jueves, 4 de junio de 2015

HACIENDO SAGRADO LO COMÚN...



Reflexión domingo 7 de junio 2015
HACIENDO  SAGRADO  LO  COMÚN…
Mc. 14,12-16.22-26

El texto del Evangelio de hoy recrea la escena de la última cena de Jesús. Son los últimos y decisivos momentos de la vida del Maestro en compañía de sus discípulos. En el contexto de la cena Jesús quiso hacer fiesta para celebrar la Pascua Judía. Esta fiesta era recordar, agradecer y reafirmar la compañía de Dios, que estaba deseoso de liberarlos de los  faraones. Esta liberación lo realiza desde el centro de su pueblo, un Dios que aporta lo imposible cuando nosotros damos el paso posible hacia la vida.

El Maestro organizó la fiesta con sus discípulos e incluso haciendo participes a otros… “Jesús mandó a dos de sus discípulos y les dijo: Vayan a la ciudad, y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa en que entre y digan al dueño: El Maestro dice: ¿Dónde está mi pieza, en que podré comer la Pascua con mis discípulos? Él les mostrará en el piso superior una pieza grande, amueblada y ya lista. Preparen todo para nosotros.»
En lo central de la celebración nos dejó su memorial, su testamento haciendo sagrado lo común: en la casa y en la mesa: “Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: Tomen; esto es mi cuerpo. Tomó luego una copa con vino, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por una muchedumbre”.

Nuestra fe se manifiesta a través de acciones concretas
 y el modo de hacer fiesta  deja bien claro a cual dios recurrimos para nuestras celebraciones.
Es por eso que hoy celebramos la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Hacemos memoria de Jesús, de su mensaje y de su presencia entre nosotros. Alabamos al Padre por el don maravilloso que actualizamos en  cada celebración Eucarística, bajo el impulso del Espíritu.

Jesús hace un gesto feliz y desconcertante: Una cena sencilla, con elementos básicos de la Madre Tierra, el producto del trigo, el jugo de la uva, nos hermanan y hacen de nosotros una gran familia por la fe. Y es que, hermanos y hermanas, Jesús comprende bien que si no hay comida compartida, el proyecto del Reino se convierte en un proyecto frustrado. En Nazaret y en Galilea Jesús supo cómo la comida crea familia y enseñó, a la vez, como la familia del Reino debe compartir la comida material y espiritual, con los que pasan hambre en este mundo.

Por ende la festividad de hoy debe motivarnos a descubrir la importancia del comer juntos en casa, en familia. Estar sentados juntos alrededor de la mesa, nos hace sentir uno en el Señor. Debemos hacer el esfuerzo para dejar el ego de lado, comer y platicar al calor del amor del hogar. Robémosle tiempo al reloj, dejemos la prisa, que nada puede sustituir en esta vida los momentos que podemos compartir en fraternidad. Estar allí, a la mesa, nos ayudará a descubrir la importancia de cada uno. Todos somos importantes y todos hemos de aportar lo que de bueno y limitado tengamos. Esa conciencia de sentirnos uno es la que nos lanzará a la solidaridad con los pobres del mundo, tal como lo hizo el Señor con las multitudes hambrientas de Galilea.

Asimismo, estamos llamados a aprovechar el Día del Señor para ir juntos a la misa, orar y entrar en la órbita de Jesús Resucitado, que quiere servir en la gran mesa de la Tierra su banquete celestial. Celebrando juntos la fe fortaleceremos nuestro proyecto familiar y eclesial.

En la celebración de la eucaristía, la “memoria” de Jesús activa nuestro propio “recuerdo” y favorece nuestra “vuelta a casa” al “hogar” compartido, recibiéndonos de la fuente de la que estamos saliendo constantemente  y entregándonos e ella en todas sus manifestaciones.

Jesús nuestro maestro, nos deja bien claro con su actuar y palabras, cual es el camino para adorar y servir a Dios Padre: Es el CAMINO COMUNITARIO, donde cada cual aporta según su carisma, y posibilidades. Donde lo común se hace sagrado, donde hay lugar para todos, sin exclusión.

Y el cristiano no es el que dice Señor, Señor, sino el que se pone el delantal, el que comparte de su pan y en especial el que se da a sí mismo. Nuestra presencia, nuestros bienes, nuestros talentos, palabras, escucha, canto, baile, risas, dolores; nuestras pérdidas y búsqueda puestas en común, son la que posibilitan que Dios haga el milagro de la multiplicación de bienes y abrazos. Cuando esto ocurre el tiempo parece eterno, nos despierta paz y verdadera alegría interior, con el deseo de que se vuelva repetir. Nos hace más personas, más hermanos; palpamos el misterio de que hay algo sobrenatural en medio de nosotros, que no está centrado en nuestro ego, ni en ninguna persona, sino en EL COMPARTIR…
PAZ  Y  BIEN
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana

jueves, 28 de mayo de 2015

Dios Familia



Reflexión domingo 31 de mayo 2015
DIOS FAMILIA
Mt 28,16-20

Celebramos hoy la fiesta de la Trinidad. Una fiesta familiar porque nos habla de un Dios que no está sólo, sino de un Dios que vive en familia, un Dios que es acogedor y amoroso.  Muchos de los que nos llamamos cristianos vemos a Dios muchas veces  lejano,  solitario y, en muchos casos, castigador; sin embargo, como nos demuestra el Misterio de la Santísima Trinidad, Dios es amor contagioso, amor misericordioso, amor incondicional, es el mejor amigo que todos podemos tener. Pero para conocer a este Dios familiar y trinitario, debemos experimentarlo en nuestra vida, sacar a Dios del templo y dejar que nos acompañe en lo cotidiano de nuestra vida.
A través del Hijo,  descubrimos que Dios está al lado de todos,  los cercanos, los alejados,… y siente especial debilidad por aquellos que sintiéndose pecadores  piden perdón de corazón.
A través del Espíritu vemos a un Dios que nos ve desesperanzados,  desanimados y viene a socorrernos, a darnos la fuerza necesaria para que sepamos que siempre, en toda circunstancia, estará para darnos apoyo, amor y confianza;  para que nos sintamos en familia, porque en la familia todos somos iguales, todos nos sentimos protegidos, amados, ninguno es más importante, sino que a cada uno se quiere tal como es, no se exigen méritos especiales, ni estudios importantes; si caemos en la cuenta,  Dios siempre escoge a los sencillos, a los humildes, con ellos se lanza a testimoniar la Buena Nueva que es el evangelio.
Deberíamos desplegar este amor trinitario para liberar a los oprimidos, a los enfermos, a todos los que sufren algún tipo de injusticia y también para sanear nuestro amor del egoísmo, la ira y el orgullo que tanto daño hacen a la persona en sí, a la humanidad.  
Pero este amor tiene exigencias también como lo dice Jesús en el evangelio:
«vayan y hagan que todos sean mis discípulos». Esta breve frase de Mateo nos define como Iglesia. Si nos preguntamos qué debemos hacer, aquí dejo algo que creo que nos puede ayudar:
§  Ir. Movernos, desplazarnos, salir en busca de todos aquellos que necesiten de Dios y de su mensaje de amor y liberación. Todos lo necesitamos, pero no todos son capaces de darse cuenta. Es por eso que los pobres, los despreciados, los marginados fueron lo que mejor comprendieron a Jesús, al tiempo que los ricos, los acomodados, los que se creían sabios, lo rechazaron.
§  Hacer discípulos. No pide licenciados, ni especialistas; tan sólo pide discípulos, que sean capaces de seguir detrás de él por el camino que nos marcó.
§  De todos los pueblos. Sin distinción, sin marginación, sin privilegios ni favoritismos. El mensaje de Dios es para todos porque ante él todos somos hermanos e iguales.
§  Bautizándolos. Para Mateo están totalmente unidas las acciones de las personas con las acciones de Dios, pero Dios tiene siempre la iniciativa. El Bautismo es expresión de la entrada en su comunidad, Dios actúa a través de actos sencillos y concretos.
§  Enseñándoles. Sin imponer ni obligar, sino ofreciendo nuestro mensaje de alegría y plenitud con la paciencia del educador y la humildad del que no es maestro, sino compañero de camino.
§  A guardar lo que él nos ha mandado. La relación con Jesús no es intelectual (aunque también nos obliga a hacer funcionar la neuronas, que para eso nos las regaló, no se trata de tragarse cualquier idea sin pensarla), sino personal, haciendo experiencia. Se trata de aceptarle como guía del camino para comprender nuestra vida y a nosotros mismos con sus criterios tan distintos a los de la mayoría de la sociedad.
Por último, después del mandato tan exigente y difícil, nos da la garantía de su presencia con una frase majestuosa y grave. Vale la pena repetirla despacio, personalizarla y pensar que nos la dice Jesús personalmente a cada uno de nosotros, que te la dice a ti de forma muy especial: «Yo estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos».
La promesa de Jesús cae con rotundidad y fuerza sobre el corazón como el sello y la firma sobre un documento oficial. Tenemos la garantía, tenemos dónde acudir. Ahora nos toca a nosotros hacer que su presencia sea luminosa en el mundo entero. No es el “final” del evangelio, no puede serlo, es tan sólo el principio de una nueva historia de amor de Dios con la humanidad.

Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazon
Fraternidad Eclesial Franciscana