viernes, 17 de junio de 2016

Jesús sondea a sus discípulos...



Reflexión domingo19 dejunio2016

Jesús sondea a sus discípulos…
Lucas 9,18-24
El pasaje comienza con Jesús orando.  Particularmente en este evangelio según san Lucas lo encontramos en esta postura.  Antes de escoger a los doce y al momento de su transfiguración, Jesús reza.  Ora para discernir la voluntad de su Padre Dios.

En el evangelio Jesús sondea a sus discípulos para evaluar su entendimiento de lo que ha hecho.

La pregunta que Jesús hace a sus discípulos, nos la hace hoy a nosotros
a la primera pregunta de Jesús, ¿Quién dice la gente que soy yo?, los discípulos le responden ambiguamente: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Ciertamente eran una multitud los que habían escuchado a Jesús; y habían sido testigos de sus milagros: dar de comer a miles de personas con solo unos pocos panes y peces, curar a enfermos de múltiples enfermedades, arrojar demonios de los poseídos, resucitar a muertos, etc… Era evidente que Jesús de Nazaret tenía unos poderes extraordinarios que no habían visto en nadie, salvo lo que narraban las escrituras de los antiguos profetas de Dios; y de Juan el Bautista en los últimos tiempos.
Pero la pregunta esencial e importante de Jesús es la segunda; que también hoy Jesús nos la hace a cada uno de los que nos “llamamos” cristianos.
“Y ustedes– o sea, nosotros los cristianos de hoy-: ¿Quién dicen que soy yo?
La inmensa mayoría de los cristianos, fundamenta su “fe” en Jesucristo, en creer una serie de verdades, guardar más o menos una serie de precepto, rezar unas oraciones y, en el mejor de los casos, “cumplir” con unos ritos (sacramentos), y alguna cosa más…que no digo que este mal, esto ayuda y fortalece nuestra fe en la medida que nosotros cada vez que realicemos estos actos salga de un corazón libre y responsable…
Jesús quiere eliminar toda clase de triunfalismo en los que nos llamamos cristianos, porque muchas veces podemos caer en los prejuicios diciendo: yo soy muy católico y práctico porque asisto siempre a misa, rezo siempre y a los que no veo en misa ellos son católico pero no práctico…yo me pregunto ¿qué nos da derecho de opinar de esta forma? Creo que ni Jesús, al contrario Jesús nos dice quién de un vaso de agua al sediento…
La respuesta de Pedro es clara y determinante en su vida: “Tú eres el Mesías de Dios”. Que es lo mismo que decir: “Tú eres el SEÑOR”; el ¡ÚNICO SEÑOR! de todo lo creado: a quien hay que someterlo todo, porque de él lo hemos recibido todo. Pero no un señor al estilo humano que nos domina y esclaviza; que manda arbitrariamente en nosotros. Y para aclararles como es el estilo de su “señorío”. Les dice a continuación:El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, (o sea, los que mandan) ser ejecutado; y resucitar al tercer día”. Y, algún tiempo después, con motivo del lavatorio de los pies, en la última cena, les dirá: “Ustedes me llaman Maestro y Señor; y los soy….; pero no he venido para que me sirvan, sino para servir: ¡hagan  ustedes lo mismo!. O sea, el que sea el mayor, ¡que sirva a los demás!

Los cristianos de hoy empezamos la casa por el tejado y cuando nos damos cuenta, resulta que carecemos de muros y sobre todo de cimientos. Sin experiencia pascual no hay cristiano.

Después, como conclusión de este relato bíblico, Jesús termina planteando las condiciones del seguimiento. Jesús les dice a todos los discípulos: “el que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. El que quiera seguirme, Jesús nos está recordando que para seguirlo tenemos que cargar con nuestra cruz. A veces más pesada, a veces más liviana, pero una cruz que de alguna manera, nos permite alcanzar la vida nueva que nos ofrece el Señor. Cargar la cruz y renunciar a sí mismo. Este es uno de los grandes pecados de nuestra sociedad, nuestro egoísmo, nuestro egocentrismo. Y Jesús nos está invitando de un modo distinto de renunciar a nuestros egoísmos, a todo aquello que de alguna manera no nos permite estar cerca de él.

Es por esa razón, querida comunidad que nuevamente el Señor nos pregunta: ¿quién soy yo para ustedes? Podríamos parafrasear. Y de nosotros el Señor espera una respuesta clara, precisa, una respuesta que sea realmente humilde pero sincera y profunda. Es decir, Jesús nos está pidiendo un sí. Un sí que implica seguirlo y dar la vida anunciando la buena noticia.

Bueno, que esta Palabra sea realmente un alivio para el alma, un signo de fortaleza, pero sobre todo sea una palabra renovadora en tú interior. Que realmente, podamos descubrir que hemos sido llamados para ser felices y que la felicidad se expresa desde la alegría, en medio de las pruebas, en medio de las dificultades, sabiendo que el Señor camina a nuestro lado.

Por eso Jesús se presenta como plenitud de lo humano. No es la humanidad la que tiene que convertirse en divinidad. Esta trampa nos ha metido por callejones sin salida. Toda la divinidad se hace presente en la humanidad. Ser cada día más humanos es lo que nos convierte en manifestación de lo divino. La oposición, y más aún la lucha entre lo divino y lo humano son absurdas, en Jesús y en cada uno de nosotros.

¡Qué magnífico ejemplo nos está dando nuestro Papa Francisco en el verdadero seguimiento de Cristo a favor de los pobres y más necesitados de nuestra sociedad.
¡Que Dios te bendiga y que tengas una hermosa semana!

Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana

jueves, 9 de junio de 2016

La mujer que amó mucho



Reflexión domingo 12 de junio 2016
LA MUJER QUE AMÓ MUCHO
Lc 7,36 -8,3
Este relato lo narran los cuatro evangelistas, aunque con detalles muy diferentes. Es un relato clave en los evangelios, porque nos demuestra con un hecho concreto, la actitud de Jesús para con los pecadores; pero también la actitud de aquellos fariseos cumplidores, que no eran capaces de ver más allá de sus narices o mejor, más allá de lo que manda la Ley. Hoy no se necesita mayores exégesis, porque el mensaje está muy claro. La clave está en mirar  con cuidado los personajes que manifiestan sus actitudes a través del relato. La pecadora, Jesús, el fariseo y los comensales.
Para entender mejor, escuchémosle a ella.

Quiero empezar presentándome, pues seguro que no me reconoces con ese nombre y la verdad es que me gusta cómo me nombró Jesús “la mujer que amó mucho”, y no como me etiqueto el fariseo Simón “la pecadora”. También puedes llamarme “la mujer del perfume” aunque, como te explicaré, fuimos varias las mujeres que ungimos a Jesús con perfume y por eso nos han confundido.

Soy otras de las muchas mujeres anónimas. Como la historia no guarda memoria de mi nombre, me han confundido con María Magdalena, con María de Betania, hermana Marta y Lázaro (Jn12,1-8) y con otra María (Mc14,­3-9) que también ungió a Jesús pero no los pies, como yo, sino su cabeza.

Yo conocía a Jesús desde hacía algún tiempo, le había oído hablar muchas veces, sabia de su cordial cercanía y acogida a las mujeres y hombres pecadores, enfermos, niños y a todos los marginados de mi tiempo. Era consciente de que eso le estaba costando el desprecio de los fariseos hacia solo unos días que había oído decir con ironía, antes los emisarios que le envió a Juan el bautista para saber si ÉL era o no era el Mesías: “Ve e  informa a Juan de lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, a los pobres se les anuncia la buena noticia y dichoso el que no se escandaliza de mí” (Lc7, 23) pero sí se escandalizaban y lo criticaban. El profeta galileo lo sabía y un poco antes de que yo me atreviese a hacer el gesto loco que hice, acababa de decir: (llego Juan bautista, que no comía y no bebía, y dijeron: tiene un demonio dentro; y ha llegado el Hijo de hombre, que come y bebe, y dicen: ¡vaya es un comilón y un borracho, amigos de recaudadores y descreídos!) (Lc7, 34).

Todo esto bullía en mi corazón y me conmovía profundamente. Yo quería agradecerle lo que hacía por nosotras, las personas que estábamos marginadas porque a mí me llamaba “la pecadora”. Ya ves, un hombre público es una persona importante, significativa socialmente; una mujer “pública” es una prostituta, para que quede claro que el calificativo de público le compete a ellos, porque  cuando se nos adjudica a nosotras, es para des-calificarnos.
Simón el fariseo, había invitado a comer a Jesús; él podía porque tenía dinero, prestigio, fama. Él era “justo” correcto, “puro”; yo una mujer deshonrada, ritualmente impura, manchada y que mancho todo lo que toco. Sé que así estoy considerada y eso me retiene. Yo también quería invitar a Jesús, hablar con Él, agradecerle lo que hace por nosotras las mujeres “pecadoras” que nos prostituimos con hombre “puros” y “cumplidores”.
Era un banquete festivo, por supuesto solo para hombres de categoría
 Invitados por Simón que estaban ya sentados a la mesa. Yo quería entrar, a mí nadie me había invitado, pero yo deseaba ardientemente expresarle mi amor, agradecerle cómo era Él. Sabía en lo profundo de mi corazón que no me iba a rechazar pero temía que no me dejasen pasar.

Para los comensales, yo solo era una mujer con una etiqueta. Ellos son incapaces de mirar mi persona, están imposibilitados para leer mi corazón transformado por ese Hombre. Yo solo deseaba acercarme, pedirle perdón, expresarle mi amor para poder empezar una vida nueva.

Mi corazón deseaba ardientemente encontrarse con Jesús y vi la ocasión adecuada en el banquete que Simón organizaba en su casa, ya que yo no podía hacerlo en la mía.

De prisa con un frasco  lleno de perfume irrumpí en la sala del banquete. Sentí los rostros de los hombres que clavaban en mí su mirada, pero yo solo tenía ojos para Jesús y con el corazón latiéndome precipitadamente me arrojé a sus pies. Él estaba reclinado sobre la mesa y tenía los pies hacía atrás.

Me puse en el suelo. Él estaba arriba y yo abajo y desde ahí comencé a decirle con mi cuerpo, todo lo que llevaba en el corazón mi amor y mi gratitud a través de mis gestos.

Tomé sus pies entre mis manos yo la impura, la que no podía tocar porque contaminaba al Maestro, acababa de entender que transgredí la ley. Dentro de mi corazón sé que no estaba sucia ni que estaba manchando a Jesús pero también era consciente de lo que estaban pensando los comensales de mí y de Jesús. Él se dejaba hacer  y yo continuaba con mi lenguaje de amor, y besándole los pies con una profunda ternura, las lágrimas surcaban a raudales mis mejillas. No podía creer que pudiera estar ahí expresando mi profundo amor y arrepentimiento. Yo no quería vivir la vida que vivía, vacía de amor, vendiendo mi cuerpo desde que alguien me había hecho sentir valiosa por mí misma. Por eso le quería expresar mi agradecimiento.

Bañe sus pies con mis lágrimas, que limpiaban sus pies pero sobre todo que me limpiaban a mí, me purificaban, Él no decía nada, acogía mi gesto de amor y mi gratitud crecía por momentos, mientras que la mirada de todos iba taladrándome. Entonces me arriesgué a hacer otro gesto aún más insólito: me solté el cabello y le sequé los pies. Soltarse la melena delante de los hombres en mi cultura es un gesto provocador, de un enorme atrevimiento, un acto así era suficiente para que un esposo considere adúltera a su esposa y sólo con ello podía pedir  el acta de divorcio por transgredir la ley del recato y la pureza.

Jesús de nuevo se dejó hacer por lo que termine ungiendo sus pies con el  perfume  que llevaba en mis manos. Era toda mi riqueza, había gastado en el mucho dinero pero todo se lo merecía el Nazareno y yo disfrutaba de la experiencia. Con los pies de Jesús en mis manos, el perfume tenía otro olor, el de su piel que, al contacto con el perfume, lleno la sala y me olvide de todos los comensales.

Jesús me estaba hablando sin palabras como yo lo estaba  haciendo también desde mi silencio. Sabía y sentía que al fin  estaba haciendo lo que más había deseado mi corazón: acoger al Maestro en mi casa, en la casa de mi cuerpo.
Simón estaba furioso, no tanto por lo que yo hacía, cuanto por lo que estaba haciendo Jesús, que permitía, consentía mi acción y eso era para el fariseo la señal más clara de que Él no era un profeta. A mí ya me había descalificado y ahora lo descalificaba a Él: “si fuera un profeta sabría quién es la mujer que le está tocando y que clase de mujer  es: “una pecadora” (v.39).

Al fin Jesús rompió el silencio que se masticaba y se dirigió a Simón por su nombre. Él se puso a la escucha y Jesús empezó a narrar una parábola que aparentemente nada tenía que ver con lo que estaba pasando, hablaba de deuda y de un prestamista que las perdonaba: ¿Quién le amará más? Se había cambiado el registro y Jesús hablaba de amor no de cuantías perdonadas. Ése era siempre su lenguaje, ése era el centro de su vida: el amor. Eso era para Él lo nuclear de  la existencia y por eso preguntaba.

Comprendí entonces lo que estaba pasando y las lágrimas saltaron cada vez con más abundancia sobre mis mejillas y más le bañe los pies con ellas.

Jesús en medio del banquete rompió su silencio. Yo escuchaba ávida, sin saber que iba a decir consciente de cómo nos miraba Simón a mí y a Él. Sabía que algo iba a pasar y estaba expectante. Jesús comenzó a hablar, una vez más, en parábolas en este caso hablaba de dos personas que debían dinero a un prestamista, con cuantía muy diferente y ambos eran perdonados. Esto llevo a Jesús a preguntar a Simón: ¿Cuál de ellos le amará más? Simón acertó en su contestación: “supongo que aquel a quien le perdono más, Jesús  le dijo: has juzgado correctamente” (v.43) en ese momento dejó la parábola para aplicarla a la realidad.

Jesús se volvió a mí y me miró. En esa mirada cómplice nos comprendimos sin palabras. Acababa de equipararnos a los dos. Indirectamente Jesús le dijo a Simón que también él era deudor y que estaba dispuesto a condonarle a él la deuda. ¿Se dio cuenta? ¿Fue capaz de entender? Yo, escuchaba atenta.

“¿ves esta mujer?”, dijo mirándome con gran dignidad. Pero Simón no me veía, solo veía sus prejuicios, sus etiquetas. Le estaba dando la oportunidad de mirar y de mirarme con ojos nuevos, pero no se enteraba.

Entonces Jesús le expuso algunas de sus “deudas”: “cuando entre en tu casa no me diste agua para los pies…Tú no me besaste…Tú no me ungiste la cabeza…”Le estaba  diciendo: has fallado como anfitrión, no me has dado la hospitalidad debida. “En cambio esta mujer me ha regado los pies…no ha dejado de besarme…me ha ungido con perfume… ”. De pronto me di cuenta de que no solo había perdonado mis “deudas” sino que me estaba poniendo como modelo de acogida como autentica anfitriona de la casa.

El gozo inundaba mi corazón, de pronto escuche las palabras más bellas; dirigiéndose solamente  a Simón y en él, a todos los fariseos de todos los tiempos, dijo: “Por eso te digo, se le han perdonado sus muchos pecados porque ha amado mucho. A quien  poco se le perdona poco ama” (v.47).

Yo sabía que Jesús había escuchado mi corazón a través de mi palabra muda, porque no había pronunciado ni siquiera una, solo mi cuerpo hablaba y todo él era testigo del gran amor y de la gratitud  inmensa que había en mi pecho. Al fin alguien había sido capaz de traspasar mi cuerpo para llegar al núcleo de mi persona, a mi corazón. En ese momento recupere mi dignidad y mi autoestima; alguien me había mirado desde lo  profundo de mi ser, me sentía  valorada y aceptada por mí misma.

Cuando miré a Simón estaba confuso y trastocado, enfadado y aturdido. No parecía tener conciencia de que era deudor. ¿Podría darse cuenta  de que también él tenía la oportunidad de reconocer su fallo como anfitrión y acoger el perdón de Jesús? ¿Podría darse cuenta de que estaba teniendo la ocasión de su vida para encontrarse con la verdad de sí mismo y no con su rol de fariseo y desde ahí con Jesús? No sé qué pasó por su corazón   pues yo tenía tanta alegría de haber sido perdonada y reconocida en mí ser de mujer amante de verdad.

Jesús acababa de romper unas de las estructuras  socio religiosa más importante de la sociedad  Judía: la del juicio moral y la exclusión  social religiosas que suponía. El Dios que predicaba Jesús y en el que Él creía y hacia creíble no excluye a nadie, y menos a  quien se sabe y se reconoce pecador.

Estaba yo absorta en estos pensamientos cuando me di cuenta de que Jesús se dirigió a mí personalmente y me decía: “Tus pecados están perdonados” (v.48).Lo sabía, estaba segura de ello, era tal la emoción  que me embargaba que no podía decir nada…Sólo lo miré largamente con una mirada que lo decía todo.

Los comensales se escandalizaron aún más que por sus palabras, por el poder  que se arrogaba al perdonar los pecados. Pero Jesús  hizo caso omiso de sus comentarios ya que sólo tenía ojos para mí, y de nuevo me dijo: “Tu fe te ha salvado; vete en paz” (v.50).

¡Eso ya era demasiado! Ahora era yo la desconcertada. ¡Me había salvado la fe! De pronto recordé las veces en que le había  oído hablar de lo mismo.  Nunca se atribuía a sí mismo el mérito  si no que siempre lo devolvía a las personas sanadas, que con su fe, hacían salir de Jesús lo mejor de sí mismo, la mejor revelación de su Dios.

Había llegado ante Jesús  como una mujer anónima pero desprestigiada, sin dignidad, sin autoridad, sin influencia, no me amparaba la ley; había llegado como una pecadora pública descarada y contaminada, humillada ante la mirada de Simón y de todos los comensales, irrumpiendo en un banquete de hombres. Sólo me acompañaba un corazón lleno de amor  y mi deseo de darlo y de recibir de Jesús su amor y su perdón.

El Maestro me miró en mi verdad y por eso pudo recibir mi amor y mi gratitud, mis caricias y mi perfume, me miró a la cara, se dirigió a mí, me alabo públicamente perdono mis pecado y me dijo que todo era por mi fe… Además su paz. Jesús acababa de romper barreras y tabúes desmontando prejuicios, relativizando las leyes, desenmascarando las injusticias  que generan distancias y exclusión. Una vez más había hecho de su persona lugar de diálogo y de cercanía entrañable.

¡Me gustaría tanto que hoy pudieras esta historia mía como una Buena Noticia para ti! El Dios  que Jesús vino a revelarnos  no es el Dios de los méritos, del miedo, del castigo, ni de ninguna exclusión  por razón de sexo, raza, clase, bondades o maldades, ortodoxias  o heterodoxias.  Jesús ha venido a romper los muros de la exclusión y de la rigidez de las leyes,  a declarar puro o impuro lo que sale del corazón: egoísmo, sexismos, prepotencias, violencias, explotaciones, excomuniones, etc.

No te alejes cuando sientas que has perdido el camino, que no vives como querrías vivir, que haces el mal que no quieres y no logras hacer el bien que deseas porque lo importante es que te des cuenta de ello. Yo sabía que mi vida no era coherente con lo que yo quería vivir, no lo negué, pero me di la oportunidad de amar, de agradecer el perdón que gratuitamente se me ofrecía y empezar de nuevo.

No seas como simón el fariseo incapaz de mirarme a mí e incapaz de mirarse a él mismo de verdad, en lo profundo de su ser, incapaz de mirar a Jesús y reconocer en Él al Salvador al revelador de Dios.

No nos salvan nuestros méritos sino la misericordia entrañable de nuestro Dios. No vayas por la vida rechazando  a los demás por prejuicios y etiquetas. Aprende  de Jesús a mirar el corazón. Los otros te lo agradecerán como yo lo agradecí.
Yo la mujer del perfume, que me dejé alcanzar en mi corazón por el Amor y por eso pude amar mucho.

Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana 


jueves, 2 de junio de 2016

Dios sale a nuestro encuentro...



Reflexión domingo 5 de junio 2016
Dios sale a nuestro encuentro…
Lucas 7,11-17
Hermanos: es bueno que antes hagamos memoria de algo muy importante en la vida de Jesús para poder entender y comprender mejor el texto de este domingo, y es que: Jesús revive a tres muertos durante su vida pública.  En dos de los casos Jesús había sido solicitado con urgencia para  atenderlos mientras aún estaban enfermos: la hija de Jairo y su amigo Lázaro.  Y por una razón u otra, se retrasa en llegar.
Cuando Jesús al fin llega a la casa de Jairo, la niña acababa de fallecer.  Y cuando llega a Betania, ya Lázaro tenía tanto tiempo sepultado que el cadáver hedía.

¿Por qué se retrasó Jesús en llegar?  Parecería como si hubiera querido dejar que murieran.  ¿Por qué?  Puede ser para mostrar aún más la Omnipotencia que poseía por ser Dios: más difícil era revivir un muerto, que curar un enfermo.
En ambos casos, por supuesto, Jesús actuó compadecido del dolor, tanto así que El mismo lloró ante el sepulcro de Lázaro.

Pero en el caso del tercer muerto traído a la vida, nadie le pidió ayuda a Jesús.  Nos dice el Evangelio (Lc 7, 11-17) que Jesús iba entrando a una población llamada Naím y se topa con un cortejo fúnebre de un joven muerto, hijo único de una viuda.  Cuando Jesús la vio se compadeció de ella y le dijo que no llorara  más.  ¡Cómo no iba a llorar!  ¡Era su único hijo!

Acto seguido, Jesús hace parar la procesión. ¿Por qué este forastero, no conocido aquí en Naím, que tampoco es parte del evento fúnebre detiene este cortejo?  Debe haber parado la procesión con mucha autoridad, porque nadie se lo impidió.  Y los que llevaban el cadáver, le obedecieron.  ¿Qué pretenderá?  Sus discípulos y un poco más de gente que venía acompañándolo, deben haber pensado lo que Jesús iba a hacer.  Imaginemos el suspenso…

Se dirige, entonces, al muerto.  Por cierto, no dice el Evangelio que en voz baja, así que deben haber sido muy audibles estas palabras: ¡Joven, Yo te lo  mando: levántate!  Y ¡qué impresión ver al muerto levantarse de su ataúd y comenzar a hablar!  Igual que hizo Elías, Jesús se lo entregó a su madre.

El Evangelio no nos dice la reacción de la madre.  Pero, a pesar de haberse alegrado, la alegría debe haber estado mezclada con una tremenda impresión.  Impresionados también estaban los presentes.  Todos se llenaron de temor, dice el Evangelio. ¡Claro!  Un evento así tiene que abrumar a quien lo ve suceder ante sus ojos: un muerto que se sale de su ataúd a la orden de un extraño.

Dos milagros de hijos únicos de dos viudas vueltos a la vida,(en ele AT Elías es enviado a Sarepta donde una viuda y en el NT este caso dela viuda de Naim) milagros que muestran el poder de Dios y su compasión para dos mujeres que sufren.  A veces Dios hace esos prodigios.  A veces no.  Pero, hayan prodigios o no, Dios siempre está ahí con su poder y su misericordia.

Revivir muertos es muestra imponente del poder de Dios.  Pero hay algo más impresionante que esto.  Si los cuerpos muertos vueltos a la vida impresionan, mayor muestra del poder divino son las almas muertas por el pecado que vuelven a la vida por el perdón de Dios.  No lo ven nuestros ojos, pero si lo pudiéramos ver, nos quedaríamos impresionados de lo que es un alma muerta y luego revivida por la misericordia divina en el Sacramento de la Confesión.

Dios mismo que, después de buscar y buscar la forma de llegar al hombre, se le ocurrió nacer entre nosotros, vivir y morir entre nosotros. Dios que sale al encuentro del hombre en la gran historia como en esta pequeña historia. Dios sale al encuentro de aquel cortejo fúnebre, Dios ve la necesidad de aquella mujer que quedaba sola, Dios resucita a aquel joven… Dios, una vez más sale al encuentro del hombre.
Certezas que nos quedan. También en la vida, Dios sale a nuestro encuentro, quizás esa sea la diferencia grande con otras religiones donde el hombre va al encuentro de Dios.

Hoy, también sale al encuentro nuestro, nos busca, para sanarnos, para liberarnos. Nos quiere sanos y vivos, nos quiere plenos y dignos. No quiere para nosotros la muerte, quiere nuestra sonrisa y nuestra paz interior. Hoy sale dispuesto a resucitar nuestra alma ( si es necesario), muchas veces a la que dejamos morir por voluntad propia, no alimentándola como corresponde, haciendo “almacidio” , si el término lo vale, por pereza, por indiferencia, o porque nos dejamos ganar muchas veces por el mal, por lo relativo, por la desesperanza.
Hoy a muchos nos dirá: "Joven, yo te lo ordeno, levántate".  Vamos, hay mucho por hacer.

A los jóvenes mismos, les dirá una y otra vez esta frase. “levántate, hasta de la muerte misma del corazón”, no te mueras en la sin razón, en la vida sin ideales, en la diversión que ciega, en la droga o el alcohol, y si estás muerto por todo ello, ¡vamos levántate!, tu madre, tus hermanos, tus amigos,, tu Iglesia, te necesitan. No es tiempo de morir, es tiempo de dar, de brindar toda tu potencia juvenil en beneficio de los demás, es tiempo de sembrar para el futuro, es tiempo de cimentar la propia felicidad y de los que vendrán gracias  a ti.

A los adultos, nos dirá: ¡vamos , te lo ordeno: levántate!. Y esto que no es un: si quieres, si  te sientes bien, sino una orden, nos estimula a mover nuestra vida y darle sentido, a servir que es la forma de vivir, a crecer aunque creamos que ya es tarde, a volver a empezar todos los días, con decisión y optimismo, a dar y mejor darnos a nosotros mismos, buscando también nosotros , como Jesús, salir al encuentro del que lo necesita y no esperar que nos pidan  ayuda.

Y valga aquí una mención a la viudez y a las viudas, a quienes a veces se les trata con compasión, pero muchas veces también con cierta lentitud.  Todos –o casi todos los casados- son candidatos a la viudez.  Porque  “quien da el sí al matrimonio, también da el sí a la viudez.

La viudez también es una vocación, digamos que una vocación forzada, pero aún así, un llamado de Dios a una situación especial que también es camino de santidad.  De esta manera lo ha reconocido la Iglesia.  Tanto así que menciona el estado de viudez en tres documentos diferentes del Concilio Vaticano II:

El Concilio pone ante las viudas un camino de santidad (LG 41) que es una continuación de la vocación al matrimonio (GS 48), y espera de ellas un servicio especial (AA 4).
Dios bendiga nuestra semana.

Paz y bien.

Hna., Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana