sábado, 16 de septiembre de 2017

Vivir es confiar...

Reflexión domingo13 agosto 2017
Vivir es confiar...

Mateo 14,22-33

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. 
Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!» 
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» 
Él le dijo: «Ven.» 
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» 
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

Palabra del Señor
El Evangelio nos plantea hoy el tema de la fe. Y lo hace de una forma muy gráfica, con un ejemplo que todos podemos entender. Creer se parece, de alguna manera, a salir de la seguridad de la barca y arrojarse al agua en medio de la tormenta. Eso es lo que Jesús pide a Pedro que haga. De alguna forma le desafía a que confíe en él. Pero Pedro titubea porque se siente inseguro. Es posible que nosotros muchas veces nos sintamos como Pedro, inseguros. Y que busquemos seguridades que, como Pedro, no vamos a encontrar. 
Es que a veces desearíamos que la fe fuera el resultado de una demostración científica. O bien que hubiese sido un milagro o algo extraordinario lo que hubiese provocado nuestra fe. En el fondo, se supone que la fe nos pone en relación con Dios. Y Dios es considerado en estos casos como un ser lejano, poderoso y en el fondo peligroso para la vida de las personas. Como no nos sentimos seguros frente a él, queremos pruebas convincentes.
La realidad es que la fe brota de la misma actitud básica sobre la que se establece cualquier relación. Un ejemplo bien claro de esto lo encontramos en la relación de amor de una pareja. Ninguno de los dos podrá decir nunca que está absolutamente seguro del amor del otro o de la otra. Él o ella solamente tienen indicios: sonrisas, palabras, caricias, llamadas telefónicas... pero nada más. Esos indicios confirman el amor pero nunca son pruebas concluyentes. Al final, la persona, cada uno, cada una, tiene que dar un paso al frente y confiar. Y fiarse del otro.
Con Dios sucede exactamente igual. No tenemos más remedio que fiarnos de él. Porque no tenemos ni tendremos nunca pruebas concluyentes de su existencia. Solamente tenemos testigos. Un testigo mayor: Jesús, que pasó la vida haciendo el bien, curando a los enfermos y amando a todos los que se encontró por el camino precisamente en nombre de Dios. Él nos dijo que su amor era fruto del amor de Dios, que nos amaba con el mismo amor de Dios y que tenemos que confiar en él. Y tenemos otros muchos testigos. Los muchos hombres y mujeres que le han seguido, que han confiado en él y que han vivido amando y haciendo el bien. Pero no tenemos pruebas matemáticas ni físicas ni químicas de ese amor. Nos tenemos que fiar. En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a echarnos al agua, a vivir sin miedo, confiando en el amor de Dios. Nos invita a creer en Él y confiar en que con Él podemos sortear los peligros de la vida. Porque su amor está siempre con nosotros.
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


La Transfiguración no es un disfraz

Reflexión domingo 6 de agosto 2017
La Transfiguración no es un disfraz

Mateo 17,1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» 
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» 
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no teman.» 
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. 
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que  el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Palabra del Señor
      Una de las diversiones que más hemos frecuentado las personas de todas las culturas y de todos los tiempos ha sido el disfrazarnos. Los carnavales, las fiestas de disfraces y tantas otras fiestas populares a lo largo y ancho de todo el mundo. Un esfuerzo permanente para aparentar otra cosa diferente de lo que somos, para contarnos una mentira a nosotros mismos y a los demás, para parecer lo que no somos en realidad y poder vivir con una identidad diferente. 
      Lo que hoy celebramos, la transfiguración de Jesús, tiene algo de fiesta de disfraces. Jesús se les presenta a los discípulos con otro ropaje, con otra apariencia diferente de la que veían en su vida ordinaria. Dice el Evangelio que “su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. Pero hay una diferencia importantísima, fundamental. La transfiguración de Jesús no es una mentira, no fue un momento de asumir una identidad falsa. Nada de eso. Jesús mostró a los discípulos su verdadera identidad. Les abrió su corazón y su ser más allá de las apariencias. 
      Ahí está la diferencia clave. Cuando nosotros nos disfrazamos, lo hacemos para asumir una identidad que no es la nuestra, para vivir por un tiempo en la mentira, para despistar a los demás, para que nos vean de otra manera. Como no somos en realidad. 
      Jesús nos muestra su más auténtico ser siempre. Jesús no se disfraza nunca. Jesús no miente nunca. Jesús es él mismo cuando nos habla del Reino, cuando predica del amor de Dios para todos, cuando se acerca a los enfermos y a los que sufren, cuando predica de la justicia. Siempre y en todo lo que hace nos muestra el ser de Dios, da testimonio de su amor inmenso para con cada uno de nosotros. La transfiguración, lo que sucedió en lo alto de aquel monte no fue sino una forma más de manifestarse, de testimoniar ante los discípulos –y ante nosotros– que Dios es luz y vida y amor para nosotros, que el poder de Dios no es destructor ni vengativo sino que creador de vida, que es perdón y misericordia.
      En aquella montaña alta, lejos de la gente, en un momento de tranquilidad, llenos de esa serenidad que produce la montaña, Jesús abrió el corazón a sus discípulos y éstos pudieron contemplar la hondura del amor de Dios que se les hacía presente en el mismo Jesús. No fue un disfraz. No era una mentira. Era la más profunda realidad de su corazón, lleno del amor de Dios, del que se sabía hijo amado. 
      Los discípulos se quedaron con el recuerdo en su corazón –¡qué difícil contar a veces esas experiencias tan iluminadoras!–. Aquel momento les ayudó a entender mejor a su amigo y maestro. A seguirle en el camino hacia Jerusalén. A amarle, a pesar de sus miserias, de sus limitaciones...
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón

Fraternidad Eclesial Franciscana

¿Seguro que hay un tesoro?

Reflexión domingo30 de julio 2017
¿Seguro que hay tesoro?

Mateo (13,44-52):

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entienden   bien todo esto?» 
Ellos le contestaron: «Sí.» 
Él les dijo: «Ya ven, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.» Palabra del Señor
 
    El Reino de los Cielos, dice Jesús, se parece a un hombre que encuentra un tesoro en el campo y vende todo lo que tiene para comprar el campo. Hace una comparación parecida con el comerciante de perlas finas. Tanto el hombre del campo como el comerciante de perlas finas andaban buscando algo. La cuestión que nos podemos plantear es: ¿estamos buscando nosotros algo? ¿Nos creemos de verdad que hay un tesoro escondido o una perla preciosa? Dicho en otras palabras, ¿estamos dispuestos a venderlo todo a cambio de ese tesoro o de esa perla?
      De nuestra sociedad se ha dicho muchas veces que vive en un tiempo de desencanto, de desilusión. Si hubo un tiempo en el que soñamos que otro mundo era posible, hoy parece que a muchos la perspectiva se nos ha hecho más corta y no pensamos sino en cómo sobrevivir, en cómo ir tirando. Nada más. Es como si hubiésemos descubierto que no hay nada por lo que valga la pena “venderlo todo”. Y de hecho no estamos dispuestos a sacrificar nada de lo poco que tenemos. No estamos seguros de que exista ningún tesoro escondido ni ninguna perla preciosa. No estamos seguros de que valga la pena luchar por el Reino de los cielos. ¿Qué reino es ése? Después de años de lucha y de esfuerzo, ¿qué hemos logrado? Nos hemos quedado decepcionados. No hay nada por lo que luchar. ¡Dejémonos de sueños!

      Pero Jesús sigue proponiendo un ideal absoluto. Por el Reino de los cielos vale la pena “dejarlo todo”. ¿Qué es todo? “Todo” es la seguridad económica, la buena fama, las expectativas de la familia. “Dejarlo todo” significa vivir al estilo de Jesús, tratar de actuar como Jesús lo haría, ser portadores y mensajeros del amor de Dios para con los pobres y necesitados de todo tipo. ”Dejarlo todo” significa no guiarse por los criterios egoístas de este mundo, dejar de acaparar y comenzar a compartir, relacionarse con los demás de forma gratuita y no ponerle precio a todo lo que hacemos. Para “dejarlo todo” no hace falta abandonar materialmente a la familia o meterse en un convento. Se puede seguir en el mismo trabajo y vivir en la misma casa. La diferencia es que uno se guía por los criterios del Evangelio para vivir. Entonces se empieza a ser ciudadano del Reino. Se adquiere una nueva identidad: la de hijo/hija de Dios Padre y hermanos en Jesús de todos los hombres y mujeres. 
      Pero para llegar ahí es necesario creer firmemente que hay un tesoro y que ese tesoro es lo mejor que nos podemos encontrar en la vida, que por ese tesoro vale la pena dejarlo todo. Que Dios nos dé discernimiento y sabiduría como a Salomón para conocer lo que es justo y bueno. 
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


En nuestro mundo hay mucho trigo

Reflexión domingo 23 julio 2017
En nuestro mundo hay mucho trigo

Mateo 13,24-43
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: "Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?" Él les dijo: "Un enemigo lo ha hecho." Los criados le preguntaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" Pero él les respondió: "No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero."»
Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.» 
Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga
oídos, que oiga.»


Somos muy conscientes de la existencia de la cizaña en nuestro mundo. Continuamente los medios de comunicación nos ofrecen información de la violencia, muertes, odios y tantos otros signos de la cizaña que crece en nuestra sociedad. Por eso, cuando leemos el evangelio de hoy, enseguida se nos ocurre la aplicación a nuestra vida concreta, enseguida identificamos la cizaña, enseguida ponemos nombres y apellidos. Hasta en nuestra misma familia nos resulta fácil encontrar el garbanzo negro. Pero se nos olvida el lado positivo. 
Es que la parábola, en contra de los pesimismos que nos invaden tantas veces, lo primero que afirma es que hay mucho trigo sembrado. Tanto que vale la pena aguardar al momento de la cosecha para quitar la cizaña. Hay mucha buena semilla sembrada por el hijo del Hombre, como se dice en la explicación que el mismo Jesús hace de la parábola. Esa buena semilla está creciendo en nuestro mundo. Están los que sólo quieren ver la cizaña presente en el campo, pero la realidad es que predomina la buena semilla, el trigo. Si sólo hubiera cizaña, el dueño del campo habría dicho que lo arrancasen todo. No habría ninguna razón para esperar a la cosecha. Algo parecido nos dice Jesús en la parábola de la levadura. Apenas un poco de levadura es capaz de hacer que fermente toda la masa, por mucho que algunos piensen que es imposible. Frente a los que piensan que la manzana podrida estropeará al resto de las manzanas, Jesús –siempre revolucionario– afirma, y espera, que la manzana buena será capaz de transformar al resto. 
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón

Fraternidad Eclesial Franciscana

Dios comoGratuidad, Exceso y Derroche...

Reflexión domingo 16 de julio 2017
Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche...
Mateo 13,1-23
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:
-Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

-¿Por qué les hablas en parábolas?

El les contestó:

-A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
Oirán  con los oídos sin entender; mirarán con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.
Dichosos sus ojos porque ven y sus oídos porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ven ustedes y no lo vieron y oir lo que oyen y no lo oyeron.

Ustedes han oído lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del Reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno. Palabra del Señor.

El objetivo que pretende el evangelista, en este tercer discurso, es mostrar a Jesús como maestro: de hecho, empieza el mismo insistiendo –por dos veces- en que "Jesús se sentó": sentarse equivale a enseñar (o, en otros contextos, a juzgar: quien se "sienta" es el maestro o el juez).
Tal como ha llegado a nosotros, en el relato completo pueden distinguirse claramente tres partes: una parábola breve, una explicación más extensa y un "intermedio" en el que se intenta explicar por qué el mensaje se Jesús, el maestro, no fue acogido por el pueblo judío.
Una lectura atenta, que observa fácilmente la diferencia de estilo y de acentos, busca dar razón de cada una de esas tres partes.
De toda la narración, habría que atribuir al propio Jesús probablemente la parábola original (13,3-9), sin más explicaciones. La parábola es un relato provocativo y abierto, que espera una respuesta del propio oyente o lector.
Lo característico de la parábola parece ser un doble mensaje: el derroche del sembrador y la certeza de una cosecha sobreabundante. Por una parte, el relato muestra un interés manifiesto por subrayar el comportamiento del sembrador que, sin importarle el resultado, siembra por doquier, incluso en lugares donde se sabe que la semilla no podrá germinar, como los caminos o las zarzas...
La parábola original habla, antes que nada, de Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche... Podemos adivinar, entre líneas, el gesto de Jesús diciendo: "Dios es así". ¡Tantas veces lo hemos empequeñecido, al hacerlo "de los nuestros", reduciéndolo a un gran Legislador o pervirtiéndolo con rasgos amenazadores o incluso crueles...!
Dios es Donación permanente y gratuita: sólo sabe y sólo puede dar. Eso es lo que "constituye" su ser: no es un "Individuo" separado, creado a nuestra imagen; es un "Darse" permanentemente –más verbo que sustantivo-, que en todo se manifiesta.
Me gusta contar una anécdota entrañable y sabia. En una ocasión, en el grupo de catequesis, una niña preguntó a la catequista: "Señorita, ¿por qué Dios es siempre Dios, y no podemos serlo una cada semana?". (Cuando uno ha crecido con una imagen antropomórfica de Dios, y lo imagina como un "Ser separado", es inevitable que aparezcan interrogantes como los que plantean los adolescentes en clase de religión: "¿Y a Dios quién lo creó?; ¿cómo nació?; ¿quién le puso ese nombre?; ¿por qué lo llamamos así?...").
Pues bien, aquella catequista, tras el "susto" inicial, contestó a la niña: "El día en que tú seas amor, y nada más que amor, serás Dios". No podía haber dado una respuesta mejor. Dios es "ser-donación" –todos nuestros conceptos y palabras se quedan irremediablemente muy pobres-, Dinamismo sabio, luminoso y amoroso, Fuente de todo lo que es y en quien somos, sin ninguna distancia, separación ni costura.
Este es, a mi parecer, el Dios del que habla Jesús. Un Dios que es "siembra" permanente: ésta es la Buena Noticia, el "evangelio" del Maestro de Nazaret.
El segundo rasgo que acentúa la parábola es sólo una consecuencia: el fruto terminará siendo también un exceso. Para una tierra como Palestina, en la que, por entonces, una cosecha del siete por uno era considerada excelente, hablar de un rendimiento del treinta, sesenta o cien, equivalía a desbordar la previsión más optimista, una "exageración" conscientemente provocativa.
Para que eso se dé –parece concluir la parábola-, sólo hace falta "oír": "el que tenga oídos, que oiga". Hace falta abrir los ojos, caer en la cuenta... Tomar un poco de distancia de nuestra mente, venir al presente... y reconocer la Quietud y el Misterio de todo lo que es.
Es indudable que, dentro de cada uno de nosotros, sigue habiendo "caminos" endurecidos, "terrenos pedregosos" con apenas fondo, "zarzas" asfixiantes y reductoras... Empecemos por reconocerlo y aceptarlo, reconciliémonos con toda nuestra realidad interior, abrazándola con humildad. De ese modo, al crecer en unificación –integrando también los aspectos más oscuros y vulnerables de nuestra propia sombra-, se estará disponiendo un buen "humus", la "tierra buena" –que no está hecha de perfeccionismos, sino de humildad-, en la que la semilla brotará por sí misma.

En la tercera parte de su relato (13,18-23), lo que hace Mateo es "aplicar" la parábola a la situación de su propia comunidad. De este modo, se modifica en cierto sentido el acento: de ser prioritariamente "buena noticia", anuncio gozoso de la Realidad de Dios y afirmación de confianza incondicional, se transforma en "exhortación moral" dirigida a cada discípulo.
Este modo de hacer, no sólo es legítimo, sino que resulta imprescindible cuando una persona o comunidad trata de "aplicarse" a sí misma una determinada enseñanza. Pero me parece importante no olvidar que eso tiene un "coste": la parábola se transforma en alegoría, desplazando el sentido original, que nunca deberíamos olvidar.
Finalmente, la segunda parte (13,10-17) constituye una especie de "intermedio", en el que se aborda una cuestión candente para una comunidad judeocristiana, como la de Mateo: ¿Cómo es posible que nuestro propio pueblo, el "pueblo elegido", pueblo de las promesas de Dios, no haya aceptado a Jesús? Sin duda, fue uno de los mayores enigmas para aquellas primeras comunidades.
En búsqueda de una respuesta, encontraron, entre otros, el texto de Isaías 6,9-10, que cita expresamente Mateo. Usando un recurso familiar en toda la tradición bíblica –"miran y no ven; oyen y no entienden; tienen el corazón endurecido"-, se achaca al "endurecimiento" del propio pueblo su incapacidad para acoger el evangelio.
Y ahí se introduce un dicho usual en la época: "Al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene". Más allá del significado original de esas palabras, en una cultura diferente a la nuestra, para nosotros encierran una sabiduría, que se convierte en invitación a estar atentos.
El "Exceso" o "Derroche" de todo lo que es nos alcanzará en la medida en que nos abramos a él. En tanto en cuando nos abrimos a la verdad de quienes somos, más allá de las "etiquetas" y "sueños" de nuestra mente, percibiremos la sobreabundancia del Misterio ("tendremos de sobra"). Si, por el contrario, permanecemos recluidos en la identificación con nuestro ego, será irremediable que notemos cómo, día a día, se empobrece nuestra existencia.
De ese modo, para concluir, me parece ver en todo el relato la proclamación de una Buena Noticia que se convierte en Invitación vital: todo está ya; sólo necesitamos "verlo". Ven al presente, acalla la mente y reconoce quién eres, cuando no te "piensas".
Venimos de un pasado que había reducido nuestra identidad a la mente ("pienso, luego existo", según la fórmula acuñada por el padre de la filosofía moderna). Necesitamos experimentar que no todo acaba ahí: ¡hay vida después de la mente!
Más allá del pensamiento –aunque, evidentemente, asumida e integrada la razón crítica como uno de los grandes regalos de la modernidad, que nos previene contra la irracionalidad-, se halla un "No-lugar" –más allá de los "mapas", el "Territorio"-, que constituye nuestra verdadera identidad.
Paz y Bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazón
Fraternidad Eclesial Franciscana


sábado, 8 de julio de 2017

La revolución de la sencillez...

Reflexión domingo 9 de julio 2017
La revolución de la sencillez...
Mateo 11, 25-30
Jesús dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los  pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes  mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y asi encontraran alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana». Palabra del Señor

La vuelta a Jesús y al Evangelio es fundamental para la vida de la comunidad! El texto de Mateo que reflexionamos hoy nos ofrece, precisamente, una de las claves para la renovación que muchos queremos que se consolide: para ser destinatario de la revelación de Dios, es necesario ser sencillos y humildes de corazón, es importante vivir la “revolución de la sencillez”. Les  propongo, para ilustrar la reflexión, mirar un personaje que está encarnando la sencillez que el Evangelio nos pide.
El Papa Francisco, desde sus primeras horas como Obispo de Roma, no ha dejado de sorprendernos con gestos y palabras que nos dicen cercanía y acogida; que nos transmiten, sin edulcorantes, la opción radical que ha de tener la Iglesia por los pobres. Su lenguaje, llano pero profundo, lo entendemos todos porque está sintonizado con el alma del pueblo sin caer en los desagradables populismos. Nos toca el alma y nos emociona porque habla desde el corazón. Aún recuerdo emocionado cuando, desde el balcón de San Pedro, aquél lluvioso 13 de marzo de 2013, pidió a quienes por suerte estaban  allí, que rezaran  por él y se inclinó para recibir la oración de su pueblo.
Pero la revolución de la sencillez va más allá de los gestos y las imágenes, de los zapatos rojos o negros, de si va en un Mercedes Benz o en un Ford Focus. Estos gestos son importantes pero creo que hay que ir más allá. El Evangelio de hoy es precisamente una llamada a vivir la revolución de lo sencillo como un camino ineludible para penetrar en la profundidad de la revelación de Dios. Son varias las ocasiones en que Jesús pone como condición para conocer el misterio del amor de Dios o para entrar en el Reino el tener un corazón sencillo: “Si no se hacen como niños no entraran en el Reino de Dios” o, “te doy gracias Padre porque esto se lo has revelado a los sencillos y no a los sabios”. Y lo que revela el Padre a los sencillos es su ser mismo: “… nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo,  y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.  Insisto que la sencillez no son simples signos, es una actitud y un valor que ayuda a disponer nuestros corazones y nuestra mente para abrirnos a la revelación de Dios y para dejarnos sorprender por un misterio que nos trasciende y que, aunque tengamos toda la ciencia del mundo, siempre nos desbordará pues solo es accesible por el acto generoso de la comunicación de un Dios que se quiere revelar.
La sencillez, la sintonía con la comunidad tienen una aplicación importante en la acción pastoral de la Iglesia. No se trata de banalizar el mensaje, eso sería populismo, sino de presentarlo con un lenguaje cercano y comprensible para todos, como lo hacía Jesús con las parábolas. No son pocas las veces en las que caemos en la tentación de que, por querer ofrecer un mensaje erudito: bien fundamentado en la exégesis bíblica, confirmado por la cita de eminentes teólogos y de las enseñanzas del magisterio o confrontado con las aportaciones de las ciencias humanas y sociales, ocultamos o dejamos en un segundo plano el mensaje de Dios. Volviendo al Papa y al enorme impacto que está teniendo en el mundo, ¿no les parece que es gracias a que sus gestos y sus palabras están cargados de la honda sencillez del Evangelio?
La revolución de la sencillez termina con dos llamadas: por un lado, a descansar. Como lo hace la gente normal, los discípulos de Jesús se cansan y deben descansar. Dice un formador de los jesuitas en Madrid que “El que no descansa… cansa” y si el descanso es con Jesús que nos libera de los agobios, mucho mejor. La segunda llamada es a cargar con el yugo, a trabajar por el Reino, pero siempre con la actitud de la sencillez y la mansedumbre. Sin sentirnos la última palabra, siempre con la actitud de quien escucha con humildad y con la ternura de Dios.

Dice Jesús: “Te alabo, Padre, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos”. Unámonos a los esfuerzos que se están haciendo en la Iglesia para vivir desde la sencillez y la normalidad para que, una vez más, el Señor alabe al Padre por revelar su vida a los sencillos…
Paz y bien
Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazon

Fraternidad Eclesial Franciscana

viernes, 30 de junio de 2017

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico...

Reflexión domingo 2 de julio de 2017
Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico…
Mt 10,37-42
"En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa". Palabra del Señor
Hace años empleaba yo, en el comentario a este evangelio, palabras como estas: exigencia, radicalidad, renuncia. Hoy considero que ese lenguaje es inadecuado. Jesús no nos pide que renunciemos a nada, sino que elijamos lo mejor. Si elegimos bien, alcanzaremos la plenitud de humanidad, dentro de nuestras posibilidades. El evangelio de hoy propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen mucho más alcance del que podemos sospechar a primera vista. No podemos tratarlos todos. Vamos a detenernos en el primero y diremos algo sobre otros.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. Sería interminable recordar la cantidad de tonterías que se han dicho sobre al amor a la familia y el amor a Dios. El amor a Dios no puede entrar nunca en conflicto con el amor a las criaturas, mucho menos con el amor a una madre, a un padre o a un hijo. Como siempre, el error parte de la idea de un Dios separado, Señor y Dueño que plantea sus propias exigencias frente a otras instancias que requieren las suyas.
Ese Dios es un ídolo, y todos los ídolos llevan al hombre a la esclavitud, no a la libertad de ser él mismo. Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Cristo. En el evangelio de Juan está muy claro: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios, amando a los demás, amándome a mí mismo como Dios manda. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que a tu Hijo.
El evangelio nos habla siempre del amor al “próximo”. Lo cual quiere decir que el amor en abstracto es otra utopía. No existe más amor que el que llega a un ser concreto. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que desplegar a tope esos impulsos instintivos, no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad. Aquí está la clave para descubrir por qué se ha tergiversado el evangelio, haciéndole decir lo que no dice.
El evangelio quiere decir, que el amor a los hijos o a los padres puede ser un egoísmo camuflado que busca la seguridad material o afectiva del ego, sin tener en cuenta a los demás. El “amor” familiar se convierte entonces en un obstáculo para un crecimiento verdaderamente humano. Ese “amor” no es verdadero amor, sino egoísmo amplificado. No es bueno para el que ama con ese amor, pero tampoco es bueno para el que es amado de esa manera. El amor surge cuando el instinto es elevado a categoría humana.
Lo instintivo no va contra la persona, más que cuando el hombre utiliza su mente para potenciar su ser biológico a costa de lo humano. El hombre puede poner como objetivo de su existencia el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su ser especifico humano. Cuando estamos en esa dinámica y, además, queremos meter a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese “amor” se convierte en veneno. Esto es lo que quiere evitar el evangelio. Nada que no sea humano puede ser evangélico. No amar a los hijos o a los padres no sería humano.
Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Habrá que analizar bien la situación, porque uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el “amor a Dios” está en contradicción con el amor al padre o a la madre, o no tiene idea de los que es amar a Dios o no tiene idea de lo que es amar al hombre. Sería la hora de ir al psiquiatra. ¡A cuántos hemos metido por el camino de la esquizofrenia, haciéndoles creer que, lo que Dios les pedía, era que odiara a sus padres!

No quiero terminar sin decir una palabra sobre la gratuidad. El ofrecer “un vaso de agua fresca” a un desconocido que tiene sed, puede ser la manifestación de una profunda humanidad. El dar “sin esperar nada a cambio” es el fundamento de una relación verdaderamente humana. En nuestra sociedad de consumo nos estamos alejando cada vez más de esta postura. No hay absolutamente nada que no tenga un precio, todo se compra y se vende. Nuestra sociedad está montada de tal manera sobre el “toma y da acá”, que dejaría de funcionar si de repente la sacáramos de esa dinámica.
La misma institución religiosa está montada como un gran negocio, en contra de lo que decía uno de estos domingos el evangelio: “Gratis han recibido, den gratis”. Hoy todos estamos de acuerdo con Lutero, en su protesta contra bulas e indulgencias, pero seguimos cobrando un precio por decir una misa de difuntos. Es verdad que debemos insistir en la colaboración de todos para la buena marcha de la comunidad, pero no podemos convertir las celebraciones litúrgicas en instrumentos de recaudación.
La manera de hablar semita, por contrastes mientras más excluyentes mejor, nos puede jugar una mala pasada si entendemos las frases literalmente. Lo que es bueno para el cuerpo, es bueno también para el espíritu. La lucha maniquea que nos han inculcado no tiene nada que ver con la experiencia de Jesús….buen domingo amigo…

Paz y bien

Hna. Esthela Nineth Bonardy Cazon
Fraternidad Eeclesial Franciscana