qué me golpeas?”
Jn 18,24 Entonces Anás lo envió atado al sumo sacerdote Caifás.
Jn 18,25 Simón Pedro estaba calentándose al fuego en el patio, y le dijeron: “Seguramente tú también eres uno de sus discípulos.” El lo negó diciendo: “No lo soy.” 26 Entonces uno de los servidores del sumo sacerdote, pariente del hombre al que Pedro le había cortado la oreja, le dijo: “¿No te vi yo con él en el huerto?” 27 De nuevo Pedro lo negó y al instante cantó un gallo.
Jesús ante Pilato
Jn 18,28 Llevaron a Jesús de la casa de Caifás al tribunal del gobernador romano. Los judíos no entraron para no quedar impuros, pues ese era un lugar pagano, y querían participar en la comida de la Pascua. 29 Entonces Pilato salió fuera, donde estaban ellos, y les dijo: “¿De qué acusan a este hombre?”
Jn 18,30 Le contestaron: “Si éste no fuera un malhechor, no lo habríamos traído ante ti.” 31 Pilato les dijo: “Tómenlo y júzguenlo según su ley.” Los judíos contestaron: “Nosotros no tenemos la facultad para aplicar la pena de muerte.”
Jn 18,32 Con esto se iba a cumplir la palabra de Jesús dando a entender qué tipo de muerte iba a sufrir.
Jn 18,33 Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” 34 Jesús le contestó: “¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?” 35 Pilato respondió: “¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?”
Jn 18,36 Jesús contestó: “Mi realeza no procede de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá.”
Jn 18,37 Pilato le preguntó: “Entonces, ¿tú eres rey?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho: yo soy Rey. Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz.” 38 Pilato dijo: “¿Y qué es la verdad?”
Dicho esto, salió de nuevo donde estaban los judíos y les dijo: “Yo no encuentro ningún motivo para condenar a este hombre. 39 Es costumbre entre ustedes que en la Pascua yo les devuelva a un prisionero. ¿Quieren ustedes que ponga en libertad al Rey de los Judíos?” 40 Ellos empezaron a gritar: “¡A ése no! Suelta a Barrabás.” Barrabás era un bandido.
Jn 19,1 Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado. 2 Los soldados hicieron una corona con espinas y se la pusieron en la cabeza, le echaron sobre los hombros una capa de color rojo púrpura 3 y, acercándose a él, le decían: “¡Viva el rey de los judíos!” Y le golpeaban en la cara.
Jn 19,4 Pilato volvió a salir y les dijo: “Miren, se lo traigo de nuevo fuera; sepan que no encuentro ningún delito en él.” 5 Entonces salió Jesús fuera llevando la corona de espinos y el manto rojo. Pilato les dijo: “Aquí está el hombre.”
Jn 19,6 Al verlo, los jefes de los sacerdotes y los guardias del Templo comenzaron a gritar: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Pilato contestó: “Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, pues yo no encuentro motivo para condenarlo.” 7 Los judíos contestaron: “Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir, pues se ha proclamado Hijo de Dios.”
Jn 19,8 Cuando Pilato escuchó esto, tuvo más miedo. 9 Volvió a entrar en el palacio y preguntó a Jesús: “¿De dónde eres tú?” Pero Jesús no le contestó palabra. 10 Entonces Pilato le dijo: “¿No me quieres hablar a mí? ¿No sabes que tengo poder tanto para dejarte libre como para crucificarte?” 11 Jesús respondió: “No tendrías ningún poder sobre mí si no lo hubieras recibido de lo alto. Por esta razón, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado que tú.”
Jn 19,12 Pilato todavía buscaba la manera de dejarlo en libertad. Pero los judíos gritaban: “Si lo dejas en libertad, no eres amigo del César; el que se proclama rey se rebela contra el César.” 13 Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús al lugar llamado el Enlosado, en hebreo Gábbata, y lo hizo sentar en la sede del tribunal.
Jn 19,14 Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Pilato dijo a los judíos: “Aquí tienen a su rey.” 15 Ellos gritaron: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!” Pilato replicó: “¿He de crucificar a su Rey?” Los jefes de los sacerdotes contestaron: “No tenemos más rey que el César.” 16 Entonces Pilato les entregó a Jesús y lo condenó a la cruz.
Jesús es crucificado
Jn 19,17 Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota. 18 Allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús.
Jn 19,19 Pilato mandó escribir un letrero y ponerlo sobre la cruz. Estaba escrito: “Jesús el Nazareno, Rey de los judíos.” 20 Muchos judíos leyeron este letrero, pues el lugar donde Jesús fue crucificado estaba muy cerca de la ciudad. Además, estaba escrito en hebreo, latín y griego. 21 Los jefes de los sacerdotes dijeron a Pilato: “No escribas: “Rey de los Judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”.” 22 Pilato contestó: “Lo escrito, escrito está.”
Jn 19,23 Después de clavar a Jesús en la cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron: 24 “No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca.” Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mi ropa y echaron a suertes mi túnica. Esto es lo que hicieron los soldados.
Últimas palabras de Jesús
Jn 19,25 Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. 26 Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” 27 Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.
Jn 19,28 Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: “Tengo sed”, y con esto también se cumplió la Escritura. 29 Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios. 30 Jesús probó el vino y dijo: “Todo está cumplido.” Después inclinó la cabeza y entregó el espíritu.
Le abrió el costado y salió sangre y agua
Jn 19,31 Como era el día de la Preparación de la Pascua, los judíos no querían que los cuerpos quedaran en la cruz durante el sábado, pues aquel sábado era un día muy solemne. Pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas a los crucificados y retiraran los cuerpos. 32 Fueron los soldados y quebraron las piernas de los dos que habían sido crucificados con Jesús. 33 Pero al llegar a Jesús vieron que ya estaba muerto, y no le quebraron las piernas, 34 sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua.
Jn 19,35 El que lo vio da testimonio. Su testimonio es verdadero, y Aquél sabe que dice la verdad. Y da este testimonio para que también ustedes crean. 36 Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ni un solo hueso. 37 Y en otro texto dice: Contemplarán al que traspasaron.
Jn 19,38 Después de esto, José de Arimatea se presentó a Pilato. Era discípulo de Jesús, pero no lo decía por miedo a los judíos. Pidió a Pilato la autorización para retirar el cuerpo de Jesús y Pilato se la concedió. Fue y retiró el cuerpo.
Jn 19,39 También fue Nicodemo, el que había ido de noche a ver a Jesús, llevando unas cien libras de mirra perfumada y áloe. 40 Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los aromas, según la costumbre de enterrar de los judíos.
Jn 19,41 En el lugar donde había sido crucificado Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie todavía había sido enterrado. 42 Como el sepulcro estaba muy cerca y debían respetar el Día de la Preparación de los judíos, enterraron allí a Jesús.

En el largo evangelio de hoy, sucede aquello que el narrador ya nos ha anunciado en distintas ocasiones. Todos somos conscientes del final de Jesús, de su muerte en cruz. Pero su muerte no es el final trágico, sino que debe entenderse como la vuelta hacia el Padre. ¿Cómo comprender esta diferencia?
Es obvio que la muerte de una persona es algo lamentable. El asesinato es repudiable y condenable desde cualquier punto de vista. Nadie quiere que otro sufra o que unos le provoquen daño, tortura o castigo a otro ser humano, en especial si esa persona es inocente.
Pero en el evangelio de Juan, el final de Jesús y su muerte en cruz no debemos entenderla como humillación sino como elevación. Verlo en la cruz no es el final, sino el inicio de un largo proceso discipular donde verlo elevado en cruz debe significar el acto más grande de amor desde el cual podemos comprender todas las palabras y acciones de Jesús.
Es verdad que la liturgia de hoy nos invita a detenernos y contemplar la cruz, la cual, como instrumento de tortura de los romanos, se hace signo visible que efectivamente requiere de revertir su significado; de instrumento de tortura a signo de salvación. Por eso llevamos una cruz en el pecho, por eso hacemos la señal de la cruz al inicio y al final de la eucaristía y de todo rito. Pues el cristiano es alguien que cree y que tiene esperanza en un final distinto al de la aparente frustración o fracaso. Que ante la muerte en cruz no podemos más que esperar convencidos de que el mal y las tinieblas no tienen la última palabra.
En el relato del evangelista Juan, Jesús, como protagonista, relaciona su pasión, es decir, el camino hacia la cruz, con lo que realizó en su actuación pública. En momentos claves aparece la figura de Pedro quien se convierte en el representante de todos aquellos que abandonan al Maestro en el momento en que necesitaba más los necesitaba.
Y así se enfrenta Jesús a los juicios de Anás, el sumo sacerdote, y de Pilato, prefecto de la provincia romana en Judea.
Permítanme profundizar en el juicio de Jesús ante Poncio Pilato.
Posterior al interrogatorio de Anás en casa de Caifás, Jesús es llevado al Pretorio a primera hora de la mañana. El episodio se desarrolla en dos escenarios: dentro del Pretorio y fuera del Pretorio, los cuales adquieren un gran valor simbólico pues los que niegan a Jesús se encuentran fuera del Pretorio, en tanto Pilato que entra y sale del Pretorio, es decir, de donde tenían a Jesús, entiende y comprende la identidad del acusado de blasfemo y malhechor.
§  Capítulo 18, v 28, llevaron a Jesús al pretorio (Jesús entra al pretorio), es decir al tribunal, pero los judíos no entraron. Por lo tanto, dentro del pretorio se encuentra únicamente Jesús.
§  V 29 Pilato sale y tras preguntarle a los judíos la acusación contra Jesús, ellos responden: Es un malhechor y queremos condenarlo a muerte.
§  V 33 Pilato entra al palacio, ante Jesús, y tras un breve intercambio de preguntas y respuestas, Pilato le pregunta, ¿tú eres rey?, y Jesús responde: “tú lo has dicho: yo soy Rey”. Aquí tenemos que sentir y notar que Pilato le cree a Jesús, que al estar en su presencia ha comprendido que, efectivamente, es Rey y que en su voz está la verdad.
§  V 38b Pilato sale y le dice a los judíos que no encuentra crimen para condenar a Jesús. Le propone a los judíos, es decir, a los que están fuera o lejos de la presencia de Jesús, que decidan a quién liberar; si a Jesús, Rey de los Judíos, o a Barrabás (que según el texto de Juan era un bandido). La muchedumbre pide que liberen a Barrabás, que contradictoriamente y para nuestra sorpresa, el primer crimen con el cual presentan a Jesús ante Pilato es precisamente el de ser malhechor (bandido). Y piden que suelten al bandido. ¡Vaya forma de solicitar con mentiras la muerte del justo!
§  En el capítulo 19, versículo 4, Pilato sale nuevamente ante la multitud y les presenta a Jesús azotado, con una corona de espinas en la cabeza, con una capa color púrpura, insultado y golpeado por los soldados romanos. Pilato dice –nuevamente- que no encuentra en Jesús ningún delito, y lo presenta ante todos diciendo: ¡Aquí está el hombre!
§  En el versículo 8 Pilato, al escuchar de los sumos sacerdotes que pedían crucificar a Jesús, dice el texto que “tuvo más miedo”. Y en el versículo 9, entró nuevamente en el palacio y –desconcertado- le pregunta a Jesús, ¿De dónde eres tú? Jesús, haciendo gala de la dignidad ante su retorno al Padre, provoca que en el versículo 12 Pilato busque todavía la manera de dejarlo en libertad.
§  La multitud sigue gritando que lo crucifiquen, y en el versículo 14 Pilato presenta a la muchedumbre a “su Rey”. En el versículo 15 todavía les pregunta ¿He de crucificar a su Rey? Y ante la insistencia de los sumos sacerdotes, Pilato no tiene más opción que entregarlo y condenarlo a la cruz.
§  Imaginemos por un momento la angustia de Pilato que condena a Jesús a pesar de no encontrar en él ningún delito. ¿Por qué Pilato sí comprendió la identidad de Jesús y la muchedumbre no? Para conocer a Jesús tenemos que estar ante él; hablarle, preguntarle, dialogar y comprender sus signos, su encarnación.
§  Pilato en el versículo 19 mandó a escribir un letrero para colocarlo sobre la cruz, el cual decía: “Jesús el Nazareno, Rey de los judíos”. Y para Pilato, “lo escrito, escrito está”.
El relato continúa con varias escenas. Jesús es consciente de que todo se ha cumplido y por ello entrega su Espíritu; el hecho de brotar de su costado sangre y agua; y la aparición de José de Arimatea y Nicodemo quienes dan sepultura al cuerpo de Jesús.
Veamos a estos dos personajes como representación de los discípulos que ante la pasión y muerte de Jesús, son capaces de vencer el temor ante los judíos y romanos.
En fin. El viernes Santo no se comprende sin los signos del Sábado en la vigilia Pascual.
Además de la Cruz, signo visible, tenemos otro elemento que debemos tomar en consideración: El Silencio.
El silencio que nos propone la liturgia frente a la cruz cobra sentido pues ante la tumba de Jesús nosotros, los creyentes, hemos de escuchar la voz de Dios, que nos dice una y otra vez que la muerte no tiene la última palabra.

Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazon

Fraternidad Eclesial Franciscana

martes, 11 de abril de 2017

Jesús rompe todos los esquemas, pero no nos es ajeno ...

Reflexión jueves santo – 2017

Jesús  rompe todos los esquemas, pero no nos es ajeno…
Juan 13, 1-15


Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, El, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!» Jesús le respondió: «Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!» Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes».


Hoy nos convocamos en la Iglesia para celebrar el día de la institución eucarística, la última cena de Jesús. También festejamos el día del sacerdocio y lo que llamamos el día del amor fraterno. 

Quizás sea este el relato que mejor expresa la esencia de lo que fue Jesús y su mensaje.
No es fácil dejar a Dios que se muestre donde nosotros no podemos verlo por nuestros esquemas y seguridades. Es importante dejar que se muestre donde nosotros no podemos ver.
La protesta de Pedro, en el relato de Juan, deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. No podemos reprochárselo, porque tampoco nosotros, después de dos mil años, somos capaces de desentrañar todo el profundo significado de lo que estamos celebrando hoy.
Este  texto es impresionante. Jesús rompe todos los esquemas, pero no nos es ajeno.
Jesús vive unos hechos y unas actitudes por los que nos podemos dejar atraer, mover, impulsar…  Jesús muestra el rostro del Padre. En El se revela quien es, como es, como se vive y se relaciona con las personas. Jesús nos muestra al Dios que nos crea y nos recrea en permanencia a cada uno. De este Dios guardamos una huella en nuestro corazón.
 1. Sabemos que no fue un rito de purificación. No responde a una necesidad urgente. Tampoco podemos reducirlo a un acto formal de humildad. Jesús pasaba de todo formalismo. Fue, sin duda una acción profética. La Biblia está plagada de esta manera de trasmitir una verdad profunda, sobre todo en los profetas. Esta es la razón por la que, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena, se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras está encerrado todo lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos.
Lavar los pies era un servicio que sólo hacían los inferiores a los superiores. Normalmente solo desarrollaban ese trabajo los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como el señor. Esto es lo que había hecho Jesús durante toda su vida, pero ahora quiere hacer un signo que no deje ningún lugar a la más mínima duda. Es importante el hecho en sí, pero mucho más, lo que quiere significar.
2. Ser más humano es ser capaz de amar más. En este gesto del lavatorio de los pies se condensa quien es Jesús. Probablemente Jesús tuvo muchos gestos en su recorrido que le identificaba, que le revelaban. Pero es este, este gesto de bajarse, de arrodillarse, de servir, de amar incondicional y gratuitamente… en donde Jesús es.
Arrodillarse, lavar los pies de sus discípulos:
– revela quien es, su identidad más profunda. Esto soy yo, dice en el paralelo de la Eucaristía de los otros evangelios. Este soy yo. Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi­cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Meteo bien en la cabeza, que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dándome a los demás. Yo soy sangre, (vida) que se derrama para todos, que llega a todos que da vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que se deja empapar por esa Vida. Las palabras finales son muy importantes.

 ¿Qué gesto nos revela más nitidamente en quienes somos?
 ¿Dónde somos más genuinamente quienes somos de fondo? 

– revela su unidad con el Padre: el amor, el servicio, la entrega… revelan el rostro de Dios. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo, al elegir la más alta posibilidad de plenitud humana. Ahora pueden comprender el sentido que tiene esta celebración.
Esta actitud de Jesús a los pies de sus discípulos, pulveriza la idea de Dios “Señor” al que hay que servir. Jesús hace presente a un Dios que no actúa como soberano celeste, sino como servidor del hombre. Dios está a favor de cada hombre no imponiendo su voluntad desde arriba sino trasformando al hombre desde abajo, desde lo hondo del ser humano y levantando al hombre a su mismo nivel. Todo poder, sobre todo el ejercido en nombre de Dios, es contrario al mensaje de Jesús. Toda imposición queda deslegitimada, aunque esta verdad es muy difícil de asumir.
Pero la fuerza de este gesto tiene todavía un alcance mayor, porque habla de quien es Dios, del ser de Dios. Es Dios quien se abaja en Jesús. Dios se inviste de amor servicial, de amor esclavo. No es que Dios se rebaje, sino que Dios está abajo, libre de toda pretensión, sosteniéndonos desde nuestra base: nuestra condición ínfima y efímera, necesitada.
 – y su misión: he venido para que tengan vida,…. Eso soy yo, eso tenemos  que ser nosotros. Justo porque Jesús, y Dios en Jesús, se abaja, se pone al nivel de lo último. En este abajamiento hasta lo último nos incorpora a todos. Vamos siendo alcanzados por este gesto de Jesús en nuestras vidas.
 sabiendo que el Padre lo había puesto todo en sus manos, que había venido de Dios y que a Dios volvía… habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.”
 Jesús son las manos del Padre, su manifestación, su extensión.
El camino de Jesús llega al último lugar, y al más bajo: a los pies de la humanidad. Con este gesto la creación cobra una densidad sorprendente. El Maestro se convierte en Siervo.
Alzamos la mirada, y no encontramos a Jesús, porque ha descendido. En los cielos no está el poder. Para encontrar a Dios hay que buscar por abajo, hay que decrecer, abajarse hasta lo ínfimo y “ínfimo y efímero pero necesarios”. Quisiéramos postrarnos ante Él, él es nuestro Maestro y Señor y ha sido él quien se ha postrado ante nosotros. Ya lo dijo Carlos de Foucauld: “Jesús ocupó el último lugar y nadie podrá arrebatárselo”.
Abundan los verbos: se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Dios más que amor , es amar. Dios no es un sustantivo estático que podemos retenerlo, atraparlo, sino que es acción, que es dinamismo, del que todo viene al que todo vuelve “En él somos, nos movemos y existimos”.
 Para percibir que Dios es amar, hemos de dejar que él se muestre donde nosotros no sabemos ver. El lugar del siervo es el lugar del rey. La donación sustituye a la dominación. El gesto de Jesús implica la reciprocidad, el dar y el recibir, el amar y dejarse amar.
No es fácil admitir esto. Tampoco Pedro lo pudo.
No es fácil abrirse que lo máximo pasa por lo mínimo, por lo ínfimo, por lo pequeño.
“felices ustedes  si hacen lo mismo”
Es difícil lo que hoy nos muestra la palabra: es ponerse ante la libertad de servir renunciando a los propios derechos. El cambio es que todo es recibido.
Sólo perdiéndonos podremos encontrarnos en una manera de ser y de vivir que nos hace uno en Dios, que os revela a El en nosotros.

Jueves Santo para compartir con los que menos tienen, para visitar enfermos, consolar a los tristes, acompañar a los que están solos, acoger a los inmigrantes, escuchar a los jóvenes...Jueves Santo, en fin, para vivir  y ayudar a vivir en plenitud.
En este día Señor dime como ser pan…

Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazon
Fraternidad Eclesial Franciscana


sábado, 8 de abril de 2017

Entra a Jerusalèn para morir...

Reflexión domingo 9 de abril 2017
Entra a Jerusalén para morir…
Llegamos al final del camino que nos conduce a la Pascua. Durante estos 40 días hemos experimentado cómo el encuentro con Jesús nos transforma y nos abre a dimensiones insospechadas de amor, de servicio, de entrega, de compromiso por la justicia, de solidaridad, etc. Para ello, con la ayuda de Dios y de la comunidad que nos interpela y nos llama a la conversión, hemos abierto grandes espacios en nuestro corazón para que en él renazca y se fortalezca la llamada a ser hombres y mujeres capaces de vivir a la manera de Jesús y comprometidos con la construcción del Reino. La Cuaresma que hoy termina, como lo hemos expresado en otras ocasiones, tenía un objetivo claro: ayudarnos a volver a Jesús, a crear las condiciones de posibilidad para que, venciendo a la muerte, inauguremos con Jesús resucitado, el sí definitivo de Dios por la vida.
Este domingo escucharemos dos evangelios: el primero se lee afuera del templo en el lugar de inicio de la procesión de ramos, y el segundo es dentro del templo es el evangelio de la pasión.
Mateo 21,1-11

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles: 
-«Id a la aldea de enfrente, encontraréis en seguida una borrica atada con su pollino, desátenlo y tráiganlo. Si alguien les dice algo, contéstenle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.» 
Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta:
digan«De a la hija de Sión: "Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila".» 
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: 
-«¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!» 
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:
-«¿Quién es éste?»
La gente que venía con él decía:
-«Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea.»



La celebración del domingo de Ramos, con la que iniciamos la Semana Santa y el inicio del camino de la Pascua, me sugiere estas reflexiones:
La entrada triunfal de Jesús. El primer momento de la celebración nos recuerda la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. El pueblo, que ha alimentado de alguna forma la expectativa que Jesús es el Mesías anunciado por los profetas y el que vendrá a liberar a Israel del yugo opresor romano, lleno de emoción y entusiasmo, alfombra el camino con ramos de olivo y grita a voz en cuello “hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor”. Es un signo de reconocimiento y acogida que nace de la fe sencilla de los hombres y las mujeres que han puesto solo en Dios su confianza.

Mateo 26,14—27,66
Evangelio de la pasión
En aquel tiempo uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué están dispuestos a darme si se los entrego?». Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?». Él contestó: «Vayan a casa de Fulano y díganle: ‘El Maestro dice: mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los doce. Mientras comían dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar». Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del Hombre se va como está escrito de Él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del Hombre!, más le valdría no haber nacido». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?». Él respondió: «Así es».
Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: «Tomen, coman: esto es mi cuerpo». Y cogiendo un cáliz pronunció la acción de gracias y se lo pasó diciendo: «Beban todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos para el perdón de los pecados. Y les digo que no beberé más del fruto de la vid hasta el día que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre».
Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: «Esta noche van a caer todos por mi causa, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’. Pero cuando resucite, iré antes que ustedes a Galilea». Pedro replicó: «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré». Jesús le dijo: «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante tres veces, me negarás». Pedro le replicó: «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Y lo mismo decían los demás discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: «Siéntense aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo: «Me muero de tristeza: quédense aquí y velen conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo: «Ya pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la hora y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ése es: deténganlo». Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!». Y lo besó. Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?». Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con Él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: «Envaina la espada: quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? El me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar». Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Han salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvieron». Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon: «Éste ha dicho: ‘Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’».
El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?». Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Más aún, yo les digo: desde ahora verán que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo». Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué deciden?». Y ellos contestaron: «Es reo de muerte». Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros; lo golpearon diciendo: «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo: «También tú andabas con Jesús el Galileo». Él lo negó delante de todos diciendo: «No sé qué quieres decir». Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: «Éste andaba con Jesús el Nazareno». Otra vez negó él con juramento: «No conozco a ese hombre». Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron: «Seguro; tú también eres de ellos, se te nota en el acento». Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: «No conozco a ese hombre». Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores diciendo: «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente». Pero ellos dijeron: «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!». Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas dijeron: «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre». Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía “Campo de Sangre”. Así se cumplió lo escrito por Jeremías el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices». Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?». Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.
Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién quieren que suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías? Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con Él».
Pero los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?». Ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Que lo crucifiquen». Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!». Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia del pueblo, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!». Y el pueblo entero contestó: «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir “La Calavera”), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que, destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». «Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y Él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?». Hasta los que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó: «Elí, Elí, lamá sabaktaní». Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; en seguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia; lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron: «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor estando en vida anunció: ‘A los tres días resucitaré’. Por eso da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: ‘Ha resucitado de entre los muertos’. La última impostura sería peor que la primera. Pilato contestó: «Ahí tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la vigilancia como saben». Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.
Entra a Jerusalén para morir. El segundo momento de la celebración, centrada en la contemplación de la pasión, nos revela una gran paradoja. Pasada la euforia de los ramos y los cantos de hosanna, es el mismo pueblo sencillo, el que, a la hora de la pasión, acusado por los “líderes religiosos”, va a gritar enardecido: “¡crucifícalo!”. No entendemos el cambio de actitud, es más, 2000 años después, nos genera un cierto rechazo pues detrás de ese cambio vemos planeando las sombras de la traición.
Seguir al Jesús que congrega a cientos de personas para escucharle, que sana a los enfermos y resucita a los muertos no es difícil, de él queremos ser discípulos, con él queremos subirnos a la cresta de la ola para gozar de su fama y su prestigio. No obstante, seguir al Jesús que opta por un amor agachado, por un amor incondicional a los últimos y los desposeídos de la tierra, por un Jesús que sabe que el precio que hay que pagar por amar sin límite es la vida misma… no es fácil y nos cuesta.
A los contemporáneos de Jesús les costaba entender este nuevo modo de proceder de Dios: ¿un Dios sufriente? Eso es escándalo o necedad. Más tarde entenderán que detrás de la lógica del despojo, de la lógica de la entrega de la vida por la vida está el mensaje de un Dios amigo de los hombres, de un Dios que sigue apostando por la humanidad. El triunfo no está en llenar las primeras páginas de los periódicos o en el reconocimiento social. El triunfo, a la manera de Jesús, se obtiene cuando nuestra vida es entregada para amar, servir y comprometerse con los valores del Reino. Jesús entró triunfante a Jerusalén, sí, iba a triunfar porque lo iba a dar todo por amor.
La paradoja hoy. La paradoja de hace 2000 años se puede revivir hoy cuando alabamos y bendecimos a Dios en nuestros templos y en nuestras celebraciones pero pasamos de largo ante los nuevos crucificados de la historia. Cuando nos hacemos los ciegos o los sordos ante el clamor de las víctimas de la exclusión y de la injusticia, ante tantas personas que siguen siendo invisibles para este sistema que genera miles de empobrecidos cada día y, ante los preferidos de Dios seguimos, hoy como ayer, gritando al amanecer hosanna y al atardecer crucifícalo.
La muerte de Jesús, en medio de esa dolorosa paradoja de la traición, la aceptamos y la conmemoramos con agradecimiento. Esa era la forma como se debía materializar la entrega de Dios por la humanidad caída y sufriente. Sin embargo, y aquí va mi propuesta, los invito, en este Domingo de Ramos, a levantar nuestra voz por todos los nuevos crucificados de modo que nuestro clamor en favor de la justicia, la inclusión, la paz, el respeto, la reconciliación y la VIDA rompa la paradoja de ayer y la vida de los últimos no escuche más el “crucifícalo” sino el “hosanna” de la vida con dignidad que merecen. Que tanto al amanecer como al atardecer nuestro grito sea por el sí a la vida.

Pidamos para que el encuentro con Dios nos siga trasformado y que nuestro hosanna sea un sí incondicional por la vida, aunque este sí, como a tantos hombres y mujeres de ayer y hoy, nos cueste la vida.
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazon

Fraternidad Eclesial Franciscana

sábado, 1 de abril de 2017

Quien ha encontrado la amistad de Jesús ya ha resucitado...

Reflexión domingo 2 de abril 2017
Quien ha encontrado la amistad de Jesús ya ha resucitado…
Juan. 11,3-7.17.20-27.33b-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo han enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una piedra.
Dice Jesús: «Quiten la piedra.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la piedra.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 
Jesús les dijo: «Desátenlo y déjenlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

            Después de la curación del ciego de nacimiento del domingo pasado, símbolo de la luz de la fe que el Espíritu Santo nos infundió en el bautismo, hoy nos presenta el evangelio de San Juan el más formidable y espectacular signo realizado por Jesús durante su vida mortal: la resurrección de Lázaro, símbolo de la vida que viene del Padre por medio del Hijo.
            
 La tradición sinóptica conoce dos resurrecciones: la de la hija de Jairo y la del hijo de la viuda de Naín. El cuarto evangelio cierra la serie con el impresionante relato de la resurrección de Lázaro. Juan se detiene a detallar el impresionante acontecimiento y las circunstancias concretas. Una idea domina: Jesús vence la muerte y da vida. Hay una información sobre la enfermedad de Lázaro: «Tu amigo está enfermo». Le sigue un diálogo de Jesús con sus discípulos: «Nuestro amigo Lázaro está dormido». Encuentro de Jesús con Marta: «tu hermano resucitará». Diálogo de Jesús con María: «Si hubieras estado aquí ...». Reacción de los judíos: «¿No pudo impedir que éste muriera»? Resurrección de Lázaro: «Lázaro, sal fuera». Finalmente, reacción ante el signo de Jesús: «Muchos creyeron en Él. Pero....».
             Si leemos en evangelio completo Juan 11.1-45  podemos hilvanar el argumento: Jesús es informado de la enfermedad de Lázaro, pero se queda fuera de Judea, retrasando su ida a Betania. Jesús llega a Betania, pero se queda fuera, retrasando su ida a la tumba. Jesús llega a la tumba y resucita a Lázaro. El signo se retrasa hasta el final, caso único en el cuarto Evangelio. Este retraso es un recurso para hacer del milagro un esplendor  del relato. Los personajes salen de donde están y van a donde está Jesús.
               Es un milagro contado con maestría. El séptimo y el último de los que comenzaron en Caná. Recordemos que en Caná de Galilea Jesús realiza su primer milagro convirtiendo el agua en vino y en Betania de Judea realiza su ultimo milagro convirtiendo la muerte en vida.  Victoria sobre el último enemigo, la muerte, su resurrección prefigura la de Jesús: tres días, sepulcro, vendas. El gesto y el grito «Sal fuera» va acompañado de una declaración: «Yo soy la resurrección y la vida».
               «Si hubieras estado aquí». Cuando Jesús se encuentra en Betania con Marta, su hermano ya llevaba cuatro días enterrado. Las palabras de la hermana contienen un cariñoso reproche pero al mismo tiempo muestran una fe ilimitada en el poder de Jesús. Jesús le hace una promesa con lo más notable del relato: «Tu hermano resucitará»... «Yo soy la resurrección y la vida». Es un desafío para Marta. Ésta no sólo es una mujer creyente, sino confesante: «Sí, Señor...»
               «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado...». Jesús reza emocionado. Es una oración de acción de gracias, es el modelo de la oración cristiana. Su grito potente es su voz, realizadora de milagros que llama al muerto para que salga del sepulcro y resucite a la vida. Sale del sepulcro sin ayuda de nadie; su resurrección no es aparente, sino real. Sus manos y sus pies conservan las vendas, mostrando la identidad entre el muerto y el vuelto a la vida, como las vendas y el sudario del resucitado.
                La victoria de la muerte no llega por los avances de la ciencia o del progreso, sino por el carisma de una persona que se atrevió a decir: «Yo soy la resurrección y la vida». Las palabras más esperanzadoras que se han pronunciado y que tenían que venir de Dios, pero que lloró ante la muerte de su amigo.
                La grandeza sobrehumana de esta acción aparece reflejada en las palabras entrecortadas de Marta, la hermana del muerto, que dijo a Jesús al pie de la tumba: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días” enterrado, y en la sobrecogedora descripción del acontecimiento: “El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario”. Pero por muy espectacular que sea la resurrección de un muerto que lleva cuatro días enterrado, no debe ser eso el centro de nuestra atención. El evangelista nos quiere llevar a otra parte, no a Lázaro redivivo, sino a Cristo, autor y señor de la vida.
                 Lázaro murió porque ... su amigo estaba lejos. Ciertas ausencias prolongadas hacen morir de frío el corazón. Jesús, al enterarse se echó a llorar. Todos notaron que lo quería. ¡Qué suerte la de Lázaro ¡Que alguien lo quiera, que alguien lo llore y que ese alguien sea Jesús! Aunque Jesús no hubiera dicho nada a lo largo de su vida, aunque no hubiera después resucitado a Lázaro, estas lágrimas serían suficientes. Dios es nuestro amigo. Quien ha encontrado la amistad de Jesús ya ha resucitado. La demostración más evidente es levantarse y andar.
                  Y ¿cuál es, en concreto, el contenido de la fe en Cristo que el evangelio de hoy quiere reafirmar? No es necesario divagar mucho para encontrarlo: “Yo soy la resurrección y la vida –dice el Señor-: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. La resurrección de Lázaro es la demostración de la verdad de esta palabra de Jesús: él mismo es la resurrección, él es la vida de los hombres. ¿Cómo puede realizarse también en nosotros un prodigio semejante? Sólo hay un camino: a través de la fe. Se vence la muerte por medio de la fe; se alcanza la vida, que es Cristo mismo, por medio de la fe. Dice san Agustín: “Si dentro de ti hay fe, dentro de ti está Cristo: la presencia de Cristo en tu corazón está ligada a la fe que tienes en él”.
             Que Dios, nuestro Padre, nos conceda escuchar, como Lázaro, la voz de Jesús: “Sal fuera”, sal de la fosa de tus pecados, sal del sepulcro de tu indiferencia, de tu cobardía. Te lo dice el que va a la muerte por ti, para que tú tengas vida y la tengas en abundancia. Es la vida divina que brota de la cruz y que ahora se nos ofrece en la mesa de la Eucaristía.
                  Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico Suizo  más crítico del siglo veinte, cercano ya a su final, ha dicho que para él morirse es “descansar en el misterio de la misericordia de Dios”.
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazon
Fraternidad Eclesial Franciscana