viernes, 8 de marzo de 2019

"Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre"


Reflexión domingo 7 de octubre 2018
“Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”
Mc. 10, 2-16

“Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. Con esas palabras de Jesús, el ministro que preside la celebración de un matrimonio refrenda el consentimiento que se han dado el esposo y la esposa, por el que se han recibido mutuamente y cada uno ha prometido al otro serle fiel, en lo favorable y en lo adverso, con salud o enfermedad, y así, amarlo y respetarlo todos los días de su vida.

Cada vez son menos las parejas que hacen esa promesa y escuchan las palabras de Jesús, aunque, por cierto, algunas siguen haciéndolo. Y muy seriamente. Pero es verdad que hay menos casamientos, no sólo en la Iglesia sino también en el registro civil. Muchas parejas simplemente conviven, a veces llegando a formar una familia estable. Otras personas van pasando por diferentes relaciones sin encontrar para sí mismos ni para sus hijos esa estabilidad.

¿Qué sucedía en tiempos de Jesús? Algo nos cuenta el evangelio de este domingo:

Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión:
«¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?»
Él les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?»
Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».
En tiempos de Jesús, la mujer estaba totalmente sometida al varón. El marido podía repudiar a su mujer en cualquier momento, abandonándola. De acuerdo a la tradición judía, ese derecho se fundaba en la Ley de Dios. Los grandes maestros discutían sobre el motivo que podía justificar ese repudio. La escuela del rabino Shammai decía que eso sólo podía ser por causa de adulterio. En cambio, para el rabino Hillel, bastaba que ella hiciera algo que no agradara a su esposo. En cualquier caso, el hombre debía dar a la mujer un certificado de divorcio; pero ella quedaba en una situación difícil, como la de una viuda: no siempre sus padres estaban en condiciones de recibirla, ni encontraba fácilmente la posibilidad de una nueva unión. Si el esposo no le daba el certificado, ella no quedaba libre y si se unía a otro hombre incurrían ambos en adulterio. Era conocida por todos la situación del rey Herodes, a quien Juan Bautista reprochaba: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). Este reproche le costó a Juan la vida. Por eso, la pregunta que le hacen a Jesús huele también a trampa…

Pero ¿Qué dice Jesús? 

«Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes.
Pero desde el principio de la creación, "Dios los hizo varón y mujer". "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne". De manera que ya no son dos, "sino una sola carne". Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».

Jesús no entra en las discusiones de los rabinos. En todo momento, Él invita a buscar cuál ha sido y cuál es la voluntad del Padre, el proyecto de Dios, que está por encima de leyes y normas humanas. Esta ley se había impuesto en el pueblo judío por “la dureza del corazón” de los hombres que se relacionaban con sus mujeres desde una posición de dominio.

Jesús recuerda que Dios los ha creado varón y mujer: los dos tienen la misma dignidad de creaturas. Ninguno tiene poder sobre el otro. Entre varones y mujeres no debe haber dominación por parte de nadie.

Aquella sociedad había conocido también la poligamia. Jesús habla de “dos”: un solo hombre y una sola mujer, que se hacen uno, una sola carne, un solo ser, complementándose, completándose en el amor. De esa unión nacen los hijos, fruto del amor de sus padres, que asumen así una nueva responsabilidad: cuidar el bienestar y el crecimiento físico, mental y espiritual de los que ellos han llamado a la vida.

La unión de los esposos es para Jesús la suprema expresión del amor humano. En toda la Biblia se compara el amor de Dios por su pueblo con el amor del esposo por la esposa. Es Dios mismo que atrae al hombre y a la mujer a vivir unidos por un amor libre y gratuito, al que Dios pone su sello: “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

A partir de estas palabras de Jesús, la Iglesia ha contado como uno de los sacramentos al matrimonio, y ve en el amor de la pareja un signo del amor “con que Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

Casarse por la Iglesia, “casarse en el Señor”, como decían los primeros cristianos, es una decisión libre, al punto de que un “sí” que no se da en plena libertad hace que el sacramento sea nulo. Como tantas cosas importantes de la vida, la celebración del matrimonio se rodea muchas veces de un gran decorado, vestimenta especial, una gran fiesta… sin embargo, nada de eso es esencial. Lo que cuenta realmente es el amor de un hombre y una mujer que asumen desde su libertad el compromiso indisoluble de ser mutuamente fieles, amarse y respetarse en las buenas y en las malas, a lo largo de toda la vida.

Para muchos, esto parece una carga pesada. Jesús, sin embargo, hablando de su ley, dice «Mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11,30). A través del Sacramento del matrimonio, Jesús entrega la Gracia que permite a los esposos amarse de manera exclusiva, fiel, indisoluble y fecunda y velar por el bien de sus hijos.

 En su exhortación Amoris Laetitia el Papa Francisco comenta cada una de las características del amor que aparecen allí: la paciencia, el servicio, el perdón, la alegría, el desprendimiento, la esperanza… Les invito a buscar y meditar esas páginas. Vale la pena.
 Paz  y  bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana



miércoles, 6 de marzo de 2019

El círculo y la cruz...


Reflexión domingo 30 septiembre 2018
El círculo y la cruz
Marcos 9, 38-48

¿Qué es una secta? En los medios de comunicación esa palabra aparece asociada a una organización religiosa o semi-religiosa en la cual sus integrantes son controlados completamente por un líder o una estructura. Los miembros de esos grupos suelen ser manipulados y aislados de sus familias y amistades, inducidos a dejar su trabajo y a vender sus propiedades y llevados a cortar contacto con el resto del mundo. En ambientes cristianos, una secta es cualquier grupo que se desvíe de las doctrinas fundamentales del cristianismo como la Santísima Trinidad o la encarnación del Hijo de Dios, por ejemplo. En el campo político también se habla de sectarismo, cuando un grupo se cierra sobre sí mismo y corta el diálogo con otros dentro de su mismo partido…
Aunque se entienda de diferentes maneras, hay algo más o menos común que es una pretensión de exclusividad, como si se dijera “nosotros somos los únicos que estamos en la verdad, todos los demás están completamente equivocados”. De ahí se pasa a la exclusión de los otros, porque “no son de los nuestros”.

En el Evangelio de este domingo escuchamos:
Juan le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para expulsar demonios, y hemos tratado de impedírselo porque no anda con nosotros". Jesús contestó: "No se lo prohíban, ya que nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está con nosotros". "Y si cualquiera que les dé de beber un vaso de agua porque son de Cristo, yo les aseguro que no quedará sin recompensa". "El que haga caer a uno de estos pequeños que creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una gran piedra de moler y lo echaran al mar. Si tu mano te está haciendo caer, córtatela; pues es mejor para ti entrar con una sola mano en la vida, que ir con las dos al infierno, al fuego que no se apaga, pues es mejor para ti entrar cojo en la vida que ser arrojado con los dos pies al infierno, pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga. 

 Entonces escuchamos a los discípulos de Jesús decir: “no es de los nuestros”. ¿Qué significa eso realmente? ¿Cómo reaccionó Jesús ante esa expresión excluyente de parte de sus discípulos? Nos lo cuenta San Marcos:

Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».
Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.
“No es de los nuestros” se traduce mejor como “no nos sigue a nosotros”.
Leído así, esas palabras hacen aún más ruido. Jesús llama a seguirlo a Él. Los discípulos son seguidores de Jesús. Quienes se agregan al grupo, se unen como discípulos de Jesús.

Esas expresiones: “nosotros”, “los nuestros” insinúan una actitud sectaria de los discípulos, que Jesús corrige. Los discípulos quieren cerrar un círculo alrededor de Jesús. Jesús, en cambio, que toca al leproso (1:41) que come con publicanos y pecadores (2:15-16) que recibe a los pequeños (9:36) abre el círculo. “Nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí”. Aquel hombre hizo el milagro en nombre de Jesús: no usó el nombre de Jesús en vano, sino para hacer el bien. No puede estar contra Jesús. De alguna forma sigue a Jesús, cree en Él.

El Concilio Vaticano II nos enseña que, “por su encarnación el Hijo de Dios se ha unido, en cierta forma a todo hombre”, a toda persona humana. Jesús vino para todos. Al mismo tiempo, creando su grupo de discípulos, Jesús puso los cimientos de la Iglesia, con Pedro como “roca”.

Pero… la Iglesia ¿no se cierra en sus miembros? ¿No forma un círculo, aunque sea grande?
La enseñanza del Concilio también dice:
Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación. (LG 13)

Entonces… Somos miembros de la Iglesia los fieles católicos, que, como decía un biógrafo de san Juan Pablo II, “somos como los helados: venimos en diferentes sabores”. Esa diversidad dentro de la Iglesia, que es su gran riqueza, también nos llama a prevenirnos de actitudes sectarias internas. No debo discriminar a alguien porque no pertenezca al mismo grupo o movimiento al que pertenezco yo; lo que importa es que siga a Jesús y trate de vivir según el Evangelio, buscando siempre la unidad en el mismo Jesús, la común-unión en Él.

¿Qué pasa más allá de los fieles católicos, qué pasa con otros cristianos?
La Iglesia -sigue diciendo el Concilio- se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, más allá de las diferencias en algunos aspectos de la fe o el reconocimiento o no del sucesor de Pedro (LG 15).

Pero todavía el campo se abre más, porque el Concilio dice que quienes todavía no recibieron el Evangelio, se ordenan al Pueblo de Dios de diversas maneras:

En primer lugar, el pueblo judío, el pueblo de Israel, con el que Dios selló la primera alianza y en el que entró el Hijo de Dios por su encarnación.

También los que reconocen al Creador, entre los cuales están los musulmanes, que confiesan su adhesión a la fe de Abraham y adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final.

Dios tampoco está lejos de las personas que buscan “en sombras e imágenes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de Él la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Hch 17,25-28)”.

Finalmente, de un modo que ignoramos, la gracia de Dios actúa también sobre aquellos que, sin conocer a Dios, escuchan la voz de su conciencia y se esfuerzan en llevar una vida recta: hombres y mujeres de buena voluntad.

Tal como escribe San Pablo a Timoteo, es voluntad de Dios “que todos los hombres se salven” (cf. 1 Tm 2,4). Por eso, Dios no cierra al hombre ningún camino. Como decía el poeta León Felipe: “Para cada hombre guarda un rayo nuevo de luz el sol... y un camino virgen Dios.”

Gilbert Chesterton, el pensador inglés, fue un hombre que de alguna manera recorrió esos caminos… primero como un no creyente pero buscador de la verdad, luego encontrando la fe con su esposa anglicana, para finalmente adherirse, con razón y corazón, a la Iglesia Católica. Chesterton compara los símbolos del círculo y la cruz. El círculo, cerrado sobre sí mismo, no puede cambiar de forma ni de tamaño sin romperse; la cruz, en cambio, puede prolongar sus dos trazos hasta el infinito, sin dejar de ser la cruz, originalmente un signo de muerte del que sin embargo brota vida eterna. La cruz representa a Cristo, camino, verdad y vida, que sigue abriendo allí sus brazos, ofreciendo a todos los hombres el encuentro con el Dios de amor y salvación.
Paz  y  bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana



lunes, 14 de enero de 2019

"El que recibe a uno de estos pequeños...a mí me recibe"



Reflexión domingo 23 de septiembre 2018
“El que recibe a uno de estos pequeños…a mí me recibe”
(Marcos 9,30-37)

Hnos. el Evangelio que escuchamos este domingo, precisamente, pone al niño en el centro.

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: "El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará." Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: "¿De qué discutíais por el camino?" Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos." Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado."

Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido. (Deuteronomio 10:18)
Se mostraba así una particular atención de Dios a los más débiles; pero Jesús va más lejos, al decir que quien recibe a uno de esos pequeños, lo recibe a Él mismo.

Pero volvamos a las palabras de Jesús… Él no solo nos invita a recibir a los pequeños y a cuidar de ellos, sino que agrega otra dimensión, una dimensión sagrada: quien recibe a los pequeños lo recibe a Él, y quien lo recibe a Él, recibe al Padre. Esto significa que todo lo que toca a nuestra relación con los niños, toca a Dios. El niño es sagrado. Los pequeños se hacen prioridad; los más débiles se hacen lugar privilegiado de la presencia de Dios.

Si lo entendemos así, ¿cómo vemos los horrores por los que pasan muchos niños de hoy, despreciados, explotados, en situación de calle, convertidos en niños-soldado… o en víctimas del abuso sexual, a veces dentro de su propia familia? O cometidos “por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables”, como lo recordaba hace poco el Papa Francisco, en una carta dirigida a todo el Pueblo de Dios en la que exhorta a pedir perdón por los pecados propios y aún ajenos, y a continuar los esfuerzos y trabajos para garantizar la seguridad y protejer la integridad de niños y de adultos vulnerables de cualquier forma de abuso.

Pero las palabras de Jesús, invitándonos a recibir a cada niño como presencia de Dios, llegan, paradojalmente, a continuación de una discusión entre adultos. Los discípulos, en el camino, 

“… habían estado discutiendo sobre quién era el más grande”.
Tomando a un niño y colocándolo en medio de ellos, Jesús cambia el foco de la discusión y los puntos de referencia de la vida. No son los adultos, deseosos de poder y grandeza los que están en el centro, sino el niño en su humildad y en su necesidad. Recibiendo a ese pequeño se recibe al mismo Jesús que acaba de anunciar que va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán. Sirviendo a los más pequeños, nos hacemos servidores de Jesús y como Él tomamos el último puesto, haciéndonos servidores de todos.

Tal vez convenga aquí decir que poner al niño en el centro no significa transformarlo en “su majestad el bebé”, como un pequeño monarca absoluto, a cuyos caprichos todos obedecen. El niño está para ser amado, pero también está llamado a aprender a amar. Necesita recibir mucho de los demás, pero también aprender a dar. Debe ser cuidado con cariño por otros, pero debe también aprender a cuidar de los demás. En su momento conocerá sus derechos, pero también tiene que conocer sus propios deberes, empezando por el respeto de los derechos de los demás. El amor verdadero no es el amor complaciente, sino el amor exigente, el que hace salir lo mejor de nosotros mismos. Ése es el amor de Jesús, el amor con que nos llama a amarnos unos a
otros, como Él mismo nos ha amado.
 Paz  y  bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


sábado, 15 de septiembre de 2018

El misterio de la personalidad de Jesùs



Reflexión domingo 16 septiembre 2018
El misterio de la personalidad de Jesús...
Marcos 8,27-35

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?.
Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas».
Y ustedes, ¿Quien dicen que soy YO? Pedro respondió"Tú eres el Mesías".
Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: « ¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

La página de hoy es como el centro de todo el evangelio de Marcos. En Cesarea de Filipo, Jesús hace, ante todo, un sondeo de opinión entre sus discípulos sobre lo que dice la gente acerca de él.  Le responden que para algunos es Juan el Bautista, para otros Elías y para otros uno de los profetas. En seguida Jesús interpela a los doce: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” La respuesta de Pedro es espontánea y resuelta: “Tú eres el Mesías”. “Mesías” es término hebreo  que en griego se traduce por “Cristo” y en castellano por “Ungido”.
Jesús prohíbe terminantemente dar a conocer que él es el Mesías. Es que la gente  no está preparada todavía para entender la auténtica identidad de él.
Ante el primer anuncio de la pasión, muerte y resurrección, hecho con toda claridad por Jesús, Pedro reacciona reprendiendo a Jesús. Eso no cabe en la concepción que él tiene del Mesías. El piensa en un Mesías triunfador, no en un hombre rechazado por los otros, que debe sufrir, ser acusado, maltratado y ejecutado.
Jesús reprende duramente a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tus pensamientos no son los de Dios, sino de los hombres”. Jesús además extiende a todos sus discípulos el estilo con que hay que entender el mesianismo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.
¿Quién es Jesús hoy? ¿Quién es para la gente? ¿Quién es para nosotros, para mí? También hoy podemos constatar que hay todo un abanico de posturas e interpretaciones respecto a Jesús. Junto a quienes lo rechazan o no creen en él o simplemente lo ignoran, hay quienes lo admiran como un gran hombre, un profeta admirable o un modelo de entrega a los demás. Pero es algo más: es el Mesías, el Ungido de Dios, más aún, el Hijo de Dios, el hombre en quien habita la plenitud de la divinidad. Por eso creemos en él, lo amamos e intentamos seguirlo.

Podemos preguntarnos con sinceridad si de veras  aceptamos a Jesús en su profundidad o  si más bien hacemos una selección de aspectos de él según nuestro gusto. Claro que sabemos que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Pero una cosa es saber y otra, aceptar su persona juntamente con su doctrina y su estilo de vida, incluida la cruz y la entrega a los demás.
Los doce apóstoles no entendieron el misterio de la personalidad de Jesús. Del Mesías tenían una concepción más política que religiosa, más de liberación nacionalista de los romanos, que la del Reino como Jesús lo entendía. Sobre todo no entendieron, o no quisieron entender, que el camino al Reino fuera la cruz.
A Jesús tampoco le gustaba el sufrimiento, y tuvo pavor ante la muerte, y suplicó a su Padre, “con gritos y lágrimas”, como dice la carta a los Hebreos, que lo librara de ella. Pero aceptó el plan salvador de Dios.

Por eso el discípulo debe: renunciar, cargar y seguir
A Pedro le gustaba lo que pasó en el monte Tabor y la gloria de la transfiguración. Pero no le gustaba el monte Calvario con su cruz.  ¿Hacemos nosotros una selección semejante? ¿Mereceríamos también nosotros el reproche de que “pensamos como los hombres y no como Dios”?
Hoy nos explica Jesús, para que nadie se lleve a engaño, qué significa seguirlo como discípulo: “El que quiera venir conmigo,  que se niegue a sí mismo; que cargue con su cruz;  y me siga. Con la añadidura de que  “el que quiera salvar su vida la perderá” , pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.

¿Qué significa negarse a sí mismo? Significa dejar a un lado las propias aspiraciones humanas de éxito, de triunfo; no tenerse solo en cuenta a sí mismo, sino buscar y practicar la voluntad divina.

Cargar con su cruz. En tiempos de Jesús, el suplicio de la cruz estaba reservado para los grandes delincuentes; estos debían cargar con la cruz para llevarla al lugar de la ejecución. Cargar con la cruz  significa aceptar las consecuencias dolorosas que pueden venir siguiendo a Jesús.

Seguir a Jesús. Antiguamente los discípulos se trasladaban junto con su maestro a todos los lugares adonde iba. Trataban de mantenerse cerca de él para poder captar toda su manera de ser y actuar. De este modo podían imitarlo y aspirar a ser como él.

Negarse a sí mismo, cargar con la propia cruz y seguir a Jesús en su camino. Es opción personal muy exigente. No es optar por el dolor o renuncia por masoquismo, sino por amor, por coherencia , por solidaridad con Jesús y con la humanidad, a la que también nosotros queremos ayudar a salvar. Es como la amistad y el amor, que para ser verdaderos, exigen sacrificio y renuncias.
Todo esto también supone una gran confianza en Dios, como la que muestra el salmista en el salmo responsorial de hoy y Jesús mismo en el momento crucial de su entrega: “El Señor me ayuda, ¿quién me condenará?; “el Señor es benigno y justo, estando yo sin fuerzas me salvó”; “arrancó mi alma de la muerte”; “a tus manos , Señor, encomiendo mi espíritu”.


“Jesús, dame la gracia de no reconocerte sólo en la gloria, sino también en la pasión. Quisiera compartir contigo los momentos duros, unirme a ti en la cruz. Hoy te digo una vez más que eres el Mesías que salva mi vida”.
 Paz  y  bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


jueves, 6 de septiembre de 2018

"Effetá - Ábrete..."


Reflexión domingo 9 de septiembre 2018
Effetá - Ábrete…”

Marcos 7, 31-37
En el breve evangelio de hoy se condensan varios aspectos que se nos ofrecen como luz para nosotros aquí y ahora:
Evangelio según san Marcos
En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "Effetá", esto es: "Ábrete". Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos."
Cuando llegamos al final del capítulo 7 del evangelio de Marcos, Jesús ha curado ya a muchos enfermos: un leproso, un paralítico, uno con la mano atrofiada, una mujer con flujo de sangre; ha resucitado a la hija de Jairo, y, en el episodio inmediatamente anterior (suprimido por la liturgia), ha curado a la hija de una mujer cananea. Ninguno de esos milagros le ha supuesto el menor esfuerzo. Bastó una palabra o el simple contacto con su persona o con su manto para que se produjese la curación.
Ahora, al final del capítulo 7, la curación de un sordo le va a suponer un notable esfuerzo. El sordo, que además habla con dificultad (algunos dicen que los sordos no pueden hablar nada, pero prescindo de este problema), no viene por propia iniciativa, como el leproso o la hemorroisa. Lo traen algunos amigos o familiares, como al paralítico, y le piden a Jesús que le aplique la mano. Así ha curado a otros muchos enfermos. Jesús, en cambio, realiza un ritual tan complicado, observemos lo que nos dice el evangelio:
“Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón atravesando la Decápolis”: Encontramos a Jesús fuera de su país, atravesando tierra extranjera, un espacio habitado por paganos, por quienes no profesan la fe en el Dios de Israel. Jesús se hace cercano al diferente, a quien es rechazado por ser distinto, por no tener las mismas ideas, la misma religión, la misma cultura… Hoy, para encontrarnos con extranjeros, con extraños, no necesitamos salir del país. Acercarnos al diferente se nos hace posible en cada espacio público: autobús, trabajo, calle, bar… Jesús nos ofrece un modo claro de relación: encuentro, acogida, diálogo y curación. Rompe las fronteras y los prejuicios, se acerca y permite que se acerquen, ofreciendo en la relación lo mejor de sí mismo y lo mejor para la otra persona.
- “Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar”: Nos dice el texto que la persona es sorda y con dificultades para hablar, pero no que esté incapacitada para ponerse por sí misma en movimiento. Por eso esta expresión es significativa. En ella se muestra el valor de la amistad, el poder y la fuerza del grupo o de la comunidad. ¡Cuánto nos necesitamos unos a los otros! ¡Cuánto bien nos podemos hacer los unos a los otros! Quienes presentan ante Jesús a este hombre con sordera aparecen de modo anónimo. No sabemos quiénes son, si son familiares o amigos, ni siquiera cuántos forman el grupo. Lo que podemos intuir es que estas personas buscan el mejor modo de ayudar a quien tiene dificultad y son capaces de organizarse para ello. No solicitan algo para sí mismos, sino el bien para quien está más herido por alguna causa.
Cada uno de nosotros sabe cuál es su sordera, la que le incapacita para escuchar las palabras y la Palabra, la que le cierra a la realidad que le rodea. Aquello que le incapacita o bloquea. También cada uno de nosotros somos conscientes del bien que podemos hacer a quienes nos rodean a través de ese gesto o palabra oportuna, del acompañamiento personal o del abrazo en el momento preciso.
Unas relaciones positivas requieren la capacidad para percibir y acoger cómo está el otro, pero también para dejarse ayudar y acompañar por los demás. Porque, a veces, uno mismo está tan bloqueado que no puede, por sí mismo, salir de la situación en la que se halla. Si el sordo fue presentado ante Jesús es porque también él se dejó presentar.
“Effetá (esto es “ábrete”)”: Es la única palabra que Jesús pronuncia en este episodio. Pero lo hace junto a numerosos gestos significativos: saca a la persona del entorno en el que se ha mantenido sorda y con dificultades para hablar apartándola un poco del grupo; le toca los oídos, la lengua… esas partes de su cuerpo donde se manifiesta el bloqueo; eleva sus ojos al cielo como expresión de oración, de conexión permanente con su Abba. El texto, con ello, nos hace fijarnos en la corporeidad de Jesús. Nos habla de sus manos, de sus dedos, saliva, ojos, respiración… todo su ser al servicio del bien.
Sólo pronuncia una palabra y, sorprendentemente, no es “oye”, “escucha” o “habla”… Es “ábrete”. ¿A qué nos invita hoy Jesús a abrirnos? ¿Qué apertura necesitamos para salir de nuestras sorderas y enmudecimientos?
“Todo lo ha hecho bien”: Esta es la experiencia que Jesús nos ofrece. Al encontrarnos con Él su fuerza sanadora rompe nuestras ataduras y bloqueos. Así, como el hombre del evangelio, también nosotros experimentamos que se nos desata la lengua y podemos pronunciar nuestra propia palabra. Una palabra que se multiplica en el grupo. Todos, a pesar del deseo manifiesto de Jesús de que guarden silencio, no pueden dejar de proclamar que Jesús sana y libera, que todo lo hace bien.
El Reino consiste en que los que excluimos dejemos de hacerlo, y los excluidos dejen de sentirse excluidos a pesar de sus limitaciones. El objetivo de Jesús no es erradicar la pobreza o la enfermedad, sino hacer ver que hay algo más importante que la salud y que la satisfacción de las necesidades más perentorias. Sacar al pobre de su pobreza no garantiza que lo hemos introducido en el Reino. Pero salir de nuestro egoísmo y preocuparnos por los pobres sí garantiza la presencia del Reino y puede hacer que el pobre descubra el Reino…
 Paz  y  bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana

miércoles, 29 de agosto de 2018

Un análisis del corazón humano...


Reflexión domingo 2 septiembre 2018

Un análisis del corazón humano…
 Marcos 7,1-8.14-15.21-23

Hermanos: ¿Cuántas cosas quisiéramos que fueran diferentes en el planeta en que vivimos?
¿Qué cosas tendrían que cambiar?
¿Es realmente posible que haya un cambio en la conducta humana? ¿De qué forma podría llegar a producirse ese cambio?
Muchas veces tenemos la ilusión de que es posible provocar ese cambio desde fuera. 
Las leyes que se da un pueblo a través de sus representantes buscan modificar las conductas. Y cuando se establece una ley que al menos algunos no están dispuestos a cumplir, también se señalan los castigos que le corresponderán al infractor.
Cumplir o no una ley está relacionado así al querer evitar el castigo que trae aparejado el no cumplirla.
Sin embargo, muchas veces la amenaza del castigo no es suficiente… pensemos en lo que realmente puede significar el endurecimiento de las penas por algunos delitos… lamentablemente, esos delitos no cesan.
El problema está en que no hay un cambio en el interior de la persona. 

Nos cuesta  entender bien el significado de los Diez Mandamientos, el significado de la Ley de Dios, si no entendemos el marco en que Dios los entrega. Ese marco es la Alianza entre Dios y los hombres. La Alianza no es una imposición: “Yo soy Dios y ustedes van a hacer lo que yo les diga”. No. Es un compromiso mutuo. Es un encuentro de la libertad de Dios que elige a un pueblo y la libertad de ese pueblo que elige a Dios, que reconoce a Dios como Su Dios. El domingo pasado, la primera lectura nos presentaba uno de esos momentos de elección: Josué, sucesor de Moisés al frente de los israelitas, dice al pueblo:

«Si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir (...) Yo y mi familia serviremos al Señor».

Y el pueblo respondió:

«Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor, nuestro Dios, es el que nos hizo salir de Egipto, de ese lugar de esclavitud (…) Por eso, también nosotros serviremos al Señor, ya que Él es nuestro Dios».

Es en el marco de esa alianza que comprendemos las palabras de Moisés en la primera lectura de este domingo:

«Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que Yo les enseño para que las pongan en práctica. (…) No añadan ni quiten nada de lo que yo les ordeno. Observen los mandamientos del Señor, su Dios, tal como yo se los prescribo».

Esas palabras son como el telón de fondo delante del cual escuchamos lo que Jesús dice en el Evangelio:

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. (…) las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».

¿A qué se refiere Jesús con “seguir la tradición de los hombres”? Este pasaje del Evangelio comienza cuando los fariseos le preguntan a Jesús por qué sus discípulos comen sin lavarse las manos. En nuestro tiempo, lavarse las manos antes de comer es un prudente acto de higiene. Así nos enseñaron nuestras mamás: “niños, lávense las manos que vamos a comer”.

Pero para los fariseos, era mucho más que eso. Era un acto de purificación, un acto con el que el hombre pretendía estar puro, limpio, ante Dios. Ese acto debía hacerse de una forma precisa, meticulosa… un verdadero rito: el lavado llegaba hasta el codo; había que enjuagarse dos veces, con una determinada cantidad de agua y no menos; no podía usarse para el agua un recipiente de barro… y varias normas más.

A todo esto, Jesús lo llama “seguir la tradición de los hombres”, es decir, cumplir una serie de normas exteriores con las que pretendemos quedar bien delante de Dios… descuidando el cumplimiento de los mandamientos.

Y aquí viene la palabra fuerte de Jesús, la palabra con la que reclama que la purificación no sea hecha por fuera, sino por dentro, en el corazón:

«Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

“Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones…” dice Jesús. En el lenguaje de la Biblia, el corazón es el centro de la persona. El corazón es el fundamento de la dignidad, de la libertad, de la capacidad de decisión de cada uno. Por eso el corazón es mencionado en el primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…» (Dt 6,5; Me 12,30). 

En la lista que Jesús hace de las cosas que hacen impuro al hombre, podemos ir reconociendo los Diez Mandamientos. El amor a Dios y el amor al prójimo son la clave para elegir entre el bien y el mal. “Bienaventurados los limpios de corazón”, dice Jesús. Mirando a su corazón, pidámosle un corazón nuevo, un corazón puro, un corazón semejante a su Sagrado Corazón.
 A veces tengo la impresión de que predomina entre los cristianos cierta espiritualidad de "cumplimiento para la seguridad": obediencia al magisterio seguro, normas morales fijas y claras, observancia de lo cultual como obediencia. Todas estas cosas tienen que existir, pero no como protagonistas de lo religioso: el protagonismo de lo religioso es la disposición a cambiar urgidos por la palabra, en el ámbito individual y en el colectivo activado por la luz del Espíritu Santo.

No se puede dar mejor resumen de la mentalidad completa de Jesús. Debemos sacar las consecuencias más severas: por decir esto lo mataron, lo mató la otra religión (¿la nuestra?).
Jesús propone entonces un análisis del corazón humano, de aquel centro de decisión, inteligencia y libertad, pues es allí donde tiene lugar lo auténticamente bueno o lo auténticamente condenable.
Escuchar al Maestro es fundamental, pero hacerlo con los oídos del corazón mismo, para que no quedemos en una atención acomodaticia y subjetiva de la Palabra escuchada, sino que en verdad, ella nos lleve a la auténtica práctica.

Sería también hoy un grave error que la Iglesia quedara prisionera de tradiciones humanas, cuando todo nos está llamando a una conversión profunda. Lo que nos ha de preocupar no es conservar intacto las normas, sino hacer posible el nacimiento de una Iglesia y de unas comunidades cristianas capaces de reproducir con fidelidad el Evangelio y de actualizar el proyecto del Reino de Dios en la sociedad contemporánea.


 Paz  y  bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana