jueves, 16 de marzo de 2017

amnistía del corazon...

Reflexión domingo 19 febrero 2017
Amnistía del corazon...

Mateo 5, 38-48

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero Yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado. Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y odiarás a tu enemigo. Pero Yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores: así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos? Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.


“Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.
Esta es una frase de Mahatma Gandhi, o al menos así la he conocido. Y cuando uno la escucha, hasta parece que fuera obvia, según el panorama que vemos en nuestro mundo. Pero de fondo, o al frente si queremos, tenemos las palabras de Jesús que, desde hace siglos, siguen resonando con la misma fuerza y radicalidad, si queremos ser hijos del Padre que está en el cielo.
Y lo primero que se me ocurre, cuando leo este evangelio, es que es de los textos más desafiantes que encontramos. Es que pensar en poner la otra mejilla cuando ya te han pegado en una, o darle más al que te quiere quitar el manto, o amar al enemigo, es como ir en contra de lo que consideramos justo. Porque si nos pegan, nos defendemos. Si nos quieren quitar algo propio, lo cuidamos, y si tenemos un enemigo, lo menos que deseamos es tenerlo lejos. ¿Amarlo? ¡Que lo ame su padre! Sin embargo Cristo no deja lugar a la duda y pide lo que pide. Tal vez porque está convencido de que, al igual que él, somos capaces de llegar a este grado de profundidad en el amor.
Al mismo tiempo, creo que no nos equivocamos cuando afirmamos que aquél “ojo por ojo”, sigue tan vigente como en el tiempo de Jesús. Es verdad que hemos evolucionado como humanidad, y más aún en el modo que tenemos para solucionar nuestros problemas. Pero al fin de cuentas, me atrevo a decir, lo que hicimos es regular, legislar, arbitrar y mediar aquél “ojo por ojo” que nos parece anticuado y de bárbaros.
Hoy hablamos de resarcir el daño ocasionado, por ejemplo. Una buena indemnización es justa ante los perjuicios sufridos. Y todos entendemos que eso es justicia. El que la hace la paga, o al menos así creemos que debería ser. Entonces, ¿cómo encajamos y comprendemos las palabras de Jesús? Por supuesto, que lo primero es decir que debemos creer en la justicia y esta debe responder. Pero al mismo tiempo, es bueno saber que el mensaje de Cristo va dirigido a nosotros, seres humanos que, aun habiendo recibido una recompensa por los daños soportados, seguimos sintiendo rabia y odio hacia quienes nos han herido. Más aún cuando no se nos ha compensando de forma justa.
La humanidad sigue con su lucha entre sus miembros, a mayor o menor escala. Entonces le damos la razón a Gandhi, porque el mundo estaría ciego si sostuviéramos con firmeza el ojo por ojo. Aunque la cosa no puede quedar ahí. Y ojalá comprendiéramos, de una vez, que el mensaje de hoy nos está diciendo que debemos amar más allá del sentimiento. Como lo hace Dios. Es que él nos ama, no porque seamos buenos, sino porque él es bueno. Nos ama aunque seamos malos. Y a este grado de amor es al que debemos aspirar.
Vemos que Jesús, estando clavado en la cruz, dice: Perdónalos porque no saben lo que hacen. Y, probablemente, a este punto difícilmente lleguemos, pero no podemos dejar de intentarlo. Si queremos ser verdaderos hijos de Dios tendremos que amar, aunque nos duela. ¿Cómo hacer entonces? Tal vez el camino esté en intentar mirar al enemigo (y al no enemigo también) con ojos nuevos, sin recordar sus defectos o sus ofensas. Es que este debe ser el modo de mirar que tiene el mismo Dios, con una amnistía completa del corazón. Por ahora no se me ocurre que pueda ser de otra forma.
Por último, pensemos por un momento: ¿Tenemos a alguien que nos cae mal, que no aguantamos, o que es nuestro enemigo? ¿Qué podemos hacer para amar a esa persona, de verdad? Esta semana, ¿nos animamos a intentarlo?
Si lo logramos, después ya no seremos los mismos.
Paz  y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón

Fraternidad Eclesial Franciscana 

Plenitud...

Reflexión domingo12 de febrero 2017
Plenitud…
Mateo 5,17-37

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».
Hay dos frases que podemos citar y que vienen, más o menos, a decir lo mismo. Ortega y Gasset dijo: “El río abre su cauce y el cauce esclaviza al río”, y Winston Churchil, por su parte, sentenció: “Creamos nuestras estructuras, y después ellas nos crean a nosotros”.
El que acabamos de leer, es un evangelio que nos presenta a un Jesús legalista, aparentemente. Escuchar por boca de éste que no va a quedar nada sin cumplirse, contrasta con la imagen que, tal vez, podemos tener de Dios. Más aún, si hemos dicho que Cristo está siempre por encima de toda ley o prescripción judaica. Y rápidamente pensamos en ejemplos como el de la observancia del sábado, la cual al Nazareno parece no importarle mucho. Sin embargo, hoy tenemos, en palabras de él mismo, al más cumplidor de lo que está mandado: La ley y los profetas.
Escuchamos que Jesús dice que vino a “dar cumplimiento” a toda la ley. Otras traducciones del evangelio de Mateo, del original griego, traducen ese “dar cumplimiento” como “dar plenitud”. Es más fiel al original esta segunda traducción. Dar plenitud nos presenta un sentido más profundo del mensaje que hoy recibimos.
Si hablamos de ley, sabemos que esto hace al fuero externo de nuestro ser. Si pensamos en las leyes civiles, a muchas de ellas le damos cumplimiento, aunque no estemos convencidos de que deba ser así. Lo mismo nos puede pasar con las normas y preceptos que la religión nos presenta. Podemos ser meros cumplidores, aunque no estemos convencidos de ellas. Y me atrevo a decir que en el tiempo de Jesús le pasaba parecido a la gente de aquél momento. Por otro lado -y estoy segura de que esto es muy común entre nosotros- es posible que en algunos momentos creamos que habiendo cumplido bien lo prescrito, estamos salvados. Además, el haber “hecho bien los deberes” nos da cierta tranquilidad de conciencia. Entonces, si esto último es verdad, creo que estamos perdidos.
Hoy Jesús nos viene a decir que no basta con cumplir la ley. No es suficiente. Y es él mismo quien afirma que ha venido a darle plenitud, lo cual no debemos confundir con dar vigencia. Es que darle plenitud es ir a lo más profundo de lo que Dios quiere de nosotros. De hecho, él mismo nos recuerda tres puntos bastante controvertidos: El matar, el adulterio y la mentira.
Jesús sube la apuesta, porque no se conforma con el “matar el cuerpo”, sino que va a algo más elevado y dice que el que se enoja o insulta a un hermano merece condena. Es que Dios no quiere que nos matemos sin matarnos. El mejor trato humano que damos a los demás, según el planteamiento de Cristo, debe ser reflejo de llevar a plenitud el no matar. ¿Acaso hemos matado a alguien con el maltrato, verbal o indiferente?
Después tenemos el adulterio, y vemos que hay algo más profundo que dejar los cuerpos inmaculados. La fidelidad que Dios nos pide tiene que tener su raíz en el corazón. Y si hablamos de la verdad, nos plantea que no juremos falsamente, y que seamos claros, transparentes, sin dobleces. Cuando es sí, es sí, y cuando es no, entonces no. Esto creo que también tiene que ver con la lealtad.
Con este planteamiento, podríamos hacernos algunas preguntas: ¿Por qué rezo? ¿Por qué voy a misa? ¿Por qué me confieso? Esto no puede quedar sujeto a las “normas de piedad”, a un precepto de la Iglesia. Mi opción y cumplimiento debe ir más allá de lo que está mandado. Tal vez aquí deberíamos encontrar la concordancia de nuestras vidas con lo que el Hijo de Dios nos pide: Que nuestra justicia, nuestro cumplimiento, sea superior al de los escribas y fariseos, para poder entrar en el Reino de los Cielos. Entonces, si superamos la norma escrita, podemos hablar de plenitud. Y por tanto entenderemos correctamente lo que san Agustín nos dijo: “Ama y haz lo que quieras”.
De este modo, vemos que el salto es cualitativo. Las normas no pueden ser las que nos terminen ordenando y limitando, hay que superarlas. No sea que al final terminemos convencidos de las palabras de Ortega y Gasset, que dicen: “El río abre su cauce y el cauce esclaviza al río”. Y es que los preceptos tienen que ayudarnos a profundizar en nuestro amor y opción por Dios, y en la medida que lo hagan, más nos acercaremos al Señor y a lo que él quiere de nosotros, que es priorizar, en nuestra existencia, la verdad, el amor y la vida.
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth  Bonardy  Cazon

Fraternidad  Eclesial  Franciscana

El Evangelio es lo que da sabor a la comunidad humana.

Reflexión domingo 5 de febrero 2017
El Evangelio es lo que da sabor a la comunidad humana.
San Mateo 5,13-16
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
« ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria al Padre que está en los cielos».

“Ustedes son la sal de la tierra”, “ustedes son la luz del mundo”, dos símbolos que no necesitan demasiadas explicaciones. Como la sal da sabor a la comida, los cristianos estamos llamados a dar sabor a la vida. Basta un poco de sal, un kilo de legumbres, no necesita un kilo de sal, el exceso de sal es perjudicial. No sé, si durante muchos años, hemos querido llenar el cuerpo social, de la sal religiosa y eso ha producido una subida de tensión o una comida que era difícil de asimilar. El ama de casa sabe que hay que dar sabor, pero sin pasarse, el Evangelio es lo que da sabor a la comunidad humana.
Tenemos que aprender a vivir en minoridad, la sal se diluye en los alimentos y nos enseña la humildad. Nos lo repite Jesús en otros textos: El Reino es semilla, levadura, grano de mostaza…, no nos deja lugar al triunfalismo, parece decirnos: con poco-mucho. No necesitamos el aplauso, sino el testimonio, la autenticidad, el compromiso: “¿Por qué si la sal se vuelve sosa. No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente?”. El Reino crece, cuando nosotros los cristianos, desde el mensaje y dentro del mundo, aportamos los valores y la energía del Evangelio.
Somos también luz. Cuando no teníamos luz eléctrica, todos sabíamos que el candil, había que ponerlo bien alto, si queríamos iluminar cualquier estancia. En la oscuridad del mundo, en los momentos difíciles de la existencia, cuando parece que andamos ciegos, nosotros apuntamos la aurora. La luz, es un tema recurrente en los textos bíblicos y en nuestras celebraciones. Jesús es la luz y a nosotros se nos llama a vivir como hijos de la luz: “Alumbre así su luz a los hombres para que vean buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo”. No es fácil, dar luz a las diversas situaciones de la vida, aportar lo que vivimos y hacerlo, como les recuerda San Pablo a los Corintios en la segunda lectura: “Cuando viene a nosotros a anunciaros el testimonio de Dios.
Ser sal y luz es vivir en la pequeñez, ser testigos, acompañar a los que tenemos a nuestro lado, en la familia, el vecindario, el trabajo, recordándoles nuestra sencilla fe, que es lámpara frágil, comida cotidiana sabrosa. Nuestra fe, es el esfuerzo por ver y hacer ver, llama de amor viva, faro en el mar, foco en el sendero, luna llena en la noche, poco más y poco menos, lo que hace que nuestra vida, tenga dirección y sentido. Ofrecérselo a otros, sin mucha elocuencia sino haciendo que nuestras actitudes, nuestros gestos y acciones, hablen por sí mismos, es el mejor método evangelizador.
Nuestras parroquias y comunidades, en esta semana (el jueves) que hemos celebrado la fiesta popular de la Candelaria, de la Presentación del Señor y la Jornada de la Vida Consagrada, deben mantener encendida esa luz, que se nos otorgó en el bautismo. Se nos llamó y se nos llama para ser luz y sal, hoy más que nunca es tiempo de iluminar y salar.   
PAZ Y BIEN                                                          
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazòn
Fraternidad Eclesial Franciscana


El evangelio de la felicidad

Reflexión domingo 29 de enero 2017
El evangelio de la felicidad

San Mateo 5,1-12


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados ustedes cuando os insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo».


El domingo pasado reflexionábamos sobre el Reino de Dios, un Reino, que debe ser anunciado a todos los hombres. Hoy, esto se concreta en las Bienaventuranzas, -las pautas para alcanzar la felicidad-, que a su vez, son exigentes. No hay felicidad sin conversión interior y si hay conversión interior, debe haber cambio social. Buscar la felicidad, es una de las ansias principales de los hombres, pero esta palabra tiene muchos significados, según uno sea niño, anciano, joven, adulto, e incluso a la cultura que pertenezca. Los criterios son muy variados y lo que uno considera ser feliz, a otro puede dejarle indiferente.
Jesús nos propone una serie de actitudes, para hacer presente el Reino. Unas hacen referencia a nuestro interior: La pobreza en el espíritu, la no violencia, la limpieza de corazón, la misericordia, el hambre y sed de la justicia. El que está lleno de cosas no necesita nada, es verdad, que el dinero no da la felicidad, pero en ocasiones ayuda a ella. El tema por lo tanto, no es la pobreza, que en sí es mala, sino algo más profundo. Se trata de sentirse aprendiz de todo, indigente, peregrino, en actitud de búsqueda, sentirse pobre como hombre, sólo el que se siente así, puede ser llenado de algo. Y se trata de optar por los pobres, a ellos les pertenece el Reino, seremos felices si nos convertimos y compartimos.
De esta riqueza interior, vendrá la no violencia y la limpieza de corazón. Es el espíritu de lucha por conseguir algo: el trabajo, el pan, la dignidad, la libertad…; pero sin odios, sin armas, sin mentiras, sin fraude, sin corrupción. Estas dos actitudes, son hermanas de la misericordia que no es otra cosa, que el amor sin límites. Amar siempre, devolver bien por mal, perdonar, no llevar la cuenta. Eso nos producirá hambre y sed de la justicia, como a los antiguos profetas. Nos lo recuerda en la primera lectura Sofonías: “Busquen la justicia”.
Pero estas posturas interiores, no pueden ser tales, sino en relación con lo social, lo comunitario. Por eso, las siguientes Bienaventuranzas: los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia, los que sean insultados y calumniados por su causa. Ningún hombre, puede sentirse feliz en medio de esclavos y menos aun haciendo esclavos, o viviendo y viendo a su alrededor el odio y la guerra. La teoría es fácil y hermosa. La práctica, es mil veces más bonita, pero infinitamente más difícil. Hay una paradoja; todo: la persecución, el insulto, el trabajo, la calumnia, el dolor…, pueden ser motivo de felicidad. Si desde la fuerza interior, de la que hablábamos en las primeras bienaventuranzas, se da sentido a la existencia, mirando más allá, a la comunidad y convirtiendo a las personas concretas, en el centro del gran ideal del Reino.
¿Alguna vez se nos anunció un evangelio más hermoso? Es el evangelio de la felicidad, a la que hemos sido llamados. Saquemos las consecuencias y vivamos en la libertad de los hijos de Dios. De las bienaventuranzas se desglosará toda la Doctrina Social de la Iglesia: el bien común, el destino universal de los bienes, la participación, la primacía de la persona, la paz, la subsidiaridad, en definitiva, el buscar que el evangelio se cumpla en nuestras vidas. Ser feliz implica estas cosas.
PAZ Y BIEN
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazòn
Fraternidad Eclesial Franciscana


particípes del reino...

Reflexión domingo 22 de enero 2017
Participes del Reino…
San Mateo 4,12-23

AL enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retira a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles.
El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande;
a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Conviértanse porque está cerca el reino de los cielos».
Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Les dijo: «Vengan  en pos de mí y los haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó.
Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Mateo, no duda en copiar el texto de la primera lectura de hoy del profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Con una intencionalidad, que traslada a Jesús, de Nazaret a Cafarnaúm, que será a partir de ahora, el centro de su actividad evangelizadora. Lo que nos trasmite, es que Jesús va a empezar su predicación, no en Judea o en Jerusalén, sino en la Galilea de los paganos, en las fronteras de la increencia. Toda una declaración de intenciones, que conecta con el anuncio hecho por los profetas.
“Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos”. Su preocupación es el Reino y en esto consiste nuestra conversión actual. Acostumbrados a que las cosas sean o blancas o negras, existe una clara diferencia, entre convertir a todos los hombres en cristianos y llamar a todos los hombres, a sentirse participes del Reino. En el primer caso la Iglesia, la Parroquia, trabaja para sí misma, para ensanchar su número y sus ofertas; en el segundo, procura servir a los hombres, inmersa en las fronteras y periferias, para que el Reino de la justicia y de la paz, que ya está en germen (las semillas del Verbo que decía el Concilio Vaticano II), surja en cada persona.
Que en nuestra pastoral habitual confundimos ambas cosas, está claro, queremos pescar gente para la Iglesia, más que pescar gente para el Reino. Por eso valoramos más, a los que se dedican en nuestras parroquias a las acciones internas: catequesis, liturgia…; que aquellos que están en las fronteras del mundo, en la Galilea de los gentiles. Resolver este dilema es fundamental: ¿no suena a veces ridículo, que mientras nuestro país se debate en un cambio político, en una crisis social y económica profunda; o Europa no es capaz de acoger a los que escapan de la guerra; nosotros discutamos cosas secundarias sobre los ritos y estructuras?
Siguiendo el texto, Jesús configura su grupo de discípulos, de forma diferente a como hacían los líderes de la época. Éstos acogían a quienes solicitaban entrar. Jesús sin embargo, llama a quienes quiere incorporar a su grupo. (No es cuestión de recordar como son nuestras convocatorias). El atractivo de su llamada es irresistible y les hace capaces de renunciar a su familia y a su trabajo para seguirle. Lo que supone una ruptura no sólo afectiva, sino de todas las seguridades, invita a vivir un nuevo estilo de vida. Curioso, escoge a un grupo reducido de gente, doce, setenta y dos, todos ellos galileos, menos Judas el traidor que es de Judea, pescadores en su mayoría, no dirigentes religiosos. Como queriéndonos decir, que si el Reino es universal, la Iglesia puede ser un grupo pequeño sin complejos, que está llamado a prefigurar ese Reino.
Pedro, Andrés, Santiago y Juan, antes de dejar las redes, seguro que en su interior deseaban algo distinto. El relato de hoy no nos cuenta su proceso, que sabemos necesitó tiempo, crisis y momentos intensos, como nuestros procesos. Ellos soñaban con: “proclamar en Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”, esperaban ardientemente un cambio de sistema, de relaciones. En su corazón resonaba lo anunciado por los profetas, por eso, lo dejaron todo ante la llamada y su decisión cuestiona nuestros sueños, compromisos, comodidades, materialismos, individualidades e insolidaridades. Hemos sido llamados por nuestros nombres, para hacer ver que Dios, está en medio de nosotros guiando la historia y uniendo a toda la familia humana. Algo de esto, distinto, debe anidar en todo los cristianos.
Podríamos terminar con la segunda lectura de San Pablo a los Corintios: “No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo”. Eso es lo que llevamos demasiados años discutiendo, cómo pasar de una Iglesia o parroquia sacramental o de mantenimiento, a una parroquia misionera o evangelizadora. Acogiendo y saliendo, estando dentro y afuera, pero sobre todo, sintiéndonos llamados por Jesús a la urgencia de la conversión, a la Buena Noticia, al Reino. Hace falta tomarse en serio la llamada y sumar esfuerzos, para que en toda nuestra tierra, veamos brillar una luz grande. ¿Te animas a dejar las redes, a ser pescador de hombres y de paso, a meterte dentro de la red que es el Reino?
PAZ Y BIEN
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazòn
Fraternidad Eclesial Franciscana



¿Que significa para nosotros Jesús?

Reflexión domingo 15 de enero 2017
¿Qué significa Jesús para nosotros?
Juan 1,29-34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:
«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo:
«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él.
Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Hermanos:
Aunque nuestra tradición popular dice: “que hasta San Antón, Pascuas son”, hemos comenzado el tiempo ordinario. Es verdad que el Evangelio de este domingo, forma parte de nuestras reflexiones del tiempo de Navidad, pero vamos a intentar situarlo en el nuevo contexto litúrgico. Dicen los entendidos, que cuando Juan escribió este evangelio, quedaban grupos de seguidores del Bautista que le consideraban el Mesías y por eso, pone en boca de Juan el Bautista, la primera profesión de fe: “Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Jesús es más que el Bautista.

Especialistas aparte, lo que parece importar al evangelista, es situar a Jesús a partir de los antiguos textos proféticos y de los acontecimientos que están ocurriendo en el presente, en la realidad por la que atraviesa la comunidad cristiana en la situación actual. Por eso, los títulos que se le atribuyen: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, “el que existía antes que yo”, “éste es el Hijo de Dios”. La pregunta en definitiva, no es tanto: ¿quién es Jesús?, sino ¿qué significa Jesús para nosotros?, de eso dependerá el título que le demos.
Una de las tareas más difíciles del cristianismo hoy, es presentar quién es Jesús para nosotros, sin caer en las fórmulas tantas veces usadas, que en ocasiones son tan poco comprensibles. Se trata, como hace el evangelista, de recoger la historia y la fe de los primeros cristianos y lo que aportaron, y de actualizar esa experiencia. No podemos atarnos a las expresiones, éstas no son fijas e inamovibles, lo importante es trasmitir con un lenguaje actual y de sentido, lo que es sustancial en el encontrase con Jesús. Resumir eso en una palabra, como hace San Pablo en la segunda lectura: “es el Señor”, ayuda, en estos tiempos de “tuit”, y frases cortas.
En el texto de hoy, aparece la expresión: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, que repetimos en la Eucaristía antes de la comunión. Puede que no sea muy apropiado y moderno, llamar a Jesús “el Cordero”, pero entronca, con toda la tradición de Isaías sobre el Siervo de Dios, (primera lectura). Actualiza la entrega, su muerte en la cruz para que todos tengan vida. No se trata de tener elaborados conceptos y reflexiones, de hablar mucho, sino de encontrar aquellas claves, que iluminan lo que estamos viviendo. Por eso en el cristianismo, siempre existieron los títulos, quizás el más ilustrativo es el de “Jesucristo”.
Decir antes de la comunión estas palabras de Juan el Bautista, es decir, que quienes pretendemos unirnos hoy a Jesús en la comunión, debemos estar dispuestos a ser “siervos”, luchar contra la muerte, que es el pecado del mundo y entregar la vida como aquel “cordero” llevado al matadero. Con esta expresión, estamos diciendo sin retoricas, que los cristianos estaremos allí donde el pecado, la muerte, ejerce un gran poder sobre los hombres, porque nuestra tarea como la de Jesús, es luchar por la vida y por eso comulgamos, nos hacemos también ofrenda.
Desde nuestro bautismo en Espíritu, demos testimonio como Juan el Bautista del Hijo de Dios, buscando la paz con nosotros mismos y entre los pueblos, colaborando con la caridad, la solidaridad y la justicia. Desde la amistad, la alegría, el afecto, el amor, propongamos la libertad, la responsabilidad, saludando a todos como hace San Pablo a los Corintios: “La gracia y la paz de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, sea con vosotros”. Quizás entonces, como en aquel tiempo, cuando alguien venga hacia nosotros, pueda exclamar: ¡he aquí un seguidor del Cordero! No olvidemos que dibujar un Cordero, era uno de los símbolos que identificaban a los primeros cristianos.
PAZ Y BIEN
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazòn
Fraternidad Eclesial Franciscana




El Bautismo es un proceso que nos compromete...

Reflexión domingo 8 de enero 2017
El Bautismo es un proceso que nos compromete…
Mateo 3,13-17
La liturgia, nos invita una vez más a recordar nuestro bautismo. La verdad, que es el primer sacramento y por el cual accedemos a la Iglesia, pero quizás, sea del que somos menos conscientes y no sólo porque lo recibimos de niños. El bautismo de Jesús no es una anécdota más en su vida, en este momento está presente toda la Santísima Trinidad: el Padre que habla desde el cielo, el Espíritu Santo en forma de paloma, que se posa sobre el “predilecto”. Está claro, que es el elegido para una misión específica, y nosotros: ¿no debemos pensar que nuestro bautismo es un proceso que nos compromete a seguir al Hijo?

A partir del bautismo, de esta presentación en público, comienza Jesús sus obras y palabras, del mismo modo, nosotros al ser bautizados, somos elegidos para ser miembros de su pueblo y mensajeros del Evangelio. Bautizarse es recibir la fuerza del Espíritu.
Estar bautizado exige asumir una misión y una identidad, ésta no se puede adquirir cuando se es niño, por eso necesita un acompañamiento, durante las diversas etapas de la vida. Hasta hoy los sacramentos del Bautismo, Eucaristía y Confirmación (que son los de la iniciación cristiana), se recibían en un contexto de una vida familiar orientada a la fe y sostenida por un recorrido catequético de preparación. Ahora en cambio, hay familias que no piden el bautismo para sus niños; chicos bautizados, que no acuden a los demás sacramentos de la iniciación; y si acceden, desertan de la Misa Dominical después de la comunión, lo mismo vale, para los que desaparecen de la vida eclesial, después de haber recibido el sacramento de la Confirmación. Se trata de una crisis seria en la iniciación, que impone un replanteamiento de la pastoral ordinaria.
Desde hace tiempo en nuestras parroquias, hemos tratado de “iniciar en los sacramentos”, con un considerable esfuerzo, gasto de energías y buena voluntad. Quizás, deberíamos empezar más decididamente; “a iniciar a través y desde los sacramentos”. Dejar de gastar tantas fuerzas en él durante la preparación o hacerlo de otra manera y sobre todo, potenciar el después. Se necesita una perspectiva catecumenal, que incluya a padres, hijos y catequistas. Un camino que se desarrolla en etapas, con recorridos diferenciados e integrados y que comienza en el momento del bautismo (pre-bautismales). Basado en el conocer, celebrar y vivir, con un acento especial en el servicio a los pobres y el compromiso en la realidad.
Es preciso, por tanto, valorar los momentos, (todos, no sólo los que pertenecen a la vida comunitaria), en los que la parroquia, se pone en contacto con el mundo alejado, despistado e incapaz de dar nombre a la propia búsqueda. Es tiempo de ir (Mc 3, 14-15). Jesús piensa en la comunidad, en función de la misión y no al revés, y es en el bautismo donde comienza su misión. Debemos en nuestra Iglesia, recobrar la importancia del bautismo, que es el ingreso en un horizonte nuevo de la vida, no en un club, sino en una casa, en un hogar, el de Dios, el nuestro. El bautismo es la declaración de hijos o mejor dicho, de que Dios es Padre.
Es pasar de Adán y una vida marcada por la expulsión, el miedo, la culpa, el pecado. A una vida regida por Jesús y su perdón, misericordia, gratuidad y esperanza. Por eso, podemos dedicarnos a disfrutar y aportar lo poco que tenemos, a mejorar esa casa que es el mundo, la casa más cercana de nuestra comunidad, (la Iglesia, nuestra parroquia) y la casa familiar. Sin olvidar, que debemos comunicar a otros lo que nos ha pasado, lo que nos ha traído el bautismo, trabajando por la justicia, la paz y la libertad.
PAZ Y BIEN
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazòn

Fraternidad Eclesial Franciscana