sábado, 3 de marzo de 2018

¿Que significan los talentos?


Reflexión domingo 19 de noviembre 2017
¿Qué significan los talentos?
Mateo 25,14-30
      Cuando era pequeño, recuerdo que los profesores usaban esta parábola para decirnos que había que estudiar más. Usar nuestros talentos significa emplearlos en estar más atentos, hacer mejor nuestro trabajo y, en definitiva, obtener mejores evaluaciones. Se nos decía que, a veces, incluso en el caso de que fuésemos buenos estudiantes y lográsemos pasar el curso holgadamente, quizá aún así no usábamos bien nuestros talentos. Teníamos que estudiar lo más posible, porque se nos había dado esa capacidad. Y nos hacían mirar a los que lograban hacer lo justo con dificultad, para que viésemos como aquellos trabajaban sus talentos, los pocos que habían recibido, quizá mejor que nosotros, que habíamos recibido mucho pero no lo aprovechábamos bien. 

      No iban descaminados mis profesores. La vida, nuestro carácter, nuestras habilidades, la familia en que hemos nacido, las condiciones económicas de que gozamos, de alguna manera todo lo hemos recibido, todo ha sido un don. No todos en el mundo han tenido la misma suerte que nosotros. Incluso entre los miembros de nuestra comunidad hay muy diferentes suertes, habilidades y capacidades. 
      Hoy Jesús nos recuerda que no podemos enterrar nuestros talentos bajo el suelo. Eso es una especie de suicidio. Tenemos que ponerlos a trabajar. Pero, ¿para qué? ¿Para lograr una vida mejor para mí? ¿Para tener más dinero en mi cuenta corriente? ¿Para ser feliz y aprovecharme de esos dones que yo he recibido y otros no? Si leyésemos así esta parábola es como si la separásemos del resto del Evangelio. Eso no se puede hacer. Debemos recordar que para Jesús lo más importante es el Reino de Dios. Jesús quiere que todos lleguemos a vivir juntos como hermanos. Los talentos de cada uno están, deben estar, al servicio de la fraternidad. Cualquier otra cosa es “enterrarlos”. 
¿Cuáles son mis talentos, mis cualidades? ¿Me las guardo para mí sólo? ¿Cómo podría ponerlas mejor al servicio del bienestar de los que viven a mi alrededor? ¿No será que a veces soy tacaño y pretendo recibir y no dar?
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


"velad y orad"


Reflexión domingo 12 de noviembre 2017
“Velad y orad”
Mateo 25,1-13
      Una vez más, Jesús cuenta a los discípulos una parábola. Es apenas una historia. Como las que a veces contamos a los niños para que se duerman. Pero todos sabemos que las historias pueden llevar dentro muchas cosas. Hablar mediante parábolas es una forma de hablar. Para que los que quieran entender, entiendan. En esta ocasión, Jesús se la cuenta a los discípulos. Ellos seguramente entendieron que la parábola no era una pura historia. Jesús les quería decir algo mediante la historia de aquellas diez vírgenes encargadas de preparar la fiesta de las bodas y de esperar al novio. De las diez, cinco fueron lo suficientemente prudentes como para disponer lo que necesitaban para la espera.
 Tomaron consigo suficiente aceite como para poder encender sus lámparas. Así estarían dispuestas aunque el novio llegase a la medianoche. Las otras cinco no pensaron, no se preocuparon. Y la llegada del novio les pilló desprevenidas. Se quedaron fuera de la fiesta. Dentro estaba la luz, fuera la oscuridad. Las cinco vírgenes necias quedaron envueltas en la oscuridad de la noche. 
      Hay personas que dejan siempre para mañana lo que pueden hacer hoy. Exactamente lo contrario de lo que dice el refrán: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Son personas que están muy seguras de que van a disponer de mañana para reconciliarse con su hermano, visitar a aquel amigo enfermo, devolver lo que robaron, dejar de beber, comenzar a ser honestos en el trabajo o comenzar a preocuparse de sus hijos. Se olvidan de que el mañana es aquello de lo que ciertamente no estamos seguros. Lo que tenemos como seguro es el ahora, el presente. Nada más. ¿Hay alguien que sepa con seguridad que mañana va a estar vivo? ¿No será mejor comenzar a hacer hoy todas esas cosas? Así, en caso de que no dispongamos de mañana, al menos habremos comenzado a reconciliarnos, a vivir una vida más feliz, a amar más a los que viven con nosotros, a ser más honrados. Al menos, le podremos decir al Señor que quizá no terminamos de hacer todo lo que teníamos que hacer pero no fue porque no empezásemos sino porque nos faltó tiempo. 
      Eso es lo que nos pide Jesús: que estemos atentos, despiertos a nuestra vida, que hagamos lo que tenemos que hacer para que cuando llegue el momento de dar cuentas no nos encontremos sin aceite en las lámparas y con las manos vacías. 

¿Qué tenemos pendiente de hacer? ¿Podías enumerar todas aquellas cosas que, como cristiano, crees que deberías hacer y que hasta hoy no has hecho por pereza, por dejadez, por abandono, porque te resulta difícil? Revisa la lista y decídete a hacer una o dos de ellas.
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana



"Les gusta ocupar los primeros puestos"


Reflexión domingo 5 de noviembre 2017
“Les gusta ocupar los primeros puestos”

 Mateo 23,1-12
      Cada profesión tiene sus peligros y tentaciones particulares. Los banqueros sentirán la tentación de quedarse con el dinero ajeno. Los que venden fruta, por ejemplo, tendrán la tentación de dar menos peso del debido en lo que venden. Así, podríamos seguir con todas las profesiones. Pues bien, la tentación de los que tienen autoridad es precisamente la de abusar de ella. Pueden llegar a pensar que son propietarios de esa autoridad y que se pueden aprovechar de ella para su propio beneficio.
      De esa tentación no están exentos los que están al frente de la Iglesia. Han sido allí puestos por voluntad de Dios. Y su trabajo es precisamente servir a la comunidad, atender a los más débiles, repartir el pan de la Eucaristía, de modo que en la mesa de la fraternidad todos tengan lo suficiente. Pero, como son humanos, también conocen la tentación y a veces caen en ella. Y a veces se aprovechan de la comunidad para su propio beneficio, para sus propios intereses o los de sus amigos, para aumentar su bienestar, y se olvidan de atender a los débiles, de repartir el pan de la Eucaristía y de la Palabra para todos por igual. En una palabra, se olvidan de servir.
      El Evangelio de hoy aplica estas ideas a los letrados y los fariseos del tiempo de Jesús. A ellos Jesús les dice que “lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a los demás, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para llevarlos”. Y recuerda a sus discípulos que no se deben dejar llamar “maestro” ni “padre” ni “jefe” porque uno sólo es el padre de todos y uno sólo el maestro y uno sólo el jefe. La autoridad en la Iglesia es un servicio. Y el que no sirve, pierde automáticamente su autoridad, traiciona al “maestro”y “padre” al que dice representar, a Jesús. 
      ¿Es que Jesús dijo esto sólo para los letrados y fariseos de su tiempo? No creo. Hoy tenemos que aplicar el cuento a nuestra Iglesia. Porque todos los que tenemos alguna responsabilidad en ella, alguna autoridad, todos tenemos la tentación de abusar de nuestra autoridad, de creernos jefes y maestros, superiores a nuestros hermanos. Y en ese momento les dejamos de servir. Y rompemos la comunidad de Jesús. Obispos, sacerdotes, ministros diversos, agentes de pastoral, catequistas, etc, todos estamos para servir a la comunidad, para con nuestro trabajo contribuir a formar la familia de Dios, reunidos como hermanos y hermanas en torno a la mesa de la Eucaristía, sin que nadie quede excluido. 
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


Ser cristiano es vivir amando


Reflexión domingo 29 de octubre 2017  
Ser cristiano es vivir amando
Mateo 22,34-40
      Los sacerdotes llevamos años predicando cada domingo y diciendo a los fieles cristianos que se tienen que amar unos a otros, que el amor es el mandamiento mayor para los cristianos, que Dios nos ama por encima de todas las cosas, que es nuestro Padre. El Evangelio de hoy nos vuelve a repetir las mismas ideas. 
            La pregunta del fariseo estaba llena de mala intención. Para ellos todos los mandamientos eran igualmente importantes. Todos debían ser cumplidos con el mismo rigor. Aquel fariseo, al preguntar a Jesús cuál era el mandamiento más importante, quería ponerlo en dificultades. Pero Jesús no tuvo miedo y respondió con claridad: todo se resume en dos mandamientos, amar a Dios y amar al prójimo. No hace falta más. Todas las demás normas dependen de estos dos mandamientos mayores. Y eso que escucharon con sorpresa los fariseos, nosotros tenemos que tenerlo hoy también presente. Todos nuestros deberes como cristianos se resumen en esos dos mandamientos: amar a Dios y amar a los hermanos. 
      Pero, además, son dos mandamientos que están conectados entre sí. No son dos normas separadas e independientes. Más bien uno es condición del otro. O mejor el segundo es condición del primero. Sólo el que ama a sus hermanos ama a Dios. Y el que no ama a sus hermanos no ama a Dios por más que vaya muchas veces a misa o rece muchas oraciones o lea mucho la Biblia. Así que los dos andan bien juntitos y no se pueden separar. 
      Y luego está el siguiente paso: aplicar esos mandamientos, sobre todo el segundo, el del amor a los hermanos, a nuestra vida práctica, a la vida diaria, a las relaciones con nuestros hermanos, con nuestra familia, con los amigos, con los compañeros del trabajo. Para saber hacer esa aplicación nos puede servir de ayuda la primera lectura de este domingo. En ella se nos dice que Dios quiere que se cuide especialmente de los extranjeros, de los huérfanos y de las viudas, de los pobres, de los que no tienen nada con que cubrirse. La lectura termina afirmando que cuando el pobre clame a Dios, “yo lo escucharé porque soy compasivo”. Es decir, amar a los hermanos, supone tener un especial cuidado de ellos en todas sus necesidades, especialmente de aquellos que son más pobres, más débiles, más indefensos. Atenderles, servirles, devolverles su dignidad, respetarlos, acompañarlos, eso es amar a los hermanos. Sólo el que hace eso –o al menos lo intenta seriamente– puede decir que ama a Dios.            
      ¿Tenemos claro cuáles son los mandamientos más importantes de nuestra vida cristiana? ¿Cómo vivimos en nuestra vida ordinaria el amor a Dios? ¿Cómo expresamos en la vida diaria nuestro amor a los hermanos?
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


jueves, 1 de marzo de 2018

Pagamos muchos impuestos

Reflexión domingo 22 de octubre 2017
Pagamos muchos impuestos
Mateo 22,15-21
      En la sociedad pagamos impuestos y tasas. Muchos. Muchas veces. Pero, abramos los ojos a la realidad, los más altos impuestos no son los que pagamos al Estado para que construya mejores carreteras, atienda las escuelas y la salud pública, financie nuestra seguridad, ayude a los más necesitados y tantas otras cosas necesarias que sólo el Estado puede y debe hacer. Hay muchos otros impuestos que no pagamos en dinero pero que son también muy importantes. ¿Cuántas veces por respetos humanos no nos atrevemos a decir lo que de verdad pensamos? Y preferimos callarnos, guardar silencio. Ahí pagamos un impuesto muy alto, vendemos nuestra propia autenticidad, nuestra libertad, nuestra dignidad. Todo con tal de que los demás nos sigan aceptando, toda para adaptarnos a ellos. 
      Pagar el impuesto al César no era sólo darle la moneda. Era hacerse siervo del César, obediente a sus normas. Era ser su esclavo. Por eso Jesús pregunta con ironía de quién es el rostro que figura en la moneda. Si es del César es que hay que devolvérselo al César. Pero al César hay que darle sólo el dinero no la vida ni el honor ni la libertad. Todo eso pertenece a Dios y nada más que a Dios. La vida, el honor y la libertad son los dones que Dios ha puesto en nuestras manos. Es nuestra responsabilidad devolvérselos a Dios acrecentados, cuidados y llevados a su plenitud. Ése es el impuesto que nos ha preparado Dios: que llevemos nuestra vida y nuestra libertad a su plenitud. 

      Hoy el Evangelio nos plantea una cuestión básica: ¿a quién servimos? ¿A quién pagamos los impuestos más valiosos? Y sigo sin referirme a los que pagamos al Estado. Esos son necesarios. Esos los pagamos con dinero. Lo malo son los impuestos que pagamos a lo qué dirán los demás de nosotros o al egoísmo. Esos los pagamos con nuestra libertad, renunciando a ella. Al final terminamos siendo esclavos de esos señores. Y renunciamos a los mejores bienes que Dios nos ha dado: la libertad y la vida. 
      Jesús nos pide que no nos olvidemos de dar a Dios lo que es de Dios. La vida que vivimos, la vida de nuestros hermanos, la libertad a que estamos llamados, todos esos son los dones de Dios. Le pertenecen. Y al final, cuando llegue el último momento, se los tendremos que devolver, acrecentados, llevados a plenitud. Mi vida y la de mis hermanos y hermanas. Mi libertad y la de mis hermanos y hermanas. 
¿Me siento libre para actuar como creo que debo actuar? ¿O me dejo llevar por lo que hacen los demás? ¿Cómo cuido de la vida y libertad de mis hermanos y hermanas? ¿De mi familia? ¿Reconozco a Dios como mi señor? ¿Soy esclavo de otros señores? ¿De cuáles?
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana



miércoles, 28 de febrero de 2018

¿Se puede ir a un banquete con cara de pocos amigos?

Reflexión domingo 15 de octubre 2017
¿Se puede ir a un banquete con cara de pocos amigos?
Mateo (22,1-14)
      El otro día me invitaron unos amigos a comer en su casa. Cuando llegué, me encontré que había unos cuantos matrimonios reunidos. Era un grupo de amigos y familiares. Todos compartían la comida en amistad. Todos, menos una mujer que permanecía en silencio. Un poco ausente y con cara de pocos amigos. Alrededor de ella se notaba que el ambiente estaba un poco más frío. La parte más animada de la fiesta estaba en el lado opuesto a donde estaba ella. Y si ella se movía, parecía que llevase consigo la frialdad y el aburrimiento. No era difícil fijarse en ella. Ciertamente llamaba la atención. No nos aguó la fiesta. Pero poco faltó. 
      El Evangelio de hoy nos habla también de una fiesta. Un rey que organiza las bodas de su hijo. Eso sí que debía ser una auténtica fiesta. Pero resulta que los invitados no quieren ir. El primer inconveniente. Desprecian el banquete preparado por el rey. Tanto que el rey decide buscar otros invitados. Y vienen. Claro que sí. La gente no desprecia un banquete ni una fiesta. Es la expresión de la alegría y el gozo, de la abundancia y la plenitud. Lo que nos sorprende es la actitud final del rey. ¿Por qué echa a ese invitado que se había olvidado de llevar un traje adecuado? Esto que hoy nos relata el Evangelio es una parábola de Jesús. Se supone que el rey es Dios que invita a todos los hombres y mujeres a su banquete. Entendemos que se queden fuera los que no quieren ir, los que expresamente rechaza la invitación. Pero, ¿cómo es posible que Dios eche a alguien? ¿No está eso en contra de esa imagen de Dios Padre que acoge a todos y perdona todo?

         La verdad es que Dios no echa a nadie. No expulsa a nadie. Somos nosotros los que no entramos de verdad en la fiesta. Cuando ponemos cara de pocos amigos, nosotros mismos nos excluimos de la fiesta. Pasa como con aquella mujer de la historia. En torno a ella se creaba un ambiente de frialdad. Cerca de ella no había fiesta. Era como una especie de virus infeccioso que hacía que los que estaban cerca de ella no pudiesen celebrar ni gozar. 
      En nuestras manos está el entrar a participar en el banquete de la vida al que Dios nos invita. Pero tenemos que saber vestirnos para la ocasión. La fraternidad, la sonrisa, la justicia, son las ropas que nos adornarán y que harán la fiesta posible. No vaya a ser que le agüemos la fiesta a Dios y a nuestros hermanos.
¿Estamos siempre preparados para el banquete de Dios? ¿Tenemos suficiente justicia, fraternidad, compasión, misericordia y alegría como para vestirnos, como para compartir? ¿Qué hacemos para que nadie se quede sin su vestido?

Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana



Miremos nuestras manos y nuestras vidas...

Reflexión domingo 8 de octubre 2017
Miremos nuestras manos y nuestras vidas…
Mateo 21,33-43
 Cualquier campesino nos podría hablar largo y tendido de lo que significa de verdad cuidar los campos. Son muchos los trabajos, las preocupaciones, los sudores que se lleva consigo una buena cosecha. Es como hacer una inversión a largo plazo y con mucho riesgo. Porque hay una serie de elementos que el dueño de la tierra no es capaz de controlar. Por su parte puede poner todo el trabajo y cuidado posible. Pero no puede controlar el clima, las heladas o las sequías. Tampoco puede controlar cómo van a trabajar los empleados. Al final, todo se tiene que confiar un poco a la providencia, a la mano de Dios. No puede ser de otra manera. Cualquier campesino nos lo dirá.
      El Evangelio de hoy cuenta la historia de un terrateniente que quiso cuidar sus campos. Los cuidó lo mejor que pudo. Pero se tuvo que ir y los trabajadores que dejo al cargo de la viña se creyeron que eran los dueños. Quisieron quedarse con los frutos. Hasta el punto de que, cuando el amo envió a sus criados a buscar la cosecha, los mataron. Se atrevieron a matar incluso a su hijo. El señor se enfadó y con razón. 

      Miremos nuestras manos y nuestras vidas. La humanidad, nuestra familia, nuestra vida es la viña del Señor. La ha creado y cuidado con amor. Y la ha puesto en nuestras manos. Somos responsables de recoger la cosecha, de vivir nuestra vida en fraternidad, en amor, en comprensión y en justicia. El fruto que Dios quiere es la vida del hombre, es nuestra vida. No somos dueños de ella. Es un regalo que Dios nos ha dado y que nos pide que cuidemos de él con amor, que lo hagamos crecer en libertad y fraternidad. 
      Hoy le vamos a pedir al Señor que no nos abandone, que no sea como el amo de aquella tierra, que se tuvo que ir y dejó a los trabajadores solos. Para que no caigamos en la tentación de creernos que la vida es nuestra. Para que todas las mañanas sepamos mirarle a los ojos al empezar el día y reconocer a nuestro Dios y Creador y le digamos que vamos a seguir trabajando en su viña, para hacer un mundo más justo, más humano, más fraterno. Porque ese es el fruto que el quiere que demos. Le vamos a pedir que nos acompañe a lo largo de esta semana que empieza, para que nunca nos sintamos lejos de su presencia misericordiosa, para que nunca caigamos en la tentación. 
       ¿De qué modo cuidamos la viña en que nos ha puesto el Señor? ¿Tratamos de cuidar y promover la vida que el Señor ha puesto en nuestras manos? ¿Y la vida de nuestros hermanos y hermanas? ¿Le damos las gracias todos los días por ese inmenso regalo?
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana